Voluntad a la fuerza

Por Alejandro Ruiz Galicia

 

Hay frases que se repiten tanto que terminan disfrazadas de verdades. Nos salen por la boca sin la intermediación de la razón; tal es el caso de la “fuerza de voluntad”. La presumimos como elemento indispensable y suficiente para cualquier reto. Aludimos a ella cuando alguien no deja una sustancia, no sale de una relación que le duele, no cambia un hábito que lo desgasta o no logra sostener algo que quiere. La frase parece una respuesta y una guía, pero en realidad hace otra cosa: traslada el problema completo a la voluntad de una persona, como si bastara con querer para poder. Cualquiera que haya vivido algo difícil sabe que hay momentos en los que querer —tener voluntad— es dolorosamente insuficiente.

Si querer bastara, nadie repetiría lo que le daña. Nadie volvería a decir lo que prometió no decir, ni regresaría al lugar del que había decidido salir. Nadie sostendría hábitos que lo enferman ni rompería aquello que desea cuidar. Y sin embargo ocurre. No porque las personas no sepan lo que hacen ni porque les falte inteligencia o carácter, sino porque buena parte de la experiencia humana es ingobernable por la voluntad.

Decir que algo es cuestión de voluntad no sólo intenta explicar lo que ocurre: también separa y tranquiliza a quien lo observa. Establece una diferencia con el otro que es colocado en posición inferior. El problema queda contenido dentro de una persona y en su incapacidad, velando con ello los límites de quien observa. No hace falta preguntarse por la historia de esa relación, por las condiciones en que alguien vive, por los lazos que le sostienen o por aquello que no encuentra lugar para decirse. La voluntad es una respuesta rápida que evita la incomodidad de reconocer que muchas veces lo que le pasa a alguien no puede resolverse en soledad.

La idea de la voluntad supone que las personas son dueñas de sus actos incluso desde antes de realizarlos. La voluntad aparece como una fuente ilimitada de fuerza, máquina de movimiento perpetuo. Sin embargo, ocurre lo contrario: primero sucede algo y sólo después encontramos la manera de explicarlo. Aparece entonces una forma de ordenar retrospectivamente la experiencia, como si pudiera dar coherencia a decisiones que en realidad se juegan en otro lugar. No es raro que alguien diga “no sé por qué lo hice” o “pasó justo lo que no quería que pasara”. Es en ese desfase donde la voluntad deja de ser causa suficiente y empieza a mostrarse como respuesta a una pregunta no concebida. 

Cuando la voluntad se convierte en la explicación principal de lo que alguien vive, el malestar cambia de lugar. Lo que antes podía pensarse como una experiencia difícil, una repetición desafortunada, una historia, una relación o una condición social, empieza a leerse como signo de un defecto personal. Entonces brotan frases como: “no le echa ganas”, “no quiere salir adelante”, “no pone de su parte”. La voluntad deja de ser una herramienta etérea para convertirse en una medida moral. Y con ello, muchas veces, el problema se explica desde una pretendida esencia personal perdiendo interlocuciones necesarias para salir de ese laberinto de espejos.

Lo que se nombra como falta de voluntad señala otra cosa: la ausencia de condiciones para sostener lo que alguien intenta hacer. No se trata solamente de decidir distinto, sino de que exista un distinto posible, un entramado de relaciones, tiempos y palabras que sostengan lo diverso. Nadie cambia solo aquello que se juega en su historia. Por eso, cuando todo queda reducido a la voluntad aislada y plena, desprovista de condicionantes, algo importante desaparece: la existencia de los límites.

 

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