¿El urbanismo puede ser machista? Spoiler: sí, y nos afecta desde nuestra infancia en entornos educativos
Casi el 80% de un patio escolar se destina a una cancha de fútbol, colocando en el centro a los niños y desplazando a las personas que no encajan con este modelo. Este diseño y planificación no son neutrales, ni surgen de manera casual, es resultado de lo que conocemos como urbanismo machista.
¿Cómo se manifiesta en entornos educativos?
El urbanismo machista se define como un modelo de planificación y diseño de las ciudades que prioriza primordialmente las necesidades y experiencias de los hombres. En una ciudad, es más común ver un diseño enfocado en el desplazamiento hacia centros de trabajo, dándole prioridad a vehículos y otros medios de transporte, invisibilizando las rutinas de cuidado y la seguridad del resto de los habitantes que no son un “hombre promedio trabajador”.
En las escuelas, se ve así: una cancha de fútbol en el centro, áreas deportivas utilizando la mayor parte del espacio y poco espacio o áreas verdes para otras actividades. Aunque esta planeación se presenta bajo una apariencia de “neutralidad”, lo que hace es reproducir prácticas discriminatorias y relaciones de poder jerárquicas.
En pocas palabras, estas áreas deportivas están pensadas exclusivamente para los niños, y eso trae consigo muchas consecuencias para niñas y niños que no encajan en este modelo de masculinidad hegemónico.
Y es que el diseño nunca es neutral. Todo está pensado bajo un modelo androcéntrico, adultocéntrico y patriarcal, incluso en estos entornos educativos, los primeros espacios en donde nos formamos y en donde aprendemos a ajustarnos a las normas de género tradicionales.
Las áreas deportivas en escuelas ocupan hasta un 50% o más del espacio y sus principales usuarios son los niños, ya sea jugando fútbol o practicando otro deporte. Ojo, no es que las niñas no puedan participar en estas actividades y disfrutar de los espacios de la misma manera, es que son orilladas a cederlos y a ser desplazadas a espacios de menor calidad simbólica.
El urbanismo feminista como respuesta
A través de los años, el urbanismo feminista se ha posicionado como un enfoque teórico y práctico que cuestiona el diseño tradicional de las ciudades, proponiendo poner la vida y los cuidados en el centro de la planificación urbana. Varias investigadoras han construido bases teóricas que trazan nuevas posibilidades, tales como: La ciudad Compartida. Conocimiento, Afecto y Uso de María Ángeles Duran, La Ciudad Cuidadora de Blanca Valdivia y más recientemente Urbanismo feminista. Por una transformación radical de los espacios de vida del Col·lectiu Punt 6, un colectivo de urbanistas feministas en diferentes territorios de Cataluña.
Dentro de los entornos escolares, su objetivo es transformar estos espacios, desde las aulas, las rutas de acceso y hasta los patios, en entornos seguros e inclusivos. Y esto empieza señalando lo obvio: la forma en la que están diseñados los entornos escolares pueden ser capaces de reproducir modelos patriarcales.
A través de una guía que analiza las desigualdades estructurales en el ámbito del urbanismo y espacios públicos desde una perspectiva de género, el Col·lectiu Punt 6 propone trabajar sobre tres dimensiones interrelacionadas para lograr el cambio: la física, la funcional y la social.
Por un lado, la dimensión física se enfoca en la disposición del espacio, los materiales disponibles y elementos ambientales como la vegetación o la sombra, mientras que la dimensión funcional analiza las actividades que se desarrollan y la dimensión social examina los vínculos, los conflictos visibles y el papel del adulto en el acompañamiento de la actividad.
A través de este planteamiento, se busca equilibrar estas dimensiones para transformar los entornos escolares en espacios para el juego calmado, la conversación y el cuidado, de esa forma diversificar el ambiente para que no quede en el plano competitivo, sino que se expanda hasta el contacto con la naturaleza y entre personas.
En pocas palabras, iniciativas como estas buscan que el patio deje de ser un espacio jerarquizado y pase a convertirse en un proceso vivo que transforme las relaciones de género desde la infancia.