El sonido de Guadalajara antes y después del Mundial

Parte de la colaboración de alumnos de la carrera de Periodismo del ITESO en Tercera Vía

Hace algunas semanas, David Zamora Bueno, titular de la Secretaría de Infraestructura y Obra Pública de Jalisco, confirmó que los frentes de construcción relacionados con el Mundial 2026 tendrían que cerrarse durante abril, antes de que llegara la primera selección, pues la FIFA así lo exigió. 

Termina un ruido muy particular: el de una ciudad que lleva más de un año intervenida a contrarreloj. Rotomartillos en el subsuelo de Plaza Fundadores, trabajos nocturnos sobre Paseo Alcalde, cortes de tráfico en los accesos al Centro Histórico, la carretera a Chapala demolida y reconstruida en un tramo de seis kilómetros. Tres mil quinientos millones de pesos en infraestructura estatal, más lo invertido por los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan en sus propias intervenciones, según cifras de la misma secretaría. Para cuando arranque el torneo en junio, la Plaza de la Liberación tendrá capacidad para 40,000 personas simultáneas y la alcaldesa Verónica Delgadillo estima un flujo de entre 65,000 y 70,000 asistentes diarios durante los 39 días del Fan Fest, según sus declaraciones en la presentación oficial del evento en octubre de 2025.

Todo eso va a tener un modo de existir particular desde la dimensión sonora: pantallas gigantes, narración deportiva, música programada, la acústica de una multitud que viene de muchos lugares distintos y ocupa temporalmente un espacio que el resto del año suena de otra manera.

Lo que es difícil de registrar formalmente, pero no por eso menos real, es lo que cambió en la capa sonora del centro de la ciudad durante estos meses de preparación. Los vendedores ambulantes y semifijos que operaban en las zonas remodeladas fueron retirados de manera progresiva, primero por las obras y luego porque la lógica del evento así lo requería. Sus voces, sus gritos vendiendo su mercancía, sus instrumentos, formaban parte de la textura del centro. 

Hay algo que vale la pena pensar cuando una ciudad se prepara para ser visitada: los sonidos que quedan son los que se planean, y los que se van son los que simplemente estaban. Los vendedores de los mercados que gritan para anunciar su mercancía, el carrito de camotes con su silbato de vapor, el que afila cuchillos con su flauta de tubo recorriendo la colonia, todos esos son sonidos que llevan décadas compitiendo con la modernización urbana y que en algunas zonas de Guadalajara todavía sobreviven, pero que en las más intervenidas por el ciclo inmobiliario y turístico se van volviendo excepciones. El proceso no es nuevo, pero el Mundial lo aceleró en el Centro Histórico de una manera bastante visible.

Los sonidos que llegaron en su lugar no son necesariamente peores, pero son distintos en lo que comunican. La moto del repartidor de Rappi o Uber Eats por cualquier calle a cualquier hora ya es parte del fondo sonoro de la zona metropolitana tanto como lo fue el camión de ruta, con la diferencia de que el camión tenía un itinerario y conectaba puntos en común para muchas personas; la moto conecta una aplicación con una dirección particular y no genera ningún espacio de encuentro.

La cantidad de personas con audífonos inalámbricos que caminan por el centro, o esperan el tren ligero, va construyendo una ciudad en la que cada quien lleva su propia banda sonora y el espacio público se convierte cada vez más en un lugar de tránsito individual que de presencia compartida.

Nada de esto es catastrófico si lo pensamos de manera aislada, pero quizás el problema es que cuando todas estas transformaciones ocurren al mismo tiempo y en la misma dirección, el resultado es un espacio urbano cuyo sonido cotidiano ha sido sustituido casi por completo. Para el Mundial, el Centro Histórico va a sonar como lo que la FIFA diseñó que sonara: un espectáculo para consumir en comunidad, “gratuito” en el acceso pero completamente programado en su experiencia. 

Después del 19 de julio, cuando terminen los partidos y se desmonten las pantallas de Plaza Liberación, va a quedar la pregunta de qué tanto de lo que estaba antes todavía está. Las ciudades no suenan igual después de que las remodelan para una audiencia externa. Algunos sonidos regresan, otros no, y hay pocas maneras de saber de antemano cuáles son cuáles.

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