Cuarentenas bajo fuego

Por Alan Ruiz Galicia

No podemos salir. El cuerpo conecta con la memoria de la pandemia: encierro obligatorio, las reuniones son virtuales, filas largas para entrar a farmacias y supermercados, las avenidas que tienden a saturarse se mantienen silenciosas. La ciudad contiene la respiración. Se impone la incertidumbre: no sabemos si esto durará un par de días, una semana, meses… tal vez más. Pero en estas cuarentenas bajo fuego, el silencio tiene una causa diferente.

El domingo 22 de febrero de 2026, en Tapalpa, un poblado serrano de Jalisco, murió durante un operativo militar Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, jefe del Cartel Jalisco Nueva Generación, una de las organizaciones criminales más poderosas de México. La represalia fue una pedagogía del terror en la mayor parte del país: vehículos incendiados o atravesados para bloquear carreteras, transporte suspendido, comercios cerrados, mensajes oficiales y rumores mezclados en la misma pantalla.

Entrevisto por videollamada a distintas personas para registrar el clima social. Lo que aparece es una constelación conocida: miedo, ansiedad, insomnio, tensión, saturación informativa. Sensaciones que remiten a la pandemia. Volvemos a experimentar lo que la OMS conceptualizó como infodemia: no solo desinformación, sino un exceso simultáneo de versiones, datos parciales y narrativas emocionales que dificultan darle peso a fuentes confiables.

Aunque el término se popularizó en la crisis sanitaria, describe una dinámica más amplia que reaparece cuando, como hoy, la velocidad de circulación de los mensajes supera nuestra capacidad de verificación y los algoritmos privilegian lo impactante. En estas situaciones, lo confirmado y lo especulativo comparten el mismo plano de visibilidad; las versiones se multiplican sin jerarquía y la experiencia pública se fragmenta. La información es un phármakon: puede sanar o intoxicar, según su calidad y la forma en que la consumimos.

La pandemia instauró un régimen de emergencia sanitaria, mientras que el Código Rojo en Jalisco responde a una emergencia de seguridad. Aunque cambia la naturaleza de la amenaza, se activa el mismo efecto estructural: la normalidad se interrumpe. La ciudad se repliega, el gobierno concentra decisiones y las recomendaciones oficiales sustituyen la rutina. La emergencia se convierte en el principio organizador del tiempo social.

Tal como ocurrió en la pandemia, el mismo evento nos impacta de manera desigual. Permanecer en casa es un lujo que pocos pueden permitirse. La crisis se estratifica: algunos atraviesan esta pausa desde la seguridad de un ingreso estable y un hogar acogedor; otros saben que cada hora en casa es un ingreso que no llegará. Para quienes viven al día, salir no será una decisión heroica, sino una necesidad. Las condiciones sociales convierten la prudencia en privilegio y el riesgo en rutina.

El miedo reorganiza prioridades. Cuando la excepción irrumpe, la pregunta deja de ser qué modelo de seguridad queremos y se convierte en una exigencia inmediata de orden. Nos volcamos sobre la idea de que todo vuelva a funcionar: que el transporte se reactive, que las clases regresen, que abran los comercios. Como en la pandemia, pedimos volver a la normalidad sin preguntarnos si esa normalidad es parte del problema.

Ha llegado el tiempo de reconocer que la normalidad en Jalisco está envenenada. Aquí es “normal” ser el estado con más desaparecidos del país. Es “normal” que fosas clandestinas no dejen de aparecer. Es “normal” que madres buscadoras arriesguen su propia vida e incluso sean asesinadas por buscar a sus hijos e hijas.

Si la normalidad que defendemos es un modelo de seguridad que no se plantea enfrentar y resistir socialmente a la violencia, sino que se contenta con que ésta sea administrada y disimulada por el gobierno en turno, no quiero volver a esa normalidad, y creo que solo personas de una despiadada hipocresía pueden estar dispuestas a ser parte de un pacto social en que el terror se tolera mientras la sangre no nos salpique en la cara.

Como en la pandemia, no estamos pensando en transformación estructural, sino en sobrevivir. Parece que solo nos queda refugiarnos en la micro-política: acompañar, denunciar, organizar pequeñas redes de cuidado. Es valioso, pero en nuestra situación actual también revela que después de años de una disciplina del terror y de comunidades fracturadas, la idea de transformación colectiva ha dejado de formar parte del horizonte imaginable.

Los próximos meses convergerán fuerzas contradictorias: la reorganización del cártel más poderoso del país, un mega-evento deportivo y una sociedad profundamente lastimada por la violencia. La tentación será declarar como triunfo que todo transcurra sin escándalo. Pero no necesitamos una “tregua mundialista”, sino una paz sin fosas.

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