Javier Valdez Cárdenas, por Carlos Sánchez

Está cabrón escribir sobre un compa muerto. Recordar las palabras que un día me dijiste.

Sentir la culpa de no haberte abrazado una vez más, pensar la pregunta aquella que  te hice y reprocharme el haberla hecho. Puta madre, Javier.

Si hubiera sabido cuan vulnerables estamos, créeme que mejor me lo callo. Pero no, así nos mostraste tú el camino, con la libertad del pensamiento, de poner sobre la mesa la transparencia, soltar las amarras porque en este tiempo de violencia no hay más alternativa que agarrarse de los huevos.

Todavía Javier, recuerdo tu cara de niño sorprendido. Tu respuesta certera: “No sé por qué no me han matado, creo que habría que preguntárselo a ellos”.

Tu mirada construía el testimonio de nobleza y destreza.

Me sorprendía tu constancia. Y ante la ola de crímenes contra los profesionales de la pluma, no hacía más que cuestionarme cómo es que con tanta investigación, tanto decir la realidad, continuaras gastándote las suelas de los zapatos en la talacha diaria.

Te sabía inmortal, intocable, con esa habilidad de perro sabueso que te caracterizaba. Tu mirada construía el testimonio de nobleza y destreza. El olfato afilado, la intuición a flor de piel.

Por eso, Javier, le ganaste las batallas, muchas veces, y documentaste lo que nadie, lo que a todos se nos antojaba impronunciable. Ahí ibas, con esa granada en la boca, desafiando la rabia que habita el intestino del narco, del gobierno.

Ahí fuiste siempre, a ponerte en los zapatos del otro, a sufrir la desolación de tantos desaparecidos, retratando la crueldad que encierra esa frase que una vez me subrayaste desde tu voz: “Es difícil contar una historia de muerte sin cadáver”.

Javier, cuánta oscuridad nos anda cegando a todos los que somos tus compas, al gremio en general. Qué vacío está esto de andar la pluma al enterarnos de las balas que te perforaron. ¿Cómo entender esto que pasa, cómo asimilar que ya tu sombrero nos estará más para abrazarnos de tu existencia?

Está muy gacho, bato. Con toda la enseñanza que podamos tener a partir del profesionalismo de tu nombre, con todas las veces que nos abrazaste de ternura, está cabrón, bato, despertar y no tener allí frente a nuestros ojos el recado siempre puntual para advertirnos en sinopsis el contenido de tu recién desempacada bomba que intitulabas Malayerba.

¿Con qué le vamos a salir a nuestros hijos cada vez que nos pregunten sobre el por qué matan a los periodistas? Cada vez que nos ven con el rostro hinchado de tanto pensarte y saber que no andarás más la vida con tu libreta en la mano.

¿Qué les vamos a decir a nuestras madres quienes saben que tú anduviste recolectando voces de las madres de las víctimas y en solidaridad buscando a sus hijos? ¿Con qué cuento las vamos a consolar? ¿Cómo nosotros mismos encontraremos consuelo?

Vale verga, Javier, me niego a aceptar este capítulo de la vida. Que no me vengan a decir que así son las cosas, que no me quieran dorar la píldora con que este es un país de mierda y esto pasa.

Vamos implorando al cielo, rogándole a Dios, que tu nombre jamás se nos caiga de la boca y que todos los días sea un estruendo para las conciencias (si es que la tienen) de los edificadores de tanta crueldad.

Javier, te espero a la vuelta de la vida, para volver a abrazar tu mirada de niño taciturno, para escucharte de nuevo y leer todas las letras que te llevaste ese lunes infausto en que el cielo culichi se despedazó.

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