¿Por qué la sexualidad femenina ha sido controlada durante siglos y cómo podemos romper el ciclo?

Hablar de salud reproductiva, placer y autonomía sexual no siempre fue posible para las mujeres. Hasta el día de hoy, persisten mitos y creencias que limitan la manera en la que volteamos a ver la sexualidad femenina, ¿qué pasaría si viéramos sus orígenes con otros ojos?

¿Quién ha decidido cómo debe ser la sexualidad femenina “normal”?

Parece casi imposible pensar que hace unos 2500 años, en la Antigua Grecia, se consideraba que las mujeres eran quienes tenían un deseo sexual más frecuente y eran vistas como seres lujuriosos e impulsivos. Por el contrario, se esperaba que los hombres fueran los racionales, capaces de controlarse a sí mismos.

Esta creencia cambió radicalmente en los siglos XVIII y XIX, especialmente en la Europa victoriana, y se empezó a gestar el ideal de la mujer decente, para alejarse de la imagen de mujer seductora. Algunas mujeres de la época aceptaron esta idea para ser vistas como moralmente superiores, incluso para llegar a pasar desapercibidas y no mostrar un indicio de un “problema moral o psíquico”.  

Como resultado, el deseo sexual femenino pasó a segundo plano y continuó siendo desplazado (y moldeado) por el deseo sexual masculino. Así, muchas mujeres aprendieron a ser deseadas, pero no a desear. 

A las mujeres se les niega el placer y se les orilla a la culpa

Esto no quiere decir que el deseo sexual femenino dejara de existir. En realidad, quienes sí se mostraban como seres sexuales, y salían de las normas sociales, a menudo eran orilladas a diagnósticos, castigos y humillación por parte de la sociedad.

En ese contexto surge el término de ninfomanía, un término coloquial que describe una necesidad sexual intensa y compulsiva en mujeres, y que en ese entonces presentaba una amenaza para la moralidad. Pero más allá de ser un prejuicio sin fundamentos, era una excusa para castigar de forma violenta a mujeres: con baños fríos, sanguijuelas en los genitales e incluso la extirpación quirúrgica del clítoris o de los ovarios.

En la actualidad, estos principios históricos y los prejuicios sobre la sexualidad femenina siguen ejerciendo una influencia profunda en la forma en la que muchas mujeres viven su propia autonomía sexual, afectando hasta la salud emocional y física.

Las mujeres tienen menos deseo sexual y otras mentiras

Existe una persistencia de estereotipos de que “las mujeres no desean el sexo tanto como los hombres”, e incluso las primeras experiencias sexuales están marcadas por desigualdades. Mientras que los hombres suelen asociar sus primeros encuentros con el placer, y con el refuerzo de una masculinidad, muchas mujeres enfrentan mayores probabilidades de sentir dolor en lugar de placer y el estigma social por iniciar su vida sexual.

Entre otros factores negativos, estos suelen permanecer hasta la vida adulta y hasta inhibir el deseo a largo plazo, y a menudo suelen ser diagnosticados como un “desequilibrio hormonal” o “problema médico”, lo cual es básicamente: falta de investigación sobre la sexualidad femenina.

Un reciente estudio, dirigido por investigadores de psicología de la Universidad de Toronto Mississauga (UTM) de Canadá, llegó a la conclusión que las diferencias en el deseo se dan como resultado de una falta de experiencia o aprendizaje, más que por las hormonas o diferencias sexuales innatas.  

Es decir, si queremos empezar a tener conversaciones reales sobre cómo vivir al máximo la sexualidad femenina, hay que dejar de ver el deseo femenino como algo biológico o puramente hormonal. La ciencia sugiere que el deseo se moldea a través de la experiencia y el aprendizaje, especialmente durante la juventud, cuando el cerebro es más sensible a formar asociaciones duraderas.

En contextos heteronormativos, resulta necesario cuestionar la narrativa que presenta a la mujer como un ser pasivo cuya única búsqueda es el afecto, mientras el hombre ocupa el lugar de control. Alejarse de estos principios implica reconocer su impacto vigente: una lucha constante por desvincular la sexualidad femenina de la vergüenza, el dolor y las normas sociales, para priorizar en su lugar la comunicación, el autoconocimiento y la equidad en el placer.

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