Miro el río y me pregunto cuántos ríos hay en él

Por Alejandro Ruiz Galicia

Río

Vivo a unos ciento setenta pasos de un río. No es metáfora ni figura literaria: es poner un pie delante del otro y, dado que suele ser mi primera actividad del día, lo hago con la conciencia empañada. En ese estado que caracteriza momentos importantes: enterarse de una muerte, decir que sí en el altar, cargar por primera vez a un hijo.

Mis perros van olisqueando y tirando; orinan, cagan, se detienen, piden un paseo más largo sin importar cuánto tiempo llevemos. Cada vez que llego, descubro que esos pasos me han llevado a un lugar distinto. Lo sé porque ellos se detienen en sitios conocidos que aparecen como distintos. A veces tardan examinando el poste; a veces lo huelen por puro compromiso; a veces quieren corretear una rata o una lagartija; a veces se quedan mirando a las tortugas. Un día encuentran una servilleta que aún huele a comida; otros días andan de prisa para marcar y así tener otro mapa mañana.

Miro el río y me pregunto cuántos ríos hay en él. ¿Quién no ha escuchado a un viejo recordar los parajes verdes, los árboles fecundos, la corriente transparente? En ocasiones el río aún late: alguna gota humedece el borde cuarteado del ojo de agua, y de otro ojo también.

Veo a mis perros clavar sus narices entre la hierba alta. También levantan la cabeza y abren un poco las fauces para apreciar mejor un aroma de origen lejano. A mí me huele a nada, pero cuando intento descifrarlo, distingo hierba, basura, restos de comida, carroña. Aromas que entran por mi nariz haciendo sonar las campanas de viento de la memoria.

Paso de un lado del río al otro mediante dos puentes; las orillas del río son tan parecidas como el alba y el ocaso. Cada una tiene sus relieves, sus madrigueras, sus flores y sus árboles. El copioso follaje de un gran árbol de un lado significa la sombra en el terreno paralelo por lo que saltamontes, tortugas o lagartijas no toman el sol ahí.

Heráclito escribió: “No se puede entrar dos veces en el mismo río, por el constante flujo de las aguas nuevas”. La idea es clara; la experiencia es turbia. Lo nuevo se presenta opaco; la novedad no se puede atravesar instantáneamente. Es preciso que el tiempo pase, que el agua se aquiete para mirar lo que ocurre. Así pasa con los sueños también, entre más veces se cuenta un sueño, más claro está y, con ello, más lejano de lo que fue. Y cuanto más nos contamos, más lejos estamos del que inició el relato. 

La transparencia del recuerdo es una ilusión del intelecto, es la trampa de pensar que la experiencia puede someterse y condensarse en el lenguaje. 

La experiencia es el cauce que, cuando menor, nos permite mirar nuestro reflejo fluyendo. Cuando mayor, su fuerza arrastra ramas, basura, piedrecillas, tierra, lirio y animales. No podemos encontrarnos entonces, nos desborda. Ahí se anidan esencias distintas que terminarán lejos de donde fueron tomadas, despojadas de sus relaciones pasadas: la rama ya no es rama alta en el árbol, ahora es punto de apoyo de las tortugas; el placer que nos daba mamá al acariciarnos es otro y el mismo en la caricia de nuestra pareja.

La sorpresa nos toma la mano y nos gira, como en un baile, y sin saber muy bien lo ocurrido estamos de nuevo frente a frente. La novedad se escurre, es lo que sale de su lugar habitual. Una sonrisa donde suele haber antipatía, una palabra donde pensamos otra, una emoción distinta a la que se presagiaba.

Sonrío: bajito y claro, alto y fuerte. Todo ha cambiado. 

 

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