Fidel y Cuba

Continúa, y seguirá por un buen tiempo, el análisis acerca de lo que Fidel Castro Ruz  y el régimen que él encabezó  pudo hacer en Cuba. Para la  inmensa mayoría, en la Isla hubo logros indudables  en salud, educación, ciencia y no olvidar los deportes. En este último caso, en beisbol hay cantidad de jóvenes que salieron de Cuba y son de los más brillantes en las llamadas Ligas Mayores. Pero asimismo, en otros deportes ya que son entrenadores de atletas sobre todo latinoamericanos.

Para los críticos, no se dieron las libertades en el terreno político, el de expresión y el de convivencia en muchos terrenos. No olvidamos que Carlos Monsiváis expresó su rechazo   a la represión a los homosexuales y otras minorías, lo que le costó  salir de una publicación. Después yo pude ver en una visita a La Habana, la famosa película: Fresa y Chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea (1984), la cual se exhibía y muchos no entraban al principal cine de la capital del país  por cierto temor. Pero fue una muestra que era imposible parar la rueda de la historia por más que se quisiera.

Fui en otra ocasión con mi hijo Alejandro y con Rosa, la vez que enviaron un barco con alimentos de Estados Unidos. Difícil poder tomar imágenes del desembarco de los víveres, por más que las fotos eran    importantes para ver el acontecimiento. La burocracia, a pesar de algunos amigos míos, no posibilitó que Alejandro tuviera más material que la foto muy parecida a la que editó la agencia estadounidenses, AP.

Pudimos, empero, conversar en casa del presidente de la Unión de Periodistas de allá,  Ernesto Vera. Un experimentado tecleador que vivía, como muchos de su  generación, modestamente y trataba de insistir en que el único periódico, Granma, se abriera más a los jóvenes, quienes habían tenido uno por un tiempo breve: El caimán barbudo, en el que por cierto, escribió algunos textos,  Gabriel García Márquez, los cuales  yo pude reproducir en El Búho de Excélsior, cuando estuve junto con René Avilés Fabila.

Con Vera tuve antes un incidente desagradable y otro casi mágico.

Fuimos a la patria de Fidel a un congreso de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap) varios compañeros de la Unión de Periodistas Democráticos (UPD) de México. Entre otros asistimos: Juan Antonio Zúñiga, Elías Chávez, que era presidente de la Unión, Luis Suárez, directivo de la Federación, y yo. En las votaciones se tomaban acuerdos apresurados y casi automáticos. Nosotros exigimos que fueran por delegación y contando los votos. Logramos nuestro objetivo pero hubo molestia de los isleños.

No sabíamos que un día después del Congreso, Fidel había citado a un encuentro internacional contra la deuda externa, problema mayúsculo en toda Latinoamérica. Llegamos al acto y preparamos un documento que me tocó leer ante el comandante, diciendo que estábamos  de acuerdo en unir esfuerzos para evitar el pago exorbitante entre capital e intereses y que eso también debería hacer Cuba, la cual erogaba puntualmente sus dineros por  un empréstito con España.

Terminó el acto y en la noche hubo una recepción en el Palacio de los Congresos. Acudimos y al saludar a Castro, él   amablemente me reclamó que había sido muy audaz y atrevido por haber planteado que Cuba también siguiera los lineamientos acordados. Ese grave problema del endeudamiento, se llamó desde entonces: la “deuda eterna”, que es exactamente lo que padecemos y padeceremos.

En otro momento, un ex presidente del Colegio Nacional de Economistas, y quien llegó a jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, me llamó para una encomienda importante. Se necesitaba llevar 30 computadores de apoyo a la Asociación de Economistas Cubanos, ya que debido al periodo especial la situación era gravísima. Acepté encantado, lo mismo para apoyar a los antillanos como para conocer la difícil situación en que se encontraban los caribeños.

Me entrevisté con un diplomático de la Isla en México  y acordamos que se enviarán por una agencia a la que estaban asociados los diplomáticos. Así se hizo y al desembarcar en la Habana y ser recibido por el dirigente de los economistas, le indiqué que verificara si habían llegado las máquinas. El dijo que no había problema y que fuéramos a conocer varios lugares, ya que la ceremonia de entrega sería  cuatro días después. Así lo hicimos y cuando se llegó la fecha, me dijo que habían desaparecido las computadoras. Como la ceremonia era en la embajada mexicana, encabezada por Carlos Tello, yo busqué una salida: llenar con periódicos unas cajas de huevo para hacer una donación ficticia, lo cual logramos sin decirle nada al representante mexicano,  Tello. La crisis era real y a fondo. Tanto que había obsesión por un alimento para las gallinas: el pienso.

Cuando el incidente del espía estadounidense que trabajaba en la embajada mexicana en Cuba, Humberto Carrillo Colón, mi hermano Hugo Tulio era funcionario de la presidencia de la República, en el sexenio de Díaz Ordaz. Me comentó antes de que se hiciera público el asunto y me pidió que se lo dijera  a los cubanos. Yo lo hice de inmediato ya que el primer secretario de la embajada era un muy buen amigo mío. Un apoyo a quienes estaban asediados  por todos lados.

Cuba y Fidel han estado presentes en gran  parte de mi vida. Y lo estarán más debido a sus grandes aciertos y a pesar de sus terribles  errores. Sobre todo porque trataron de lograr el gran sueño: un país con justicia y libertad, no obstante el asedio imperialista que sufrieron constantemente.

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@jamelendez44

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