Perder como los grandes
Extraño sentarme frente al televisor y sentir que gano con mi equipo. Sentirme campeón. Burlarme durante días o semanas de mis amigos y sus equipos, perdedores. Tener siempre bajo la manga, ante cualquier argumento incómodo, un: campeones, papá, campeones.
A mí Dios no me ha otorgado, hasta el momento, la virtud de la fe, y se ha ido llevando mis fanatismos, muy a mi pesar. Sin embargo, algo queda. Una nostalgia por esa entrega sin demasiadas preguntas. Por creer, aunque fuera noventa minutos, que la vida podía ordenarse entre dos porterías, un marcador y una camiseta.
Aunque el próximo Mundial parece llegar sobre un planeta menos fascinado, el ritual sigue en pie. Algunos podrán verlo desde el estadio; la mayoría, desde una pantalla; muchos más, simplemente lo dejarán pasar. Pero el fútbol no necesita que todo el mundo mire. Le basta con encontrar a quienes todavía pueden reconocerse en una camiseta.
Sentimos orgullo por otros que nos resultan ejemplares. Los emulamos y algo de ellos se nos contagia al portar sus camisetas, al conocer sus vidas y hazañas. No dudamos que la victoria sea nuestra cuando otros nos la brindan.
Sin embargo, la corona se abolla fácilmente. Se pone en duda, se ensucia y eventualmente se pierde. La cima es también la antesala del descenso. Y quizá extraño más las derrotas. Apostar por un equipo esperando perder suena a locura; quizá por eso nos aficionamos.
La derrota tiene otra intimidad. Nuestro equipo nos regala una vergüenza que, al ser ajena, diluye la negra tinta de nuestros fracasos personales. Esos ídolos caen y nos abrazamos a ellos en el derrumbe. Nos abrazamos con la frente en alto, perdiendo como los grandes.
Durante noventa minutos, la impotencia cotidiana hace nido en un estadio. El desempleo, la ruptura amorosa, el miedo al futuro, la sensación de no haber llegado a donde imaginábamos: todo eso encuentra un uniforme, un marcador y un horario. La derrota deja de pertenecernos del todo. Entonces aparece el perdón.
Perdonamos al defensa que falló, al portero que salió tarde, al delantero que mandó la pelota a las nubes. Perdonamos al técnico, a veces al árbitro, casi nunca al dueño. Perdonamos porque algo de nosotros también cayó en esa cancha. Al perdonar a nuestro equipo, ensayamos una forma torcida, popular y luminosa de perdonarnos.
Por eso no se cambia de equipo por cualquier derrota. Se cambia cuando algo se vuelve personalmente insultante. Cuando ya no podemos reconocernos en ese escudo sin traicionarnos demasiado.
La lealtad de un hincha quizá no consista en creer que su equipo nunca caerá, sino en descubrir hasta cuándo podrá perdonarse con él.
Luego vuelve la esperanza. El siguiente torneo, el siguiente técnico, la siguiente generación dorada. Nos aferramos otra vez a esos colores que, en el fondo lo sabemos, también enmarcan nuestra tragedia.
A veces necesitamos perder mediante otros. Quizá por eso el fútbol sobrevive: porque hay derrotas tan pesadas que necesitan de un equipo para cargarlas.