La sociedad del desconocimiento: redes disociales 


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Las redes sociales terminan imponiéndose como referentes legítimos de verdades absolutas. Basta con un tweet, una cadena de WhatsApp o una publicación en Facebook para que millones acepten, sin análisis crítico de por medio, una realidad fáctica o algún dato pseudocientífico.

 

Algunos dicen:


“La civilización que hemos construido todavía es frágil,

acabamos de salir de la noche.

Todavía vemos la imagen hostil de esos siglos de infortunio; 

¿no sería mejor olvidarlos para siempre? 

Las partículas elementales, Michel Houellebecq

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Hablemos de violencia e ignorancia. Hace algunos días, en Venustiano Carranza, Chiapas, se viralizó rápidamente una  publicación en Facebook y una cadena de WhatsApp que denunciaba un supuesto complot por parte del gobierno municipal para envenenar a sus pobladores con un herbicida  dispersado por drones que sobrevolaban la comunidad. Se ponía en duda la existencia del SARS-COV2: la contingencia sanitaria no era más que una manipulación maquiavélica y genocida del gobierno municipal. Treinta personas respondieron a la convocatoria en redes. Se vandalizaron las viviendas de familiares del alcalde y algunas instalaciones del Ayuntamiento. Los trabajadores de la clínica rural abandonaron la unidad para resguardarse en sus domicilios ante el temor de un linchamiento. 

Desde el inicio de la pandemia, hemos leído numerosos comentarios y fake news en plataformas digitales donde se expresan discursos escépticos y conspiranóicos en torno al COVID-19. Opiniones y anécdotas que alientan a desatender las medidas de sana distancia e incentivan las agresiones hacia el personal sanitario. Las redes sociales terminan imponiéndose como referentes legítimos e inequívocos de verdades absolutas. Basta con un tweet, una cadena de WhatsApp o una publicación en Facebook para que millones acepten, sin un análisis crítico de por medio, una realidad fáctica o algún dato pseudocientífico. 

La ignorancia es tan antigua como el conocimiento. Ya Platón hablaba del papel decisivo de la educación en nuestra visión del mundo en su célebre Alegoría de la caverna. Allí las sombras de lo desconocido representaban la única e irrevocable verdad para un grupo de hombres encadenados. La metáfora se mantiene vigente. Lo único que ha cambiado son los grilletes –teléfonos celulares– y las sombras –redes sociales-. Los límites de conocimiento e ignorancia parecen borrarse al realizar un recuento histórico. Seguimos creyendo en mitos contados a la luz de una pantalla. La percepción de la realidad, frágil y susceptible a distorsiones, la construimos a nuestra conveniencia. 

No hablamos de la connotación negativa per se de la ignorancia. Nadie está exento de padecerla. Ignoramos un sinfín de campos de conocimientos, y así terminará siendo hasta el final de nuestros días. Nos referimos a una combinación más peligrosa y letal, es decir, la violenta ignorancia. Un síndrome anímico e intelectual de la colectividad resultado de otras afecciones: miedo, desconfianza, memorias traumáticas y desigualdad social. Una muchedumbre ciega y furibunda que se agita ante el más pequeño de los estímulos. 

Los discursos de los tecnoentusiastas dan por sentado que las tecnologías de la información y la comunicación permitirán el perfeccionamiento de la psique colectiva.  Un proyecto utópico: la Sociedad del Conocimiento. No. Cada vez nos alejamos más del uso adecuado y constructivo de estas herramientas, para pasar a una Sociedad del Desconocimiento. Humanos sedentarios y autocomplacientes que degluten toneladas de información vacua en la comodidad de sus sofás. Hambrientos de morbo, alentamos la producción desenfrenada de noticias falsas y conocimientos sin sustento. 

El único remedio que podrá curar la milenaria fascinación por la ignorancia y la violencia, los mitos y las sombras proyectadas, es la de ejercer hasta la hipertrofia el raciocinio. La lanza, el fuego y la rueda nos permitió erigirnos como una especie civilizada y dominante, pero también, belicosa y sin respeto por la vida. Bajo esta dualidad veamos a las redes sociales: herramientas para el crecimiento y armas para la destrucción. 

 


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