La decadencia de un equipo que desde 1951 no vive de campeonatos, ¿cómo es posible?


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Puede sonar a pleonasmo, el Atlas nunca ha sido un equipo que estuviera en la cumbre como para hablar de una época de decadencia, ni siquiera cuando fue campeón hubo una época de liderazgo nacional, fue un campeonato y punto, otorgado con un penal dudoso en contra del rival. Y además un campeonato de 1951 ya es recuerdo olvidado de las generaciones, ya está entrando en la curva descendente de la vida la generación que no ha visto al Atlas campeón, de la generación que sí lo vio quedan pocos para el recuerdo.

Pero para quién es atlista el asunto del campeonato resulta secundario. Entonces, si la afición y el Atlas no vive de campeonatos. ¿Por qué hablar de decadencia?, ¿no ganar campeonatos no es síntoma de decadencia permanente? No, para el Atlas no. No importan los títulos. Pero acá expongo mis razones por las cuales creo que el Atlas lleva años de decadencia y el futuro no pinta nada bien. Lo escribo desde el pesimismo de los últimos torneos y decisiones, con la afición más viva que nunca y con la idea de que si de mí dependiera, a partir de estos puntos redirigiría el rumbo del equipo.

1. Enemigos del balón


Los amigos del balón es un mote que surgió para nombrar a una generación de jugadores atlistas que hizo amistad con el balón, con el juego bonito, con el trato digno de la pelota. Es un mote que siguió durante generaciones posteriores, equipos que jugaban al futbol respetando la estética del juego, no solo por la mal lograda frase de no importa que te metan cinco goles mientras metas seis, no solo por eso. El futbol no es solo el gol, sino un respeto íntegro a la estética del juego, a las triangulaciones, pases, jugadas espectaculares o no tanto pero precisas o pases que ensalzan el deporte. El Atlas tenía un romance con en ese juego. Hace años dejó de jugar bonito por múltiples razones que se relacionan entre los siguientes puntos. Al Atlas no le importa no quedar campeón porque juega bonito: así fue la última final que jugaron los rojinegros, una serie de ida y vuelta con una final empatada en el Jalisco a tres goles y un dramático desenlace en Toluca, pocas finales igualaron  ese nivel de estética después. Ese era el Atlas; pero en honor a la verdad, de 15 años para acá el Atlas dejó de jugar bonito y ni siquiera esa renuncia ha significado que sea campeón. Más decadencia aún.

2. Adiós a los socios

Para muchos aficionados rojinegros la venta del Atlas a Azteca y después a Orlegui fue una buena noticia porque desaparecieron los 123 socios que no lograron que el Atlas fuera campeón. Ninguna de estas dos empresas fuertes lo han hecho (una lleva un año). Y no apelo a volver a la época de carencia de los 123 socios, sino que en honor a la verdad, los mejores directores deportivos que ha tenido el Atlas han sido con los 123 socios, con todo y que también hubo bribones. Hoy ni en eso somos distintos, el Atlas era de los pocos clubes en el mundo que se dignaba a presumir una organización democrática a través de socios; hoy son un equipo más de la industria deportiva, con el respaldo de un grupo empresarial. Hoy en México solo queda el Cruz Azul con un modelo distinto (Cooperativa mal manejada). Ojo, no digo que por ser un modelo distinto esté bien, pero la mística del Atlas permitía presumir ese tipo de cosas, como el Barcelona o el Benfica. Despedir el modelo de sociedad, a toro pasado, para mí es una decisión que suma a la decadencia rojinegra: no ha habido un propietario o directivo que actúe con la mística rojinegra y además para echar sal a la herida, con la venta a un grupo empresarial nos acercamos más al modelo del odiado rival quien se vendió a otro grupo empresarial local muy fuerte. En lugar de diferenciarnos, nos mimetizamos.

3. Olvido de la cantera

El Atlas era la academia del futbol mexicano. Hoy no es la sombra de eso; si bien es uno de los clubes protagonistas en categorías menores eso no se ha traducido en producción efectiva de prospectos, o que el Atlas compita a gran nivel con cuadros plagados de cantera; como era antes. La última joya de la cantera rojinegra salió vendida en 2006 y hoy está cerca del retiro. Ha habido muchos otros prospectos y grandes futbolistas que tienen dos destinos: consolidarse en otro club o ver truncada su carrera por un extranjero malo. Hugo Ayala, Jorge Torres Nilo, Daniel Álvarez, Luis Reyes, Alfonso González, Brian Garnica, Jesús Corona  y muchos más; no sabemos si podían consolidar su talento porque ni siquiera hubo oportunidad: algo similar le ocurre al Barcelona que de 15 años para acá pasó de 8 a 9 canteranos titulares, a un par y muchos prospectos fugados a otros clubes.

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4. Refuerzos de calidad

En la época de socios y de directivos con conocimiento y mayor capacidad de negociación hubo refuerzos extranjeros de gran nivel y solo mencionaré a los últimos, algunos de ellos, leyendas rojinegras: Pablo Lavallen, Diego Cocca, Almirón, Hugo Castillo, José Luis Calderón, Emmanuel Villa, Fabricio Fuentes, Leandro Cufré, Colotto, Robert de Pinho o hasta Marioni. Hoy la infinidad de refuerzos en los que el Atlas no solo desperdició tiempo sino millones de pesos y dólares es de vergüenza; por mencionar los más caros: Nicolás Pareja, Ricky Álvarez o Bergessio. Y estos tres refuerzos de las “grandes empresas”.

Directores técnicos de formación

El Atlas era un equipo bien dirigido la mayoría del tiempo, lo que permitía todo lo anterior: juego de cantera, selección de extranjeros, romance con el balón, victorias y esperanza por el ansiado título: Bielsa, Solari, Lavolpe, Brindisi, Meza, Sergio Bueno, Boy y el útlimo desde mi visión, Cruz; que no tuvo un desempeño espectacular, pero es el último DT decente, símbolo también de la decadencia. Por otro lado, durante los últimos 15 años, el desfile de nombres en la dirección técnica, resulta de broma: Omar Asad, Matosas, Chávez, Costas, Hoyos, Cufré y el mismo Rafa Puente, los últimos dos muy jóvenes para ser juzgados, pero es evidente que la directiva ha apostado a perfiles que solamente han ayudado a la decadencia rojinegra. Aunque el poeta Puente sea digno de la narrativa que necesita el club, pero eso no se ha traducido en la cancha.

La afición

La afición rojinegra es una de las mejores aficiones en el mundo por su fidelidad. Vaya que alentar a un equipo que no ha sido campeón desde 1951 es de una fidelidad enorme; pero los últimos torneos, producto de la decadencia del equipo, de la empresa y del club, la misma afición entró en ese espiral, no pudo resistirse y como su acérrimo rival cayó en la tentación de abuchear a su propio hijo: algo indigno para la fiel.

Puerta abierta a la Barra 

No somos puritanos, pero en recientes reportes, realizados por el “Fantasma” Suárez se evidencia que el respaldo de las directivas: todas; a estos grupos violentos no ha resultado en nada positivo. No estoy en contra de que un grupo de aficionados se organice para alentar un equipo y convierta eso en el motor de su vida: pero nada de eso puede relacionarse con violencia y en México todas las barras tienen episodios de violencia, la Barra 51 con escenas bochornosas entrando a un terreno de juego, batallas campales u orillando a la afición de Monterrey a entrar al campo para resguardarse han formado parte de la pintura de la decadencia rojinegra.

No hay brújula moral 

Es muy complejo no ser catalogado de moralista cuando criticas la decisión de una directiva por contratar a un jugador acusado de violencia intrafamiliar e intentiva de asesinato, como Renato Ibarra: podría merecerse una segunda oportunidad y que si no fue sentenciado no hay crimen. Sin embargo, el hecho sucedió, el video existe y Renato no es un personaje ejemplo para niños y niñas que siguen el futbol, que aspiran a ser como sus jugadores favoritos dentro y fuera de la cancha. Y esta puede ser una visión personal sobre el deporte, que no muchos compartan; para mí el deporte debe ser una actividad integral de formación. Es un personaje non grato para el fútbol, como en el cine hay personajes non gratos para la industria. Esa es la compleja vida de un personaje público, que desde mi visión no puede renunciar a la responsabilidad pública que tienen de ser un ejemplo; si bien son deportistas y no promotores de la paz, no se puede ir de un lado a otro, sin pensar en las consecuencias. Y el Atlas como una institución que aspira a un futbol bonito, a respetar la estética del juego, ser diferente a todos o a ganar sirviendo como versa el slogan del nuevo grupo de dueños, decisiones como las de Renato no son las mejores.

En resumen, la decadencia del Atlas se podría describir con la siguiente reflexión: si bien al Atlas no le importan los campeonatos hoy tampoco le importa jugar bien, ser la afición más fiel, tener la mejor cantera, el mejor futbol, directores técnicos de calidad, refuerzos que abonen al juego o ser una brújula moral. Hoy el Atlas no se diferencia de otros equipos; no hay diferencia radical ante el Veracruz que tiene unos años más sin ser campeón o el Mazatlán FC o del acérrimo rival, Guadalajara. La decadencia nos ha llevado a ser un equipo más dentro de la industria que mucho daño le ha hecho a una de las actividades más bellas de la humanidad: el futbol.

Esto lo escribo desde el optimismo racional: convencido de que algún día se conjuntará una directiva que elija a un buen cuerpo técnico, una generación de futbolistas canteranos que tengan la oportunidad, refuerzos extranjeros de alta calidad, el juego bonito, la mejor afición del mundo y se logrará el campeonato. Pero eso no sucederá mientras del espiral de la decadencia siga girando.


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