Los tiempos del níspero, continentes de la memoria

 

Por Yadira María Teresa Cuéllar Miranda1Yadira Cuéllar Miranda. Aguascalientes, México, 1981. Correctora de estilo y cuidado editorial. Licenciada en Letras Hispánicas y maestra en Artes. Fundadora de Aureus. Revista trimestral de estudiantes de Maestría y Doctorado en Artes, de la Universidad de Guanajuato. Estudios enfocados en cultura impresa, industria cultural, economía de la cultura, vanguardias históricas (estridentismo), discurso gráfico, poesía y ensayo. Degustadora de sobremesas.

 



En el mes de mayo de 1945, Ezra Pound ingresó al Centro de Entrenamiento Disciplinario de Pisa. Al poeta le permitieron llevar consigo, de manera excepcional, un libro de Confucio, un diccionario de chino y, también, se dice, llevaba una semilla de eucalipto en el bolsillo… “and eucalyptus that is for memory”, Pound escribiría.

Más allá del aroma del eucalipto, más allá de sus propiedades vegetales y de su recurrente evocación que siempre persiguió a Pound, el eucalipto, al igual que el níspero, es irrepetible; Los tiempos del níspero, de Miroslava Rosales, son irrepetibles.

Puedo confirmar que conozco el origen de cada poema que reúne Miroslava en esta sutil plaquette, incluso, sé cómo se fue dando su hechura material. Es por ello que intentaré mantenerme al margen de los datos biográficos  ―por llamarlos de una manera, sabiendo que me fueron compartidos en largas sobremesas que hicimos en Guanajuato― y también del proceso material, es decir, el editorial, que también me fue generosamente compartido para una primera lectura y revisión. No obstante, me he permitido rememorar, por aquello del eucalipto de Pound, la manera en cómo conocí a Miroslava.

Antes del encuentro en Guanajuato, que fue en agosto del 2015, leí su poema “El País”, publicado en el número 192, de julio de 2014, en la revista Tierra Adentro, cuyo tópico es la movilidad y migración, además, dedican unas páginas al poeta silaoense, Efraín Huerta; extraña coincidencia… Pues bien, allí leí por primera vez a Miroslava. Un año después ―extraña coincidencia también― estábamos compartiendo la renta de un departamento en el callejón San Juan, ubicado en el entrañable Paseo de la Presa, de la ciudad de Guanajuato, y hasta ahora, nuestra movilidad sigue su curso pero para coincidir una vez más en esta sobremesa de lectura, pero también en otras geografías que nos han permitido la reunión y el diálogo constante.

Insisto en no ahondar más en esos datos. Insisto, pero cómo olvidar el primer comentario que le hice a Miroslava al leer Los tiempos del níspero: “Este libro es redondo como el níspero: abre con su ligero toque ácido y cierra dulce, como el poema de Biedma: ‘Yo persigo también el dulce amor,/ el tierno amor para dormir al lado/ y que alegre mi cama al despertarse/ cercano como un pájaro’”.

Es así, Los tiempos del níspero abre con el ligero toque ácido de la fruta luminosa como un sol: no es gratuito que el primer poema “Breve recorrido” nos invite, precisamente, a un camino galopante, como quien recorre el fruto para saborearlo, y reconocer su semilla, su nacimiento; es un recorrido tan a prisa para llegar al nacimiento de un corazón, y hay colores amarillos y hay retamas y algas verdes, y hay dulces sabores, y el redondo corazón de un niño triste que va a galope y que de pronto se detiene para no desbocarse. Es el níspero, el amarillo níspero.

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Luego, a esta ácida entrada, le sigue el breve poema “Verbena” que suavizará el ajetreo: “Mi corazón/ verbena en las ventanas de tu cuerpo.” Después viene un descenso con el poema “De la inevitable caída en el atardecer”: “Y caigo en vos muchacho-atardecer/ signo del níspero/ lago con tiburones/ como moneda de luciérnagas.” Luego, vuelve el estallido, el galope que conduce a otro camino y se suspende en un vértigo para detenerse a escuchar un hermoso canto: “Allegro vivace”: “Amor de una sola sílaba/ de cascada eléctrica y ventisca/ de aviones y cometas/ puerta de mis debilidades y naufragio/ vamos a un mismo ascenso […]”. Y continúa para ofrecernos los resquicios de una geografía que ha quedado atrás, pero que sin ella no podría construir su propio país interior, escribe: “[…] mi follaje fue destruido en la guerra/ pero hemos dado en este país por un allegro vivace.” Miroslava reconoce el oficio de viajero, se asume viajera, más no una náufraga, porque también reconoce y ama el rostro extranjero en tierra firme: “Conocí a un muchacho que en principio me supo a miel y claridad en un baile de viernes/ Él venía de un país de aceitunos y almendras y anís/ de un caos insospechado en forma de corazón/ y en mi paladar parecía el trópico sin cercos eléctricos […]/ pero él siempre fue un extranjero dentro de mis ondulaciones/ un extranjero que hoy regresa al continente de su soledad”.

Cada poema sigue su curso, como el mar que no se detiene y atraviesa cada continente, y que la poeta sabe lo que trae ese mar: “Estoy a la otra orilla y te espero con un pañuelo blanco una canción de meteoritos y una canasta de nísperos y soles ¡Cómo quisiera traerte a mi país de asfixia y corazones que han dicho tanto adiós! ¡Construir un puente a la fértil costa de tu corazón!”.

Los tiempos del níspero rotan como las estaciones del año, más allá del trópico, hay otras estaciones que llevan su propio ritmo, su propio tiempo, un tiempo que, a su vez, cierra su ciclo, como una despedida, tal es el poema “Súplica”: “[…] El corazón pide la venida del canto y los frutos los ojos abiertos la claridad de todos los pasillos que recorrerá en interminables viajes de vigilia El corazón solo pide un minuto de ternura a sus ruinas de sal”.

Marítima, volcánica, geográfica, Miroslava nos regala este continente de poemas, que es un viaje por las orillas del amor, por las tormentas eléctricas, por el trópico acorazado, dulce y níspero; un viaje a su país en el que probó la esperanza contra toda devastación, y de allí surge, intenta aferrarse a tierra firme y disponer del frescor de una ciudad nueva, una que le permita la fuerza de un tiempo nuevo y con éste un poema nuevo, y amar, en una medida justa, tal como la describe Ezra Pound: “Amo ergo sum, y justamente en esa proporción”. O como el poema del español Jaime Gil de Biedma: “Yo persigo también el dulce amor,/ el tierno amor para dormir al lado/ y que alegre mi cama al despertarse/ cercano como un pájaro”… Habrá que guardar en el bolsillo unas hojas de níspero y rememorar esos continentes de tierno amor…

 

Miroslava Rosales

Los tiempos del níspero

Editorial Cerro del Viento, Colección Poesía, Ciudad de México, 2017.

 

Referencias   [ + ]

1. Yadira Cuéllar Miranda. Aguascalientes, México, 1981. Correctora de estilo y cuidado editorial. Licenciada en Letras Hispánicas y maestra en Artes. Fundadora de Aureus. Revista trimestral de estudiantes de Maestría y Doctorado en Artes, de la Universidad de Guanajuato. Estudios enfocados en cultura impresa, industria cultural, economía de la cultura, vanguardias históricas (estridentismo), discurso gráfico, poesía y ensayo. Degustadora de sobremesas.
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