Una corona, dos reinas

Se Inyectan Asteroides” es una columna de Emmanuel Medina @emmanuelmedina

 

En la cuarta temporada de la brillante y sobrecogedora serie de Netflix, “The Crown”, la femineidad resalta como un atributo necesario, casi una fuerza natural, para ostentar el auténtico poder, en la Inglaterra de los años 80, que sólo parece recaer, de manera natural, en las esfinges de dos mujeres enfrentadas: la Reina Isabel II y su primera ministra, Margaret Tatcher, actuadas de manera soberbia y, quizás merecedoras el próximo año de todos los galardones, por Olivia Colman y Gillian Anderson, respectivamente.


Frente a frente, en una de las escenas iniciales donde se están conociendo en una sala vetusta del Palacio de Buckingham, la monarca le pregunta a su siniestra mano política que si no teme a los enemigos.

Hombres, se sobreentiende.

“Yo me siento cómoda rodeada de ellos”, responde la Tatcher, sentada en pose incomoda, para demostrar que, frente a Isabel, ella no se siente ni remotamente a salvo ni una pizca intimidada.

Y que tampoco la monarca debería sentirse sentada frente a una “inferior”.

Y luego suelta un diálogo, frío, preciso y que corta como hielo, a una pasmada reina que la escucha, con una mirada de pavor y asombro.

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Le advierte Margaret a Isabel que su vida está inspirada en las palabras del poeta escocés Charles MacKay: “¿No tienes enemigos, dices? Una pena, amigo mío: ese alarde es vano. Aquel que participa en la refriega del deber, que los valientes soportan, debería haber hecho enemigos. Si no los tienes, pequeño es entonces el trabajo que has hecho”.

 

Con voz casi gutural, como de una vieja serpiente, la Tatcher finaliza: “Si a ningún traidor has escarmentado, si ningún zafio patán te ha calumniado, si ningún entuerto has enderezado, entonces… has sido un cobarde redomado”. 

El silencio que sigue, en la pantalla, y quizás en muchos espectadores, se podía coronar como uno de los grandes momentos de la televisión, por streaming, en este infausto 2020.

Y es que “The Crown”, desde su estreno en 2016, es una lección poliédrica sobre el hombre, en este caso, una mujer, y su relación con la investidura que la vida le impone: el llevar en la cabeza el linaje de los reyes en un siglo, el 20, que ya no parece necesitarlos.

Supervivencia y poder, pues, van de la mano para ser alguien en la vida.

Capítulo a capítulo, las reflexiones sobre la vida de la realeza, frente a los pequeños atisbos de la vida común, nos hace pensar a quienes, maravillados, admiramos esta creación del guionista Peter Morgan y una producción de Stephen Daldry, que nadie parece tenerla fácil: con castillos o sin ellos, el derrumbe moral y el desamor propio parecen acechar a cada personaje real que habitan en este retrato, que se pretende, reflexivo, más que certero, de la familia Windsor, que siguen actualmente, la mayoría, vivitos y coleando.

Pero, amiga, amigo lector, debo advertirte que el título de esta columna es traicionero: no hay dos reinas que se disputen “La Corona”: Ese viejo y caro cacharro no parece pertenecerle ni a la propia Isabel, como se comprueba en los 40 capítulos hasta ahora emitidos.

Ella, como tantas mujeres que habitan el universo de la serie: su propia madre, la reina María; su trastornada hermana Margarita -impecable también Helena Bonham-Carter, su hija Ana, y hasta la aparición de su afamada nuera, Diana Spencer, junto con la nebulosa ministra Tatcher, nos gritan que el poder les cuesta el doble a todas ellas, encerradas en los hábitos y laberintos de un patriarcado frío y cruel a quien deben plantar cara.

En esta misma cuarta temporada, un hombre se le cuela a la recamara de la Reina solo para decirle que “debe escuchar a la gente común”: es un ciudadano trastornado y, en las primeras horas de la mañana, la despierta sólo para para advertirle que está rodeada de adulaciones y que la vida no es así

Golpe de realidad ante una metáfora del siglo 21: “nada de lo que te digan es verdad” parecen decir los creadores de “The Crown” a su audiencia, esperando que entren en el difícil trabajo de cuestionar lo que las pantallas le fabulan, para entender esta trastornada realidad. 

Nada es diferente en la totalidad del mundo y fuera de esta puesta dramática: cada mujer debe defender su corona, a gritos e insultos, porque cada día mueren diez en este país donde hasta un “adiós, reinita”, en una calle solitaria del Estado de México, Morelia o Mérida, esconde una probable amenaza de desaparecer. 

Las reinas deben defenderse solas.

 


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