Urbanismo del espíritu
Por Alejandro Ruiz Galicia
“Lo obvio” parece ser lo más sencillo del mundo. Lo escuchamos en la vida cotidiana: una madre le dice a su hijo, mientras esperan cruzar la calle: “¡Es obvio! ¿Cómo no se te ocurrió…?”. Se presenta como lo que todos vemos, lo que está delante de los ojos. Sin embargo, ahí se esconde su trampa: la claridad aparente no se mira, sale al paso.
Es un muro invisible que aparece antes de llegar a destino y nos obliga a detenernos. La única salida del callejón de lo incuestionable es la sospecha: abrir preguntas, no aceptar la clausura del pensamiento.
Cuando alguien dice “obvio”, no señala un simple descuido. Afirma que existen evidencias compartidas e indudables. Pero esas evidencias se vuelven calle de doble sentido ante el examen de la subjetividad: lo obvio es diminuto y singular, apenas del tamaño de la huella de cada quien.
Lo que para una persona es un obelisco en medio de la plaza, para otra es apenas sombra en el piso. Freud lo advirtió en La interpretación de los sueños (1900, cap. VI): en los sueños, lo más claro suele ser lo menos importante; allí donde el sentido se presenta como evidente, es precisamente donde hay que desconfiar.
En el habla común, lo obvio se escucha como reproche: “las cosas son como son y deberías saberlo”. Pero lo que allí se juega no es inocente: es la agresión contra lo distinto, la defensa frente a lo nuevo, lo otro, aquello que amenaza con agrietar algún pilar de la estructura que llamamos “personalidad” o “forma de ser”. Terremoto disfrazado de sentido común. No existe algo como un dato neutro; existen man-datos: mandatos que se transmiten como si fueran verdades naturales, muchas veces con la marca de un “man” —un hombre, una tradición patriarcal— en su origen. Quienes nos precedieron trazaron las avenidas por las que hoy transitamos; pero los espacios que fueron suficientes en el pasado tienden a vivirse estrechos en el presente.
De ahí la necesidad de interrogar: ¿Por qué esta calle es angosta y aquella amplia? ¿Por qué un rascacielos aquí o un bosque allá? ¿Por qué un barrio se hunde y otro se eleva? ¿Por qué aceptamos que una vida se viva siguiendo un instructivo? Las preguntas incomodan porque fisuran la máscara de lo claro.
Sin ellas seguimos caminando como turistas dentro nuestro, extrañados ante lo que nos constituye, como quien se sorprende al descubrir en la ciudad que habita un pasaje que nunca había mirado. Cada mandato heredado es un trazado urbano invisible: la expectativa de nacer, crecer, reproducirse, morir.
Como en tantas plazas mexicanas, encontramos siempre lo mismo: iglesia junto al palacio municipal. La vida parece convocada a repetirse allí, entre lo público y lo privado. Dos polos que terminan siendo lo mismo: privación del paso propio. Avanzamos al ritmo de un semáforo programado para un compás ajeno. Andar por las señalizaciones que otro dejó. Y cuando alguien se atreve a saltar la barda o a derrumbar un edificio central, la agresión emerge a borbotones, como agua de alcantarillas desbordadas: estupidez, maldad, libertinaje, son nombres usados para marcar y excluir a quien desafía el orden por nosotros aceptado.
El “sentido común”, esa frase que suena tan inocua, no es más que la cristalización de lo no pensado. Lógica, claridad meridiana, obviedad: nombres de terrenos deshabitados dentro nuestro. Algunos son baldíos, otros recintos heredados que repetimos por inercia. El GPS de la conciencia no tiene señal en esos parajes. Allí descubrimos que lo que parecía automático —la forma de comer, de estornudar, la manera de reaccionar ante un insecto, lo que excita en el sexo, el modo de gastar el dinero— no es natural, sino sedimentación de mandatos y hábitos colectivos. El sentido común está hecho de microactos que sostienen el edificio de la personalidad.
Lo que viene dado no es solo un límite: también puede ser un campo fértil de creación. Interrogarlo no significa demolerlo todo, sino reconocer sus grietas y abrir posibilidades. Una costumbre mínima puede volverse laboratorio de libertad: cambiar de camino para llegar a casa, poner otra salsa en los tacos, lavarse los dientes con la otra mano. Esas variaciones que parecen ínfimas revelan cuánto de lo “natural” es en realidad construcción, y cuánto puede ser reconfigurado.
El psicoanálisis enseña que no hay gesto insignificante. Cada acto porta una lógica inconsciente. El lenguaje impone mandatos, pero también abre resquicios para reinventarlos. Si una madre dice “¡Es obvio!”, quizá sea el momento de preguntar: ¿para quién?, ¿desde dónde?, ¿con qué consecuencias? Esa pregunta puede ser el inicio de un nuevo trazo en el mapa subjetivo.
Podríamos llamar a este ejercicio un urbanismo del espíritu. Así como la ciudad se transforma derrumbando ruinas peligrosas o abriendo parques en terrenos baldíos, también la vida psíquica puede reordenarse. Se trata de demoler lo que encierra, abrir plazas para el juego, edificar avenidas por donde la singularidad circule con aire fresco. No se trata de seguir planos heredados, sino de trazar calles que se crucen donde venga en gana. En ese gesto mínimo, tan pequeño como decisivo, se juega la libertad de habitar el propio espacio.