El anhelo de poder tener un hogar
Quiero una casa y quiero un hogar. Esta aspiración, tan fundamental, no debería ser una fantasía para una joven que vive y estudia en Guadalajara.
Sueño con la luz natural, sin el frío de una habitación compartida por mera necesidad; quiero escoger los colores de las paredes, la madera de la cocina, los muebles de la sala y las plantas en la terraza. Aspiro a caminar por un pasillo para llegar a mi propia habitación, porque mi deseo es invertir en mi patrimonio, no enriquecer a un fondo de inversión.
Quiero volver a mi barrio, a mi colonia, y no ser la razón por la que mi vecina tuvo que irse. En esencia, quiero que mi identidad sea la dueña de este espacio, y no el miedo constante al desalojo: quiero una vivienda digna. Sin embargo, este anhelo básico se estrella contra la crisis de vivienda en la ZMG. No se trata de un error, es el sistema.
La brecha entre el sueño y la realidad es un abismo que se mide en pesos y porcentajes: según el IIEG, la renta mensual promedio en Guadalajara en 2024 fue de $26,311 MXN. Esta cifra es insostenible si se contrasta con la expectativa de vida de un joven profesional, pues el salario mensual que los mexicanos dicen necesitar para “vivir bien” en Jalisco es de $18,500 MXN, según la ENSAFI 2023. Claramente, la ecuación no cierra. El costo de una renta promedio consume el 142% de ese sueldo que supuestamente nos permitiría “vivir bien”; mientras que los expertos recomiendan gastar un 25% de tu ingreso en vivienda, mi ciudad me exige gastar más de cinco veces lo recomendado, si quiero permanecer en ella.
Además, acceder a un crédito hipotecario es un mito para mi generación, pues el precio promedio de una vivienda en Jalisco superó los 6 millones de pesos en 2024, según el IIEG, una cifra que nos excluye del mercado de forma definitiva. Y en esta mezcla de gentrificación y especulación, mi precariedad se multiplica como mujer, joven, estudiante y futura profesional.
La autonomía se limita, y la seguridad de un hogar pasa a ser la ansiedad de una quincena. Mi vida es precaria para que el ladrillo sea de lujo. La realidad es que mi sueño de hogar se ha transformado en una celda de renta. Por eso pregunto, con la voz que se eleva desde el muro de concreto de mi ciudad: ¿De qué sirve el progreso de mi Guadalajara, si ese progreso me expulsa? ¿Dónde pongo mi vida? ¿Dónde construyo un hogar?