Vivir en presente continuo
La vida no se vive, se está viviendo. Es ese gerundio que los profesores de redacción tachan con lápiz rojo, en esa terminación en -ando, -iendo que supuestamente ensucia la prosa, pero resulta que la existencia misma es gerundio puro, acción en curso, movimiento sin punto final. Cuando un escritor redacta su obra no solo la “escribió”; la fue escribiendo, persiguiendo palabras como si fueran burbujas, reventándolas, empezando de nuevo. No puedes escribir sin estar escribiendo, así como no puedes amar, sin estar amando, no puedes ensuciarte, sin estar ensuciando, sin meter las manos en la masa pegajosa, manchándote los dedos, limpiándotelos en la camisa, volviendo a meter las manos.
Las abuelas decían que la vida se hace caminando, y yo creo que ni siquiera hace falta terminar la frase; sin punto. La vida se hace caminando caminando hasta que las palabras se vuelven el ritmo de los pasos sobre el pavimento y ya no sabes si estás diciendo o andando o si ambas cosas son la misma. Miles Davis, por ejemplo, no tocaba jazz: iba tocando, improvisando en ese presente continuo donde la nota siguiente todavía no existe, pero ya viene llegando, acercándose, revelándose.
El gerundio es la gramática del músico, del amante, del que prepara la cena sin receta, probando, agregando sal, probando otra vez.
Los gramáticos dirán que abusar del gerundio entorpece, que congela la acción en un limbo extraño, pero vivir es exactamente eso: estar en el limbo entre lo que fuiste y lo que serás, nadando en ese presente boscoso. No dices ayer viví como si fuera una casilla por marcar en tu lista. Es más bien: “ayer estaba viviendo y hoy sigo viviendo y mañana seguiré viviendo”, hasta que un día dejes de vivirlo, pero incluso entonces alguien seguirá recordándote, que es otra forma de gerundio, de mantener algo moviéndose en la memoria de otros.
En Cien años de soledad, Macondo no existió nunca, sino que estuvo existiendo en la imaginación de García Márquez mientras él iba escribiendo, y ahora existe existiendo en la cabeza de cada lector que lo va leyendo. El gerundio es contagioso. Es viral. Una vez que empiezas a verlo no puedes parar de verlo viendo, notándolo en cada esquina, descubriéndolo descubriéndolo hasta que la palabra se vuelve un espejo de espejos.
Quizá por eso nos incomoda tanto. Porque el gerundio no promete llegadas. No hay meta. Estás corriendo, pero nunca terminas de correr, estás aprendiendo, pero nunca terminas de aprender, estás muriendo desde el día que naciste, lentamente, muriendo muriendo mientras estás haciendo cualquier otra cosa simple: desayunando o viendo una película mala o discutiendo con alguna persona de algún sinsentido. Todo es simultáneo en gerundio. Puedes estar llorando y riendo, cayendo y levantándote, odiando y queriendo a la misma persona en el mismo instante.
La única manera de cocinar es cocinando, la única de bailar es bailando, la única de perder el tiempo es perdiéndolo conscientemente. Vas aprendiendo mientras vas errando, vas construyendo mientras vas destruyendo lo que construiste ayer.
El gerundio es la conjugación de los imperfectos, de los que van haciéndose a sí mismos sin molde ni certificado.
Así que sí, la vida es en gerundio o no es. Y este texto termina aquí terminándose, dejándote leyendo, pensando, tal vez sonriendo o tal vez cerrando la página irritado irritándote por estas palabras que no saben detenerse, que siguen moviéndose incluso después del punto final.