El mundo se teje (y desteje) con hilos invisibles

Decimos que alguien hila con cuidado cuando planea algo con estrategia. Hablamos de tramar conspiraciones, de urdir planes, de encontrar el hilo conductor de un argumento. Hemos entendido el mundo a través de las manos, esas que cosían pieles, anudaban ramas, entretejían refugios.

En la literatura hay nudos narrativos, hay tramas (palabra que viene directamente del telar), hay desenlaces que no son más que soltar la puntada final. El textil también desborda (des-bordar, salirse del borde, romper el bastidor) los límites de lo literario y se cuela en todo como hilo suelto que no respeta el patrón. En la música tejemos melodías, entrelazamos voces. Los neurocientíficos describen el cerebro como red tejida de sinapsis. Los urbanistas hablan del tejido social.

¿Por qué volvemos siempre a este vocabulario cuando queremos hablar de cosas complejas? Enredarse en problemas. Zurcir una relación rota. Deshilvanar un argumento hasta encontrar su hebra más débil. Quizá porque el pensamiento mismo funciona como telar; ponemos una idea horizontal, cruzamos otra vertical, y en el entrecruce surge algo nuevo. O no surge nada y hay que descoser todo y empezar otra vez.

Lo interesante es cómo el bordado también opera en reversa, cómo existe toda una gramática del deshacimiento. Destejer mentiras. Descoser amistades. Desnudar (quitarle el nudo a) la verdad. Es humano y honesto reconocer esta capacidad de armar y desarmar estructuras frágiles, sabiendo que pueden o deben deshilacharse. Pienso en los poemas de Alejandra Pizarnik que parecen escritos con aguja descosida, punzando la página hasta hacerla sangrar sentido, bordeando —no bordando— el límite de lo decible.

Y luego está el desborde: el textil se niega a quedarse quieto dentro del marco. Las conversaciones que se salen de control y empiezan a tejer realidades nuevas. Los chismes que construyen tramas alternativas de los hechos. Las redes sociales como telares colectivos donde millones de manos anónimas cosen y descosen narrativas en tiempo real, donde un hilo mal puesto puede deshacer reputaciones completas o urdir movimientos enteros. El bordado ahí no es decorativo, sino urgente, político, necesario sin proponérselo.

Cada día cosemos nuestra identidad con retazos de experiencias. Zurcimos las partes rotas. Bordamos sobre cicatrices. Cada conversación es tejido compartido donde ponemos hilos de distintos colores y vemos qué sale, si el patrón se sostiene o si todo se deshilacha en malentendidos. Vivimos enhebrados a otros aunque creamos que somos piezas sueltas. El lenguaje mismo nos lo recuerda: estamos atados (palabra textil), conectados (palabra textil), enlazados (palabra textil) aunque nos duela admitirlo.

Nos queda sostener el hilo con cuidado, sabiendo que se puede romper en cualquier momento. Tejer aunque duela. Seguir bordando aun cuando no sepamos qué figura estamos formando. Porque solo al mirar atrás, cuando ya no queda aguja ni hebra, entendemos que todo ese desorden tenía su propio diseño.

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