¿Tienes ‘Tsundoku’?


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Se Inyectan Asteroides es una columna de Emmanuel Medina


La moda es preguntar síntomas a quien se deje.

Saber, con cierto miedo, si su temperatura corporal supera los 38 grados, si tiene terribles cefaleas, si su tos es seca o repleta de flemas, o el cuerpo lo siente hecho un trapo.


De la respuesta sólo queda huir, despavorido, del individuo o señorita cuestionada, o seguir platicando, a voces, porque el tapabocas borra la mitad de las frases.

Las enfermedades con nombres orientales son el ‘zeigeist’ de nuestra era: el “espíritu”, que llamaban los alemanes, al ánimo social que mueven los tiempos que se viven y, esta columna, hoy tocará un padecimiento silencioso, pernicioso y muy contagioso, entre aspirantes a hipsters leídos y sabelotodo; o intelectuales, con carteras masomenos voluminosas, para seguir comprando y comprando, algo más que cartones de cerveza o cafés de marca, deslactosados, para llevar.

Este “mal” es muy habitual en muchas casas de personas que se etiquetan como “rabiosos” lectores y, aunque existe la palabra castellana para describir el padecimiento, “bibliomanía”, el vocablo japonés suena más acorde con estos días de paranoia, encierro y sospechosismo médico.

“Tsundoku” es, llanamente, la pulsión de comprar / acumular más libros de los que se pueden leer.
Este término, acuñado en la tecnificada isla oriental, es más amplio que el utilizado en nuestra lengua porque mezcla dos sentimientos o acciones: “tsunde-oku”, que quiere decir ‘apilar cosas para luego y marcharse’, y “ okusho”, que significa ‘leer libros’.

Yo padezco este mal y no necesito traer un tapabocas para alertar a la gente que se aleje de mí: sólo basta que lleguen a mi casa para que, con mirada de extrañeza / miedo / incomprensión me suelten, con genuino interés, como si estuvieran a punto de llamar al hospital psiquiátrico “¿y a qué hora vas a leer tanto pinche libro?”, seguido de la demoledora frase: “uta, y ya con los años que tienes, no te va alcanzar la vida para leer tanta mamada”.

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Es evidente que la tropicalización al español del poético término bibliófilo japonés ya lleva implícita, también, los conceptos “gasto de tiempo” y “acto inesperado”, como es el adjetivo “mamada”, no usado aquí con deleite sexual, que me sueltan las visitantes en mi hogar.

Para los pacientes que cargamos con el “Ansia”, como yo la bautizo a veces, las ferias de libro es el equivalente a llevar a un borrachín, de los que consumen Bacardí del Oxxo, a visitar el caluroso Valle de Guadalupe, en Baja California, y traerlo, de tour, varias veces al día, viendo botellas y botellas de vinos y degustándolos.

“El paraíso”, pensará el adicto a la bebida de Baco, mientras le dure la vida y no caiga en un coma etílico.

Para quienes tenemos el famoso “tsundoku” tomar libros y pagarlos, sabiendo que en la casa te esperan, aún sin abrir, quizás decenas o cientos, depende de tu nivel de ahorrarte salidas con los cuates o no pagarte Netflix y ver todo, gratuitamente, por Series Gato, punto com; es un instante de cielo: el peso de las bolsas te llena el alma porque sabes que tienes “más libros a la mano”.

Al llegar a casa, el síntoma de la enfermedad te permite acomodarlos, mirarlos y dejarlos, en mi caso, sin abrir “para que no se maltraten” y admirar cómo se va acrecentando una biblioteca que no parece tener fin.

El confort solo dura breve tiempo: la siguiente semana o mes, irás a una librería y encontrarás una novedad literaria o “esa edición que llevaba meses buscando” y, entonces, el ciclo se repite: pagas, sales con tu carga, llegas a una cafetería, los sacas de la mochila, los ves y los guardas, para sacar el libro que llevas leyendo varias semanas.

Repito: en mi caso, no se abren y, de ser posible, si al café llega un conocido y dice: “ a ver, ¿qué compraste?”, evadir mostrar la adquisición, para evitar el manoseo y mejor enseñarle el libro que ya estás usando.

El libro “desvirgado”, usado ya para tu placer y, a la mitad, de su disfrute, ya no importa que otro lo toque y opine de él.

Los nuevos volúmenes irán a parar a tu harem de libros y nadie, nada, los puede tocar, sentir, aunque pase mucho tiempo, para que uno de ellos sea removido de su plástico y leído.

Solo yo.

Y quizás también le pase esto a las y los lectores que padecen este virus de libros, del que no hay conferencias vespertinas.

Quizás el doctor Hugo López-Gatell sabe que, los enfermos de libros, como yo, podremos salvar a la agonizante industria editorial, que en esta cuarentena, se la está acabando otro virus oriental.

Quizás tener “tsundoku” sea, al final, una bendición.

Porque eso sí: cura, no hay.


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