La verdad de las memorias faldas

Cuando era niño, ocasionalmente mi madre me preguntaba: ¿qué puede más, los pantalones o las enaguas? Yo no sabía qué eran las enaguas ni cuál era la intención de la pregunta, pero recuerdo que respondí: las enaguas. Ella y mis tías rieron, y yo seguí jugando.

La imagen es clara en mí: yo, mis primos, el patio con su lavadero, mi madre y mis tías en la puerta de la casa, sentadas, fumando y riendo.

Esa memoria me resulta muy vívida. Me conmueve; sin embargo, sé que no pasó así. Lo sé porque no es posible que yo aparezca en la foto si yo la tomé.

Así nos vienen obras de lo que nunca pasó: nidos inexistentes de emociones que aletean y llenan el firmamento. La memoria está hecha de puntos ciegos: un hueco o un nuevo elemento modifican todo el retablo.

Tal vez los mitos son eso. No importa demasiado si Odiseo existió, si Tláloc responde a la danza de la lluvia o si La Llorona anda por las calles. Lo importante es que esas historias organizan algo de nuestra experiencia en el mundo. Nos permiten nombrar fuerzas que, de otro modo, serían mudas e invisibles.

Aparecen ficciones necesarias en todos los campos: animales parlantes, hipótesis, éticas, escuelas de pensamiento. Emociones breves que resignifican décadas. Un detalle venido de una boca ajena —en eso te pareces a tu mamá— cae como una piedrecilla en la inmensa máquina de pensar. Con algo de suerte, rueda entre los engranes hasta ocupar el espacio entre dos pequeñísimos dientes y pone en entredicho todo el mecanismo.

Se nos ofrece la posibilidad de triturar esas palabras y continuar, o de respetarlas y abrir nuevas formas de operar. Ahí podemos ser otros. Relacionarnos más ligeramente, sin que el compromiso con lo que creemos ser se vuelva un muro.

Quizá una vida también esté hecha de esas fotografías imposibles: historias cuya verdad no se sujeta del todo a los hechos. Historias evanescentes, como las risas y el humo.

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