Nuestro deseo se está muriendo
El deseo se está agotando, no hablo solo del deseo sexual, aunque este sea quizás el ejemplo más evidente. También hablo de esa capacidad de anhelar, de construir lentamente el apetito por algo, de saborear la espera antes del encuentro. El deseo era, alguna vez, el fuego que se encendía despacio, desde una mirada sostenida, una carta que tardaba días en llegar, un silencio que se llenaba de expectativa. Hoy, en cambio, todo debe ocurrir de inmediato, y en esa urgencia hemos agotado la paciencia de desear.
El neurocientífico Robert Sapolsky explica que nuestro cerebro funciona mejor en la anticipación que en la consumación, es decir que la dopamina alcanza su punto más alto no cuando obtenemos lo que queremos, sino justo antes, cuando sabemos que está por llegar, pero hemos diseñado un mundo que arruina ese mecanismo. Cada notificación, cada like, cada video que se reproduce en automático nos da pequeñas chispas de satisfacción inmediata que, contrariamente, dejan un vacío mayor. Hemos convertido nuestros bolsillos en casinos portátiles, o así lo llama Tristan Harris, ya que las aplicaciones funcionan con la misma lógica de una máquina tragamonedas, nos dan recompensas variables y luces y sonidos que nos enganchan sin pausa. Entonces, lo que antes nos emocionaba ahora apenas nos mueve; lo que antes bastaba para sonreír, hoy nos parece insuficiente.
Esta adicción a lo instantáneo también desgasta nuestra vida erótica, porque el deseo sexual, según Emily Nagoski, no se construye a golpe de estímulos rápidos, sino con tiempo, presencia, piel y lentitud. Sin embargo, en un cerebro acostumbrado a la gratificación inmediata, las caricias suaves, los silencios cómplices o las conversaciones largas nos parecen aburridas. No es que el placer haya desaparecido, es que lo hemos entrenado mal. Ahora revisamos perfiles, acumulamos matches, conversamos por mensajes, pero somos incapaces de mirar a los ojos sin distraernos con el celular. Helen Fisher dice que la abundancia de opciones en las apps de citas genera “sobrecarga cognitiva”, es decir, que ante tantos rostros posibles, perdemos la capacidad de enfocarnos en alguien y construir un vínculo profundo, aunque el problema va más allá de Tinder o Bumble, también hemos perdido incluso la costumbre de exponernos a la vulnerabilidad del rechazo cara a cara. Es más fácil deslizar que invitar a un café y en ese modo, también perdemos el misterio, la sorpresa, el riesgo que hacían del deseo algo tan humano.
Pasamos el día curando imágenes en redes, respondiendo mensajes, planeando el próximo posteo, y mientras tanto dejamos de habitar nuestro propio cuerpo y la sexualidad, que necesita anclarse en el cuerpo, se vuelve imposible en un mundo donde la cabeza no descansa. Recuperar el deseo, entonces, no se trata solo de apagar el teléfono por unas horas, significa volver a valorar la lentitud, el silencio, la incomodidad de lo no inmediato. Significa atrevernos a conocer a alguien sin googlearlo, a sostener una conversación incómoda, a disfrutar del aburrimiento. El deseo no es solo un reflejo biológico, sino también una forma de estar en el mundo, un puente hacia lo desconocido, una chispa de curiosidad que nos permite asombrarnos y sin esa gracia no solo perdemos el sexo, perdemos aún más: la pasión, la sorpresa, la capacidad de ver al otro como un misterio; perdemos, en definitiva, una parte de lo que nos hace humanos.