La obra ‘Curandero’, una limpia escénica liminal peruana contra el mal de amor

Por Alejandro Velázquez*

Lima, Perú. Después de una exitosa temporada en el teatro Agárrate Catalina durante el mes de octubre, las limpias de Curandero: Limpia escénica se dieron los días jueves 15 y viernes 16 de diciembre del año 2016, en la casa de los Yuyachkani. Esta pieza liminal del colectivo Angeldemonio se presentó en un recinto cultural que la crítica e investigadora Ileana Diéguez ha denominado como un centro de investigación de las tradiciones culturales latinoamericanas.

En dicho oasis cultural, Curandero esos dos días tuvo bastante gente, tanto de personas con reservaciones, como de aquellas esperando un lugar, mientras descansaban del caos citadino gracias a la milagrosa flora silvestre apoderada del jardín. En el número 363 de Jirón Tacna, los peruanos respiraban la limpia, después Angeldemonio aleteó y el Curandero levantó su vuelo a Brasil, Bogotá, Medellín, regresando a Lima y después a Madrid, dejando migas en críticas de varios medios impresos y digitales, cuyos elogios han visto esta obra como un performance.

La limpia escénica de Angeldemonio es una pieza liminal que expresa el padecimiento del mal de amor y la búsqueda por remediarlo en el personaje Calato (denominado así por el perro ancestral peruano sin pelaje, aparentemente pariente del xoloitzcuintle). Si bien el mercado la Parada, nacido en el año 1945, es un referente importante para contextualizar al personaje porque fue el lugar donde Angeldemonio  investigó la curandería urbana y los estibadores que tenían una vida doble de artistas en la Parada, la limpia escénica centra su atención en el conflicto emocional por el duelo y el trance del Calato durante su purgamiento.

Retomando, el término usado por Diéguez para hablar de obras que rompen fronteras, el atractivo temático liminoide de Curandero es recibida desde una amalgama de adaptaciones de rituales urbanos que giran en torno a una dramaturgia. Esta diversidad está unificada al concepto estético, a la temática y en la construcción del curandero provinciano que, siendo la víctima desconsolada del fallecimiento de su amada, expresa su desconsuelo por medio de la curandería urbana y su trabajo de estibador.

El curandero es la expresión del folclor peruano, el sabio del pueblo que baña de florecimiento, que hace la pasada de huevo a los espectadores, la limpia con acero con cuchillos, la lectura de cartas que desde lo alto llegan a las butacas, el olor de la sábila en lo alto balanceándose como un péndulo, la cama de las bolitas de cereal con sabores artificiales a frutas que crujen en el Zapateo de Vilcanchos. El aullido en duelo del Calato es reflejo de los peruanos, quienes identifican directamente con sus males de amores y sus ritos cotidianos.

En el espacio escénico los remedios tradicionales coinciden en un gen popularmente reconocido por los latinoamericanos, como la limpia del huevo, por ejemplo, que se sigue usando en casas limeñas para sanar la mente después de un gran susto, según la explicación de una joven actriz limeña que recordó a su madre empleando este remedio cuando era niña o el mismo director de la compañía, quien lo ha expresado recordando la misma costumbre durante su infancia, en entrevista por Proyectocanallas.

Y debajo de la máscara del calato, el estibador de tradiciones ancestrales curativas, la obra presenta principalmente a un ser humano como cualquier en la desesperación de hallar un escape a su mal de amor. La propia estimulación que hace durante la danza y los rituales urbanos adaptados a la performance son impulsores para que el Calato presente una emoción natural, no una actoral falsa. En la reapropiación e integración de las ritualidades urbanas y el folclor provinciano de la danza de las tijeras y el zapateado Vilcanchos se teje la liminalidad del Curandero durante su aullido curativo.[1]

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Al igual que la dramaturgia de objetos, la sonoridad alimenta los sentidos del espectador y el tejido del personaje convergen en la soledad y la pérdida de la mujer, expresadas en la cumbia Noche de Vico y su grupo Karicia, que se va distorsionando por el grandioso trabajo técnico de Abel Castro. Ricardo Delgado ha guiado los recursos del folclor del Curandero y la reapropiación de la ritualidad para que el espectador se desenvuelva como un agente interactivo con la estética de las ritualidades urbanas y se hunda en el olor del baño del florecimiento y la sábila colgante. En un conflicto típico y en un personaje fácilmente entrañable, Curandero es para todo público aun cuando haya personas desacostumbradas al teatro arriesgado y con propuestas experimentales o liminoides.

[1] El salario de un estibador peruano según me explicó el director de la obra es menor a quince soles por jornada (en pesos mexicanos, menos del salario mínimo).

 

Producción

El Calato (Augusto Montero)

Acción sonora, Abel Castro.

Iluminador, Igor Moreno.

Diseño de mascara y esculturas, de Pol Colino.

La dirección y dramaturgia de Ricardo Delgado.

 

Contacto con Angeldemonio

Más sobre Angeldemonio aquí.



*Alejandro Velázquez es, antes que nada, espontáneo, criticón y malo para escoger su calzado. Luego, escribe crítica teatral en un proyecto llamado Licras desde que se tituló de la Maestría en Artes Escénicas de la Universidad Veracruzana, donde investigó la variante escénica llamada la impro en la Ciudad de México; antes colaboró para medios digitales como Entretenia, Teatro Mexicano y Ciudad de Frente, mientras trabajaba como profesor de teatro a nivel secundaria; antes estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, donde decidió dedicarse al teatro.

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