Para qué poetas en estos tiempos de miseria

Por Manuel Illanes

 

Primero (a modo de introducción)

Hace un tiempo, a comienzos de junio de este año, asistí a una lectura a la que me invitó Marco Tulio Lailson en la Casa del Poeta. Ese día, él leyó varios poemas de su autoría; tanto de su libro En el centro de los nombres, como de La misma brújula, poemario colectivo publicado por Editorial Nautilium en 2013, amén de otros textos inéditos. La lectura fue desarrollándose “cronológicamente”: Marco comenzó leyendo fragmentos de En el centro… hasta finalizar con algunas carpetas de esos poemas que ha estado recopilando en estos últimos años de escritura terca y silenciosa, sin darlos a la imprenta ni a la publicidad.

Conozco los textos de La misma brújula y puedo decir, sin lugar a dudas, que el lenguaje líquido, fluctuante de esos versos, llenos de sonoridad e imágenes que surgen y se transforman en la medida que la lectura te envuelve y conduce, atrapan de una forma singular, poderosa…Pero esta breve introducción no va a referirse a dichos versos, sino a la lectura de un poema, “Nombrar de nuevo la esperanza”, perteneciente a estos inéditos, que Marco recitó de un modo impecable, como si supiera sus líneas de memoria y nos estuviera leyendo con los ojos cerrados, lectura que me produjo un remezón inmediato, ese golpe de jab que produce la buena poesía (que, sospecho, tiene mucho de aparición misteriosa, de inmersión en el mundo de la sorpresa y el azar, de acuerdo a lo que creían los surrealistas, por mucho que los ideólogos de las poéticas actuales remitan estas frases al mundo del cliché).

Aunque seguí después la lectura de los restantes poemas, entre los que había unos de muy buena calidad, debo decir que la impresión que me causó el recitado de “Nombrar de nuevo…” opacó mi apreciación de los demás textos…al finalizar el evento, fuimos con Marco y otros amigos a un café cercano, para poder conversar tranquilamente sobre la lectura y los poemas; la pregunta que estuvo dando vueltas todo el tiempo entre nosotros (y que le hicimos, por supuesto) era el por qué no había publicado nada en tanto tiempo. Marco contestó explicando que, debido a sus actividades como promotor cultural y a su trabajo de maestro, no había podido dedicar el suficiente tiempo a la escritura de la misma manera en que lo había hecho años atrás cuando publicó sus anteriores libros. Mientras respondía, yo seguía pensando en “Nombrar de nuevo la esperanza”, considerando qué posibilidades existían de lograr que ese texto y otros que había recitado durante la lectura pudieran salir a la luz, cosa que hoy se logra gracias a la intercesión de Daniel Leyte y la editorial Ojo de Golondrina.

Segundo

Los cuatro poemas que integran la plaquette publicada por Ojo de Golondrina aluden, de forma más o menos directa, a cierta situación de la sociedad contemporánea que podríamos resumir en una frase: el dominio de Capital. Partiendo por el texto inaugural, “Tripalium” (vocablo latino del que deriva la palabra castellana “trabajo” y que refiere a una herramienta parecida a un cepo con tres puntas o pies que se usaba inicialmente para sujetar caballos o bueyes y así poder herrarlos; también se afirma que era un yugo en el que se amarraba a los esclavos para darles azotes) se nos presenta un orden de cosas marcado por una creciente deshumanización y pérdida del sentido, motivado por la imposición del trabajo y de la ganancia en tanto únicos objetivos de la existencia, lo que convierte a la vida en un paisaje desolado de repetición y locura: “y el vacío monótono golpea, / como gotera abierta en la conciencia / el sueño, la memoria, la palabra.” (Tripalium, p. 4).

Esto se hace evidente en un poema como “Otros horizontes” en que Marco menciona aquellos lugares privilegiados del Capital, las tiendas, como espacios en que se aúnan el consumo y el sufrimiento: “Dolor disponible a toda hora / en tiendas de autoser-vicio” (“Otros horizonetes”, p. 7). La alusión se vuelve aún más explícita en el mismo texto, con la referencia a “In God we trust”, lema de los Estados Unidos que figura en los billetes y la moneda de ese país: “Heroína para la gente fina / reza el slogan / in God we trust” (p. 7). La repetida mención que se hace en este poema a “las tempestades que se avecinan” parece sugerir, creo yo, el perpetuo estado de crisis en que nos ubica la política neoliberal con todas sus consecuencias para las comunidades nacionales.

La referencia a esta situación de dominio del Capital sobre el ser humano y las comunidades nacionales se traduce, al mismo tiempo, en una mirada sombría de la actualidad de México, tal como podemos verificar en los poemas “Aquí pasó algo que siempre pasa” (que figura en una antología publicada en 2015 acerca del tema de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa) y “Nombrar de nuevo la esperanza” donde se exhibe esta indefensión de los ciudadanos frente a la violencia: “Nuestra tierra dejada de la mano de Dios / la sal de la congoja y en harapos / cicatriz.” (“Nombrar de nuevo la esperanza”, p. 9), indefensión que alcanza en “Aquí pasó algo…” su paroxismo, al comprobarse la pérdida de los estudiantes: “Pesa tu ausencia en el insomnio. Nos faltas / Tu voz, tu calcio, tu humareda. / Tu sangre vuelta río / tus amaneceres de furia, / tu silencio, nos faltan” (p. 5). El resultado es la visión de la propia tierra en tanto “paisaje calcinado” que se nombra en “Otros horizontes”.

Tercero

Dada la situación descrita en el punto anterior, habría que preguntarse, ¿para qué poetas en estos tiempos de miseria? La consulta planteada por Hölderlin hace más de doscientos años, en su poema “El archipiélago” sigue teniendo, tristemente, una vigencia completa en nuestra época. A pesar de todos los avances realizados por la Humanidad en estas centurias, continuamos atados a un estado de sempiterno conflicto y violencia, sometidos a las crisis que, cada cierto tiempo, el neoliberalismo impone a nuestro continente. Y, sin embargo, la esperanza permanece: no se trata de una afirmación vana, descabellada, sino a la constatación de un hecho: la admirable resistencia que los pueblos de América Latina han ofrecido a lo largo de la historia a los dictados del Imperio y el Capital, desde el lejano momento en que los españoles desembarcaron en el continente hasta nuestros días. En ese sentido, la función del poeta es convertirse, al mismo tiempo que en un depositario de la memoria colectiva, en una puerta hacia el futuro, un anunciador de Utopía, tal como lo pensaba Holderlin y, mucho después, Rimbaud. Ambas tareas se resumen en “Para nombrar de nuevo la esperanza”: el poeta es el que mira hacia el Origen (“En el principio / era el verde y las afluentes, / flor y canto y el cenzontle / así lo repetía, / y el equinoccio así lo repetía, / y el filo de obsidiana y Gucumatz / así lo repetían.”) tanto como el que apunta hacia el Porvenir (“Afuera el continente se levanta, / eleva en su ramaje / el fruto de su ofrenda / y generoso esparce su semilla, / en corceles del viento cabalgando / hacia los cuatro rumbos. / El tiempo ya es cumplido.”). Y también, el que cumple una tercera tarea, quizás la más importante de todas (y aquí me permito citar otros versos de “Nombrar…” para finalizar este texto): “Cerrar los ojos, colmarse de silencio. Resistir.”

Marco Tulio Lailson,

Entre brumas

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Ojo de Golondrina, 2018.

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