Inteligencia emocional para la política: por Obama

Barack Obama ha interrumpido la vida pública internacional con la publicación de un libro dedicado al futuro y múltiples entrevistas donde ha vertido reflexiones acerca de la política, en lo personal, una idea que me ha shockeado es la que declaración que hizo a The Atlantic:

“Y luego llegas al Congreso (…) el G20, y en cada nivel tienes esta expectativa de que las cosas van a ser más refinadas, más sofisticadas, más reflexivas, rigurosas, desinteresadas, y resulta que todo sigue siendo como la secundaria. La dinámica humana es sorprendentemente constante.”

Y es que uno cuando se acerca a la política tiene la concepción sobre que en algunas posiciones, proyectos o cargos, la estatura de la envergadura es igual a la calidad de la política que ahí se ejerce: uno no puede imaginar que un senador hace los mismos berrinches que un regidor o que un secretario de gabinete federal tiene la misma ambición corta que un director municipal. Uno tiene la esperanza en el inconsciente de que la política tiene niveles de sofisticación. Obama nos dice todo lo contrario y pone un ejemplo global, el G20, donde están las y los 20 líderes de las potencias económicas en el mundo y sentencia: todo sigue siendo como la secundaria.


Ante esto tenemos dos caminos: o resignarnos a que la condición humana, el ego, la soberbia y el individualismo siempre se impondrá en la política y no nos permitirá trascender a una política más sofisticada aunque estemos hablando del G 20 o trabajamos nuestra inteligencia política emocional para entender, desde esta visión de Obama que no podemos pedirle a las y los actores políticos grados de sofisticación más allá de la condición humana que hace que todo el tiempo hagamos política de secundaria, o en México, política universitaria.

 

Seguramente a más de alguno nos ha pasado trabajar o construir acuerdos políticos con las y los actores políticos y sociales que consideramos con cierto nivel de sofisticación y nos sorprende las nimiedades por las cuales los proyectos se frustran o las rencillas políticas se construyen; yo me iría por la segunda opción, trabajemos nuestra inteligencia política emocional y toleremos la frustración, aceptemos también que no solo es un asunto del otro, sino que nuestra propia condición humana no nos permite construir una política sofisticada y sobre eso, hagamos camino lo más colectivo y cercano al bien común posible.

Obama evidencia una frustración de muchos: uno espera que siempre impere la razón, conquistar y convencer al otro por medio de la razón, los argumentos o incluso las ideas; eso parecería bastante obvio, pero también obviamos de nueva cuenta la condición humana, donde lo más poderoso no son las ideas ni la razón sino la emoción. Eso no nos hace ni actores políticos y públicos más grandes o más pequeños, nos hace, lo que somos, humanos haciendo política. Sino toleramos esa frustración cuando nos toca estar del lado de esa trinchera, quizá no podamos construir; si Obama no hubiera aceptado que al líder de un país no le gusta que le llamen por su segundo nombre quizá no hubiera construido un acuerdo bilateral, por burdo que suene el ejemplo, así es la condición humana. Y seguramente las anécdotas que se vienen a la cabeza son muchas: si tal política no hubiera aceptado la condición de que tal político hablara primero en el evento no hubiera construido un acuerdo trascendental o si tal funcionario no hubiera avisado todo lo que hace a tal político no hubiera logrado avances sustantivos en la agenda: la política es un mucho emocional y Obama lo expone entre frustración y madurez.

Aún, así, ante esa conclusión que pudiera parecer decepcionante en la política, Obama plantea un camino hacia el futuro, con esperanza: “Parte de lo que estás sintiendo aquí son momentos en los que tomo decisiones para ser amable, cuando asumo lo mejor de las personas, no porque sea ingenuo sino porque así es como elijo operar en el mundo, porque creo que el mundo sería mejor si más personas operaran de esa manera “.

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Dos lecciones, no sacralizar la política ni pensar que a más nivel hay niveles más altos de sofisticación, la condición humana es la misma en palacio municipal que en las Naciones Unidas y dos, seamos optimistas racionales, trabajemos nuestra inteligencia política emocional y construyamos sobre eso, sobre la frustración, sobre la altura de miras a media asta, sino construimos desde el optimismo, no construiremos nada.


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