La democracia brasileña al borde del abismo

TEXTO: Maria Luiza Santos

TRADUCCIÓN: Flávia Chiavassa


Surgido de los movimientos sindicales de los años 80’s, el Partido de los trabajadores (PT) ha ganado todas las elecciones presidenciales en Brasil desde el 2002: Lula, actualmente el más grande líder político del país ganó dos y Dilma, su sucesora, otras dos. Serían 16 años de gobiernos petistas si no hubieran dado un golpe parlamentario que sacó la presidenta Dilma en 2016, articulado por su vicepresidente, Michel Temer (actual presidente de Brasil), y por el entonces presidente de la Cámara de los Diputados, Eduardo Cunha, con el apoyo de los medios conservadores, sobretodo de “Red Globo”, la televisora más grande del país.

Una parte de la derecha brasileña siempre ha alimentado un sentimiento de aversión a las ideas del PT, que en su nacimiento tenía un discurso más radical  y crítico a las elites, y combate sistemáticamente contra este partido. En la disputa presidencial de 1989 por ejemplo, TV Globo, que apoyó el golpe que sacó la presidenta Dilma en 2016, hizo una edición del video del debate que hubo entre los candidatos a la presidencia, a favor de Fernando Collor, haciendo que Lula perdiera la disputada elección.

En las elecciones de 2002 el PT y Lula adoptaron un discurso más moderado y ganaron. Aunque el PT jamás ha puesto en riesgo los intereses de los grandes empresarios, incomodaba a las élites el hecho de que el presidente de la república fuera del nordeste (región estigmatizada por la pobreza), ex líder sindical y sin estudios universitarios. Además, a lo largo de los años, el gobierno petista ha proporcionado algo básico para la democracia, pero inaceptable para la élite conservadora y atrasada del Brasil: inclusión, aunque limitada y sin gran concientización política, de las clases sociales más pobres.

El anti-petismo, que se legitimaba en la supuesta incapacidad de gobernar de un semianalfabeto y el “riesgo” de que el país se volviera socialista necesitó ser reformulado ya que nada de eso se confirmó. El clasismo entonces pasó a disfrazarse con la defensa de la moral y la ética. El discurso, incansable y constante, de que el PT es el partido más corrupto de Brasil ganó relevancia en los medios de comunicación y en los discursos de los políticos opositores.

En esa coyuntura, Michel Temer y Eduardo Cunha, en aquel momento aliados al PT (uno de los tantos errores de los gobiernos petistas), no tuvieron dificultad para armar un golpe desde el Congreso para sacar a la presidenta electa democráticamente, con la acusación de haber cometido un fraude fiscal. En ese momento, políticos como Jair Bolsonaro, que cuando justificó su voto en favor del impeachment hizo un homenaje a uno de los torturadores más despreciables de la dictadura militar brasileña, comenzaron a propagar su discurso de odio sin ninguna restricción.

A pesar de toda esa campaña contra el PT,, las encuestas de intención de voto daban ventaja a Lula en las elecciones presidenciales de 2018. Acusado de corrupción, en un proceso dudoso y cuestionado por muchos organismos nacionales e  internacionales, Lula fue encarcelado.

Los discursos de odio aumentaron y sin Lula en la disputa por la presidencia ganó fuerza el candidato Jair Bolsonaro. El discurso de persecución a las minorías, del regreso de los “valores  tradicionales”, de una supuesta moral cristiana y de un nacionalismo exacerbado, cobró fuerza a través de grupos de whatsapp en todo el país, al grado de que la realidad ya no interesaba más. Las columnas de opinión, de medios nacionales e internacionales vislumbraban el fin del PT.

En la elección del pasado domingo 7 de octubre Jair Bolsonaro sacó el 47% de los votos, ganando casi sin la necesidad de ir al segundo turno., el 28 de octubre. En segundo lugar, como ya era esperado, quedó Fernando Haddad, candidato del PT.

El discurso fascista de Jair Bolsonaro ya cobró su primera víctima: Mestre Moa, capoeirista negro nacido en Bahía, estado ubicado en la región más pobre y con una población mayoritariamente negra, fue cobardemente asesinado con un cuchillo en un bar cuando declaró su voto a favor de Fernando Haddad.

Además de ese crimen bárbaro e inaceptable, se multiplicaron los relatos de personas que habían sufrido agresiones físicas y verbales, coacciones y amenazas, por estar en contra del fascismo y del candidato Jair Bolsonaro.

La democracia brasileña está en riesgo y con ella la integridad física y psicológica de quienes conforman los grupos más progresistas del país que, en ese momento, están intentando juntarse para crear un frente amplio en defensa de las liberdades democráticas alrededor de la candidatura de Haddad.

Quienes escribimos este texto no sabemos qué va a ser de nosotrxs y de nuestrxs compañerxs. Tampoco sabemos lo que significará para el futuro de América Latina tener un presidente fascista como Bolsonaro. Contamos con la movilización, la solidaridad y la denuncia de todos los que luchan por libertad y dignidad humana en ese continente.


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