Tania Carrera #VocesVioletas

#VocesVioletas es un espacio semanal dedicado a compartir poesía escrita por mujeres de México y Latinoamérica.

Tania Carrera (México, DF, 1988) ha publicado Espejos (Editorial Gato Negro, 2013) y Un dios lubricante (www.undioslubricante.com, 2015). En 2006 y 2011 obtuvo el apoyo para Jóvenes Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos en el área de poesía. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el periodo 2009-2010. Beneficiaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA en 2014 y 2016.

Ganadora del premio Jaime Reyes de la UACM en 2010.

A continuación presentamos una breve selección de su obra poética:


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El taxidermista

Aprendió de algún periódico
—en los músculos de su primera plana
expuestos sobre el desayuno—
a rellenarse con bolitas de papel.
Cruzar la avenida de lo ajeno
para dejar la silueta entera
y vivir para contarlo.
Privilegiar el rastro:
un rostro. Dejar el rostro.
Lo claramente descriptivo del origen del crimen.

Un dolor pasado por anestesia
la hizo de afilador,
agilizando los cortes de la imagen.
Un recuerdo:
ella corriendo con la nuca aún colgada en el perchero
y el cuero desprendiéndose del cráneo
limpiamente.

En la calle encuentra su mirada
y todavía no se reconoce.
Está sucediendo la primera vez de algo,
un eclipse. La unidad
busca a tientas su forma
entre afinidades que no se logran pronunciar.

¿Cuándo aprendimos a ejercer las violencias
ofrecidas en los medios sobre nosotros mismos?

Pondrás la imaginación ahí
donde se raspa la costra con el paso:
el lado que arde desde afuera
y acaricias bajo el mantel.


Las herramientas

Haz de someterte a la ponderación de la migaja. Pequeña informe que apenas asoma su materia sin definirse: sin llegar a ser parte, sin dejar de ser todo; lanza su espinazo de aparente suavidad y retiene un acercamiento poroso. Las cavernas significan que la montaña —montañita— tiene menos masa de la que pensábamos. Esa caricia tiene menos sustancia porque tiene cavernas. El poema tiene cavernas para que escurran las sustancias. La migaja es en realidad menos alimento que aire. La falta de alimento es una migaja de alimento. La estructura desleal: la mentira en la intimidad: la mentira conocida. Solápame. Acaríciame. Remédiame. Remienda el hueco con otro hueco. La mentira asistida. La duda sobre la existencia de algo que no tiene forma es una caverna asistida. Los huecos se llenan de lo inverso: lo que no entregas, te quitan doble. La caverna espera a ser descubierta, ser habitada: desea. La primera casa fue mi gran hueco. La caverna siempre será la primera casa. Se sabe el hueco donde la masa acomoda. No puedes ser tu propia casa. Llenar la casa con la casa es destruir la casa. Potencia consumida. Necesidad. Necesitar es la casa. Acariciar es la casa. Compilar migajas y exonerar la ausencia interna con la multiplicación de la superficie es la casa. Compilar migajas para formar un hueco. Montañas de nada es la casa. Un espacio donde no está el otro para guardarte. La mama, la nana, la casa, la caja, la nada, la baba. Palabras como cavernas. Migajas de sentido rebotan en los umbrales, apenas eclipsando la necesidad estoica: ser verbalizado. Reclámame. Atestíguame. Confírmame. Callar es la casa. La necesidad es lo que se asevera con el límite. Necesitar que quieran ser tu casa: sentidos importados, pies de página, aclaraciones unívocas como migajitas de pan y agua, mucha agua para olvidar el hambre, mucha agua para lavar la casa.


Recurso

Al centro, un pedestal.
Encima, luz para extender las formas.
Y debajo, sombras de piedra sobre el suelo frío:
otro volumen son las apariencias.
Una prueba, umbral del fracaso:
mis montajes.

Al centro del pedestal, ideas.
Dentro de las ideas,
una jarra de vidrio, vena traslúcida.
Y en la jarra, flotando él,
como una planta vascular.
Agua y despreocupación.

Yo giré en torno. Observé.
Mi pie trató de no dejar huella
—paso de gato—,
de no empañar con su calor
los pulcros azulejos de la galería.
No quise malograr la síntesis:
mi glaciarcito.

Hay una obviedad múltiple y perdida
en la memoria: no me identifico.
Hay recursos,
concepciones asépticas,
por ejemplo,
el deseo es no pisar,
no enterrarse los fragmentos
de la muestra anterior.

¿Será el mismo recorrido si opongo la dirección?
—me pregunté.
Luego vi la cara opaca,
ceniza, de sus hojas
y en contraste acudió
un vago recuerdo de su rostro bajo el sol.

Detalles previos al fondo o a la primavera.
Un revés de temporada:
raíces en el ojal, hilvanes malogrados,
fruncidos trayectos acortando
una superficie más amplia.
Así, la propiedad.

En círculos.
Me vio inversa mientras lo miraba.
Parca de mis piezas.
Dispersa en la concentración
de una potencia espectral:
la fantasía del talento.

Ambos, pieza dentro de una pieza cubierta de jardín.
Piezas de la pieza:
jardín interior a prueba de tierra
o de olvido cotidiano,
flotando para el espectador.

Escribí sentencias como si fueran nombres.
Muy rápido.
Las escribí en una ficha sobre todo flanco del pedestal
para evitar preguntas
y le dije: “las ideas son lo mío”,
mientras pensaba “no me quites mis ideas”,
cuando en realidad temía olvidarlas.

Lo levanté.
El agua, incómoda entre mis manos,
comenzó a desbordarse
y señaló la marca de mis huellas en el cristal.
Caí en cuenta de mi rastro en lo ajeno
y lo acerqué a mis pupilas
para mirarme.

Trozo de sueño en el ojo abierto:
transferencias y cuerpo extraño.
Otra historia desperdiciada
por anticipación.

Más tarde olvidé la fuerza
y lo solté.
Añicos.

Cuento corto:
nadie flota.

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