Morena afilia a Luis Enrique Benítez, expriista que insultó a Sheinbaum y AMLO

En Morena, el partido que presume ser “de puertas abiertas”, también parece haberse extraviado la alfombra ética. Luis Enrique Benítez Ojeda, exdirigente estatal del PRI en Durango y autor de insultos dirigidos tanto a Claudia Sheinbaum como a Andrés Manuel López Obrador, acaba de recibir una calurosa bienvenida a las filas de la Cuarta Transformación. La decisión, anunciada con entusiasmo por Andrés López Beltrán, hijo del expresidente y secretario de Organización de Morena, ha encendido alarmas entre la militancia.

Benítez, quien durante 36 años fue parte del PRI, selló su incorporación a Morena a solo semanas de las elecciones municipales del 1 de junio. Su historial no es menor: en 2023 llamó “pendeja” e “ignorante” a Sheinbaum por calificar como “nacionalización” la compra de plantas de Iberdrola, además de declarar desde tribuna que AMLO pasaría a la historia como “el Presidente que más trató bien a los delincuentes”. En cualquier otro contexto, esto se archivaría como evidencia de incompatibilidad ideológica. En Morena, es currículum.

Aunque el nuevo morenista afirma que ahora hace suyos los ideales del movimiento, hay quienes no han olvidado su prontuario. La senadora Margarita Valdez fue la primera en reaccionar públicamente: recordó su participación en un ataque contra la Universidad Juárez del Estado de Durango en 2010 y anunció que acudirá a la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia para impugnar su afiliación. En su pronunciamiento, fue tajante: “La congruencia debe seguir siendo uno de los pilares del movimiento”.

Pero el caso de Benítez no es aislado. En los últimos meses, Morena ha sumado a sus filas a varios exfiguras del PRI que antes criticaban abiertamente a la 4T. Adrián Rubalcava, señalado por agresiones contra periodistas y vinculado con bandas de choque, hoy dirige el Metro de la CDMX. Alejandro Murat, Omar Fayad, Eruviel Ávila, Alejandra del Moral… la lista se alarga. Todos con historias que, hace apenas unos años, les hubieran vetado el paso a la llamada transformación.

En Durango, la incorporación de Benítez fue justificada como una estrategia electoral. El Comité Estatal de Morena afirmó que su llegada “fortalece el rumbo que ya nadie puede detener”. En un video desde Instagram, López Beltrán agradeció su intención de “ayudar aquí en Durango”, mientras el expriista prometía “entusiasmo y energía” para que el partido gane en junio.

La lógica parece ser clara: si se suma al proyecto, se perdona el pasado. Lo que antes se condenaba, hoy se absorbe. Pero el costo puede ser alto. No solo en términos de coherencia política, sino en la credibilidad de un movimiento que, al menos en el discurso, se dice ético, feminista y transparente.

La crítica interna no se limita a Valdez. Varios fundadores y militantes del partido han expresado su incomodidad ante el reciclaje de perfiles con historial de agresión verbal, violencia política e incluso persecuciones mediáticas. El mensaje implícito es incómodo: para escalar en Morena, ya no se exige un expediente limpio, sino una conveniencia electoral.

En este contexto, la frase de Benítez sobre su conversión ideológica —“a partir de hoy los ideales de Morena son mis ideales”— suena más a libreto de campaña que a convicción política. Una línea reciclable para cualquiera que, tras décadas en otro bando, vea en la 4T una tabla de salvación personal.

Las puertas de Morena están abiertas, sí. Pero cada nuevo ingreso deja la duda: ¿cuántos principios más caben en la misma puerta sin que terminen saliendo por la ventana?

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