Un deporte dramático: el Jai Alai en México

Estampas del pasado

Tenía siete años cuando probé mi primer cigarro. Era de chocolate. Los vendían en la cooperativa de la primaria. Valían dos pesos cada uno, pero si comprabas la “cajetilla” te salía una estampa. En mi primera caja salió la calcomanía de un pelotari con un bigote tan perturbador que recurrí al consejo de mis padres.

Mi padre, quien también se dejaba crecer el bello facial, me aseguró que no tenía nada de extraño. Era un bigote de vodevil. Es decir, un elegante mostacho cuyos extremos asemejan una espiral, mismo que “no tiene nada de raro en los pelotaris”. Esa palabra, ‘pelotari’, me gustó mucho hasta que me enteré de su significado.

Abrí la maldita enciclopedia y leí: “Jugador de pelota vasca”. En las ilustraciones todos los jugadores usaban el mismo mostacho. Era el símbolo de un ritual antiguo y enigmático. Aquello me pareció hermoso: recuerdo que corrí al espejo y miré largamente mi cara. Fui por un plumón negro permanente y adelanté en mi rostro el florecimiento de la pubertad. Estuve castigado una semana por hacer mi primer grafiti en el espejo del baño.

¿Cómo puede uno convertirse en un verdadero pelotari?
En el recreo compartí con mis amigos la emoción de mi descubrimiento: primero enseñé la calcomanía y después anuncié que me volvería un pelotari. ¿Un pelotari?, exclamaron con los ojos abiertos, al borde del paroxismo infantil. Sí, dije, si quieren saber qué es eso tendrán que invitarme un cigarro de chocolate. Obviamente yo ya era un adicto a esas porquerías. Cuando conté todo lo que sabía del asunto, una duda quedó arraigada en nuestros pequeños y estúpidos cerebros. ¿Cómo puede uno convertirse en un verdadero pelotari?

Un pelotari en 2017 [sin bigote] | Foto: Annick Donkers
El pobre profesor de educación básica no supo qué decirnos, así que fuimos con el conserje, un adolescente de 17 años que había renunciado a los privilegios del sistema educativo para limpiar los baños de nuestra escuela primaria. Entonces él nos reveló el secreto: se trata de un deporte que trajeron los marcianos.

Hasta mi adolescencia me creí aquella reverenda tontería. En la preparatoria mis amigos iban a jugar al “Jai Alai”, porque la cancha de aquel lugar se rentaba a veinte pesos para poder echar una cáscara de fútbol rápido. En ese entonces la palabra Jai Alai me gustó tanto que me decidí por practicar el deporte.

Ni perros ni caballos

La cesta-punta es un deporte dramático. Las carreras de caballos y de perros terminan enseguida. Pero el Jai Alai es un orgasmo de vistosa duración.

Un partido puede prolongarse hasta cuatro horas. Por esta razón gusta tanto al norteamericano este deporte de origen vasco. Florida fue la cuna del espectáculo: en 1978, diez mil personas se llegaron a congregar para ver un partido en el frontón Miami Jai Alai.

El Jai Alai es un orgasmo de vistosa duración

La pelota vasca se mueve tan intensamente como las caderas de John Travolta, debido a esto los pelotaris tienen que poseer los reflejos y la velocidad de un guepardo. Es famosa una foto del ícono de Vaselina recibiendo una cesta de mimbre para lanzar su primera pelota. Sin embargo, el atractivo más grande que poseía este deporte eran las apuestas legales que tenían lugar gracias al talento de los jugadores.

El dinero fácil fue más rápido que la pelota, y lo que al principio era una gran atracción al poco tiempo pasó de moda. No importaban si eran caballos, perros o pelotaris, a la gente sólo le importaba ganar dinero. Así, un deporte que se caracterizó por ser la emoción pura se convirtió en la pura nostalgia.

Un segundo aire

En México el exceso en las apuestas también hizo que se regulara su práctica, hasta extinguirla.

No obstante, parece que el Jai Alai está cobrando su segundo aire, esto debido al re-inaugurado Frontón México, un majestuoso edificio ubicado frente al Monumento a la Revolución, que por muchos años estuvo ocupado por el olvido, los fantasmas y los condones usados que arrojaban adolescentes y vagabundos.

Foto: Annick Donkers

 

Foto: Annick Donkers

 

Foto: Annick Donkers

El Jai Alai fue un fenómeno deportivo que interesó a los mexicanos durante el siglo pasado y la cesta-punta golpeó el muro del aburrimiento de la ávida sociedad mexicana que buscaba espectáculos dignos de una ciudad en proceso de ebullición.

El primer frontón en México apareció en 1895. Durante la primera mitad del siglo XX los frontones fueron tan numerosos que el país azteca rompió récord con el mayor número de canchas de pelota vasca. Pero tuvieron que pasar treinta años para el milagro: ver la cesta de mimbre convertirse en oro.

A principios de los ochentas este deporte tuvo su gran auge. Los pelotaris gozaban de gran popularidad, a tal grado que algunas marcas de dulces promocionaban estampitas con el rostro de Pepe Musi, el campeón mundial que México legó a la historia del deporte de la cesta. El sueño de la publicidad duró poco, pues cada vez más los aficionados se fueron alejando de este emocionante espectáculo.

El gran auge fue en los ochenta pero apenas en marzo reabrió, luego de veinte años, el emblemático Frontón México

México, aunque parezca increíble, se convirtió en uno de los más grandes exponentes del Jai Alai, junto a España, Francia y Cuba. Sin embargo, un cataclismo en el corazón de los aficionados cimbró la historia: ya nadie quería ver una pelota arrojada con una cesta. Todos preferían la relación pelota-pie.

Pero la vida es una montaña rusa y el siglo XXI volverá a ver el esplendor de la cesta punta —según lo dictado por las profecías vascuences—, pues el pasado mes de marzo dio inicio la apertura del emblemático Frontón México, que durante veinte años estuvo cerrado, y que ahora se convirtió en un magno proyecto empresarial que albergará una liga de pelota vasca, un casino, un restaurante, y próximamente, un hotel.

Económico y con tradición

Con argumento de Luis Spota y adaptación cinematográfica a cargo de José Revueltas, se filmó la película dirigida por Roberto Gavaldón llamada La noche avanza. Un filme que presentaba la vida de un exitoso pelotari, interpretado por Pedro Armendáriz, que se ve involucrado en un tórrido triángulo amoroso. Por supuesto, esta película sucede en el Frontón México.

A la sombra de la sombra del famoso frontón hubo otro sitio en donde se ha practicado por muchos años el Jai Alai. Se trata del Frontón Inclán, un lugar casi secreto ubicado en la otrora imponente avenida Bucareli, en la CDMX.

Este lugar económico y con tradición sólo tiene acceso para los iniciados. Los neófitos pueden deambular por la zona y jamás enterarse que en el fondo del edifico las pelotas se estrellan contra el muro a más de cien kilómetros por hora. Los pelotaris, al igual que seres mitológicos, practican el deporte con nostalgia y fe.

A diferencia de otros deportes, la pelota vasca es una actividad que puede ser tan cara o tan barata según tu perspectiva. Cada pelota cuesta hasta mil quinietos pesos, lo mismo que la cesta necesaria para participar en este ritual. También hay otras alternativas menos elegantes: la marca de juguetes Nerf tiene un producto que sustituye el mimbre por el plástico por tan sólo doscientos pesos. Naturalmente este juguete sólo te sirve para jugar con tus sobrinos de ocho años.

Foto: Annick Donkers

 

Foto: Annick Donkers

 

Foto: Annick Donkers

Frontón Inclán es un espacio pequeño y casi clandestino, un sitio en donde los pelotaris son como una pequeña familia. Naturalmente no se trata de un club secreto ni mucho menos: el lugar está abierto para todos aquellos que deseen adentrarse en los secretos de un deporte que ha estado al borde de la extinción.

El fracaso de un pelotari reportero

El domingo dos de abril amanecí bien crudo sin haber probado ni una sola gota de alcohol la noche anterior. Eso me pasa muy a menudo desde que dejé las drogas, los estimulantes y el azúcar industrial. Mi dieta, rica en alimentos naturales, me hace dormir tanto y tan rico, que prefiero los empleos cuyo horario de entrada sea posterior al mediodía. Nunca he tenido un empleo de esos, pero hago la lucha.

La alarma tenía que sonar a las nueve. ¡Pero sonó a las once! Tomé mi teléfono para lanzarlo al otro lado de la habitación, pero me di cuenta que no era la alarma lo que estaba sonando, Annick —fotógrafa de Tercera Vía— me estaba llamando. ¡Oh demonios! Colgué rápidamente y sumí mi cabeza lo más profundo que pude en la almohada. Esa es mi humilde manera de encontrar el equilibrio entre el cuerpo y el espíritu.

A la quinta llamada decidí que lo mejor sería contestar. Lo primero que Annick me dijo fue “que me llamaba para que no se me olvidara que nuestra cita era a las dos”. A las dos, me dijo, no quiero esperar una hora hasta que llegues. Y me advirtió que no llegara tarde porque “hoy comienza el horario de verano”. Estúpido cambio de horario, me había jodido todo el reportaje. Ni loco llegaré a la hora, vivo en Ecatepec y los pelotaris se reúnen en Bucareli 118, delegación Cuauhtémoc, Centro Histórico, al otro lado del mundo.

Siempre es mejor enfrentar las situaciones con honestidad. Le dije a Annick que llegaría un poco tarde, que se adelantara y comenzara a tomar las fotos. Yo llegaría más tarde y armaría una gran crónica. Mi prestigio como periodista no podía ponerse en peligro así que hice todo lo posible por salir rápidamente de mi casa. Al bajar las escaleras me resbalé y me lastimé el tobillo, por las prisas. No era nada, quizá una leve torcedura, pero a mí me pareció un anuncio premonitorio. No podía salir así. Era la muerte, o algo peor, la Depre, quien tocaba las puertas de mi corazón.

Así que me quedé en casa y apagué el celular. La Depre me había hecho una más de sus jugadas funestas. Aquello era una situación verdaderamente dramática, por lo cual decidí jugar mi vida en una apuesta heróica. Reté a la Depre a un partido a treinta siete puntos. Le dije a la muy cabrona: “nos vemos en Bucareli 118, si llego tarde, aguántame”.

La narrativa visual

Todas las fotos: Annick Donkers

CRÉDITOS

Texto: José Manuel Vacah

Edición: César Alan Ruiz Galicia

Diseño web: Francisco Trejo Corona

Fotografías: Annick Donkers

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