Somos cuerpos prestados

Reconozco de inmediato ese movimiento lateral al caminar, ese torso que se inclina un poco a la derecha y luego a la izquierda. Podría ser mi madre, mi abuela, mi hermana o incluso yo misma frente a un espejo. Esta vez es mi mamá, y me pregunto: ¿cuánto de lo que somos nos pertenece realmente?

 

La palabra incorporar proviene del latín incorporare: dar cuerpo, hacer cuerpo con algo, pero en la práctica no somos nosotros quienes damos forma a las cosas, sino que las personas, los gestos y las palabras de otros nos van moldeando. Nuestro cuerpo se construye con préstamos cotidianos.

 

Maurice Merleau-Ponty, filósofo de la percepción, habló del cuerpo como “el vehículo del ser en el mundo”. No lo entendía como un objeto que habitamos, sino como la forma misma en que existimos. Esa idea permite pensar que nuestra corporalidad no es completamente nuestra, sino un archivo de lo que otros nos han transmitido, una colección de gestos heredados.

 

Me miro al espejo y encuentro la misma mirada fuerte de mi papá. Uso palabras que no eran mías y que adopté de amigos o familiares después de escucharlas tantas veces. No es imitación consciente, sino que una prueba de que nos formamos a partir de lo que otros dejan en nosotros.

 

El sociólogo Pierre Bourdieu llamó habitus a esa manera en que las estructuras sociales se inscriben en el cuerpo. Nuestras posturas, gestos y formas de ocupar el espacio son el resultado de condiciones sociales interiorizadas. Lo que no dijo de manera explícita es que esos rastros también son una forma de continuidad, es decir, que lo que otros hicieron antes sobrevive en nosotros.

 

Mis muletillas al hablar, el “justo”, “literal” o “total”, provienen de personas con las que he pasado tanto tiempo que ya no distingo dónde terminan sus palabras y empiezan las mías. Somos un collage de voces y movimientos prestados.

 

El escritor argentino Tomás Abraham habla de la “corporalidad heredada” como una forma de inmortalidad. Según él, el cuerpo es el archivo más fiel de la historia familiar y social. No se necesitan documentos ni fotografías: basta observar cómo alguien cruza las piernas, cómo lleva la mano a la barbilla al pensar o cómo escucha en silencio, para leer en esos gestos la huella de otras personas.

 

Esta perspectiva cuestiona la idea de la individualidad moderna. Si nuestro cuerpo está hecho de préstamos, entonces no somos entidades autónomas, sino la suma de influencias ajenas. No somos islas, sino que estamos conectados en redes invisibles de gestos y formas de estar en el mundo.

 

La pandemia lo dejó en evidencia. El distanciamiento social no solo separó a las personas, también interrumpió el flujo de esos préstamos corporales. Niños que crecieron en aislamiento desarrollaron gestualidades distintas, más limitadas, porque tuvieron menos cuerpos de los cuales aprender, y los adultos confirmamos cuánto dependemos del contacto físico y visual con otros para sostener nuestra manera de habitar el mundo.

 

Aceptar esta condición no nos debilita, más bien nos vincula. Cada gesto heredado es una muestra de que no existimos solos, sino en relación. Reconocerlo es una forma de responsabilidad porque lo que transmitimos también quedará en otros. Lo que llamamos “nuestro cuerpo” es, en realidad, el resultado de todos esos préstamos acumulados. Lo único propio es la manera en que los combinamos. Todo lo demás es herencia en movimiento.

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