La ira femenina: de insulto a herramienta política
Cuando Donald Trump llamó a Greta Thunberg como loca, alborotada y enojada tras ser detenida y deportada por soldados israelíes durante la iniciativa Global Sumud Flotilla, retrocedimos como 100 años atrás. No es la primera vez que un hombre califica de maniática a una mujer que expresa una emoción más que pasiva, servicial y alegre, pero tampoco es la primera vez que una mujer utiliza la ira como una herramienta poderosa para protestar y hacer visible su lucha.
La primera vez que una mujer expresó su ira, al menos de la que tenemos un registro, fue Jane Anger (hasta parece broma que se apellide anger: ira en inglés). Lo hizo en Protection for Women (Protección para las mujeres) para defender sus propios derechos como mujer y criticar la arrogante idea que los hombres tenían respecto a las mujeres. Y como si hubiera sido publicado el día de hoy, a la gente no le pareció nada su discurso.
Desde momentos históricos, las mujeres con ira eran medicadas con ansiolíticos como un mecanismo para controlarlas y para ser “funcionales”. Hoy no nos mandan al hospital por mostrar un rastro de ira, pero sí nos ridiculizan, nos cuestionan y se nos estigmatiza. Y mientras lo hacen, a los hombres se les atribuye este tipo de emociones como una manera de recuperar el control.
A pesar de esto, los momentos de ira han dado pie a nuevas formas de habitarnos y hacernos presente. Tantas veces se nos enseñó a reprimir esta emoción, sin saber que a través de esta expresión muchas mujeres pudieron nombrar problemáticas que nos atraviesan y esta ira se convirtió en una herramienta política traducida en huelgas, paros, marchas y muchas más movilizaciones. La ira se volvió colectiva.
Como menciona Agnès Varda: “Intenté ser una feminista alegre, pero estaba muy enojada.” Cuando la ira se comparte, pasa de ser un motivo de burla o amenaza a convertirse en una herramienta, un motor y un poderoso vehículo para el cambio personal y político.
Como Greta Thunberg, la historia está llena de mujeres que se han apropiado de la ira, llevándola al espacio público, transformado la forma en la que somos percibidas. Porque la ira femenina nos mueve, nos moviliza y muchas veces nos salva. Hay algo poético en mostrarse auténticamente enojada, y parece que la historia de la ira femenina todavía nos puede llevar más lejos.