El afecto será público: la revolución pendiente de la ciudad
El llanto en la ruta del Mi Macroperiférico, la lágrima en un parque, el suspiro de frustración en un vagón lleno de tren ligero revelan que nuestra vida urbana está diseñada para la productividad, no para la vida.
Las lágrimas derramadas en el espacio público son el síntoma de un urbanismo frío, planificado desde los cimientos por una ideología capitalista y patriarcal. Las ciudades históricamente se han centralizado para la producción (trabajo, comercio, transporte público) y han mandado a la periferia lo reproductivo (los cuidados, el hogar, la vida emocional). Se diseñaron ciudades pensando en un solo género (hombres cisgénero) y un solo tipo de movilidad (el coche), dejando a las mujeres y sus complejas necesidades fuera de la ecuación.
Esta estructura no solo margina a las mujeres, quienes, de acuerdo con datos del Imeplan, realizan la mayoría de los viajes a pie relacionados con cuidados, sino que violenta a todes al arrebatar la conexión con sus emociones. El afecto, vinculado tradicionalmente a lo femenino y lo privado, se convierte en un lujo que se debe esconder.
La prueba más palpable de esta exclusión se encuentra en el sistema de movilidad. El urbanismo prioriza descaradamente a quien tiene coche y convierte al transporte público en un entorno de inconfortabilidad y casi nada de espacio para la gestación de emociones. Las experiencias en el tren ligero, saturado y sin seguridad personal adecuada, son un recordatorio de que en el colectivo somos meros engranajes. Si el vagón no respeta tu cuerpo ni te permite ser empáticx, ¿cómo se supone que vas a cuidar de lxs demás o de ti mismx?
Hay que poner los afectos en el centro. Esto implica reconocer que el llanto, el enojo, la ternura y el cuidado son pilares para construir espacios. Ya sea para el duelo en los hospitales o para la necesidad de sombra y permanencia en una banca, la ciudad debe dejar de medir su valor por su eficiencia.
Necesitamos cartografiar y diseñar desde el reconocimiento de que somos territorios de emociones en constante transformación. La calle no debe ser solo una arteria de tránsito, sino un espacio donde la vulnerabilidad sea una forma de fortaleza. Necesitamos seguridad afectiva, la libertad de expresar lo que sentimos sin ser señaladxs, en cada plaza, parque y parada de camión.
El afecto, en Guadalajara y en todas nuestras ciudades, será público. El derecho a afectar (llorar, abrazar, caminar, etc.) a cielo abierto es, en última instancia, el derecho a habitar de verdad.