La Polarización del Cuidado Masculino
Hay algo que me parece desconcertante en la forma en que muchos hombres se relacionan con el cuidado. No es solo que a menudo no sepan hacerlo, aunque eso también es cierto, sino que cuando lo intentan, parecen incapaces de encontrar un punto medio entre la negligencia total y una sobreprotección que termina siendo más agotadora que la propia enfermedad. Esta polarización no es casual, sino que es el resultado de siglos de socialización que ha convertido el cuidado en un territorio casi exclusivamente femenino, dejando a los hombres como extranjeros en su propio hogar emocional.
La última vez que me enfermé y mi hermano tuvo que cuidarme, me tocó vivirlo. Lo que debería haber sido una recuperación tranquila se convirtió en una vigilancia constante que me tenía más tensa que mi propia migraña. Cada hora preguntaba cómo me sentía, si necesitaba algo, si debía llamar al doctor. Su ansiedad era palpable, como si mi enfermedad fuera una emergencia nacional. Al final, él terminó más agotado que yo, y yo más estresada por su preocupación que por mi malestar. Parecía que no podía dosificar el cuidado, como si hubiera aprendido a cuidar viendo una serie de médicos donde todo es dramático y urgente.
bell hooks, en su análisis sobre la masculinidad, señala que los hombres han sido sistemáticamente alejados del mundo del cuidado emocional, privándolos de las herramientas básicas para sostener y ser sostenidos. Esta privación es estructural. Cuando el cuidado se feminiza, se convierte en algo que los hombres no solo no practican, sino que activamente evitan para mantener su identidad masculina intacta, y el resultado es una generación de hombres que van entre la incompetencia total y la sobrecompensación desesperada.
En mi vida cotidiana, he visto cómo esta polarización también se encuentra fuera del hogar. Recuerdo mucho una vez, cuando mi papá aún trabajaba en una oficina de construcción, una compañera de todo el equipo administrativo había perdido a un familiar, y el jefe de mi papá le organizó un desayuno para “animarla” y le pidió que hablara del duelo en medio del desayuno-junta frente a todo el resto del personal administrativo. Quizá lo hizo con buena intención, sí, pero sin sensibilidad. La expuso sin considerar si quería hablar. En otro extremo, están quienes evitan por completo a una persona que atraviesa una crisis emocional, como si no supieran cómo estar ahí sin hacer algo concreto. Parece que el cuidado, cuando no puede performarse en gestos evidentes, simplemente desaparece.
Pienso en las mujeres que conozco y la naturalidad con la que navegan la enfermedad. Cuando mis tías, amigas, hermana, mamá, y más, se enfermaron de COVID, siguieron trabajando desde casa, preparando comidas ligeras, organizando sus medicamentos, manteniendo contacto con su familia para tranquilizarlos. Cuando sus parejas o hijos se enfermaban a las dos semanas siguientes, ellas tenían que hacer todo eso y además cuidarlos a ellos. No es que las mujeres seamos naturalmente mejores cuidadoras, quizás es que desde niñas se nos enseña que el bienestar de otros es nuestra responsabilidad, mientras que a los hombres se les enseña que ser cuidados es su derecho.
La filósofa Nel Noddings, en su ética del cuidado, argumenta que el cuidado no es instintivo, sino aprendido, y que la sociedad ha construido un sistema donde las mujeres desarrollan estas habilidades como una forma de supervivencia social, pero hay algo más grave en esta ecuación, ya que no solo se espera que las mujeres cuiden, sino que lo hagan de manera invisible, sin reconocimiento, como si fuera tan natural como respirar.
Simone de Beauvoir observó que las mujeres se convierten en “el segundo sexo” precisamente porque se las define en relación con el cuidado de otros, nunca como seres autónomos con derecho a ser cuidadas. Esta dinámica se reproduce generación tras generación, creando un ciclo donde las mujeres internalizan que su valor está en su capacidad de sostener a otros, mientras que los hombres internalizan que ser sostenidos es su derecho natural.
El problema no es solo que muchos hombres no sepan cuidar, sino que cuando lo intentan, no han desarrollado la inteligencia emocional necesaria para hacerlo de manera efectiva. Como no han sido socializados para leer las necesidades sutiles de otros, tienden a sobrecompensar con gestos exagerados o vigilancia excesiva.
Carol Gilligan, en su trabajo sobre el desarrollo moral, sugiere que las mujeres desarrollan una ética basada en la responsabilidad y las relaciones, mientras que los hombres desarrollan una ética basada en derechos y reglas. Esta diferencia se manifiesta brutalmente en las dinámicas de cuidado. Cuando un hombre intenta cuidar, a menudo lo hace siguiendo protocolos rígidos como llamar al doctor cada hora, comprar todas las medicinas del mundo, convertir un resfriado en una emergencia médica, porque no ha aprendido a leer las necesidades emocionales sutiles que requiere el cuidado genuino.
La antropóloga Helen Fisher habla de cómo la división sexual del trabajo ha creado cerebros especializados, pero lo que no menciona es el costo emocional de esta especialización. Las mujeres no solo hemos desarrollado habilidades de cuidado, también hemos desarrollado una hipersensibilidad hacia las necesidades de otros que a menudo viene a expensas de nuestra propia autocompasión. Cuando mi mamá se enferma, su primer instinto no es descansar, sino asegurarse de que nadie más se vea afectado por su enfermedad. Es una forma de cuidado que se devora a sí misma.
La economista Marilyn Waring demostró cómo el trabajo de cuidado no remunerado, realizado mayoritariamente por mujeres, es invisible para los sistemas económicos tradicionales, pero hay otro tipo de invisibilidad más grave: la invisibilidad de nuestro propio derecho a ser cuidadas. Cuando las mujeres nos enfermamos, seguimos funcionando porque hemos aprendido que nuestra fragilidad es un inconveniente para otros. Muchos hombres, en cambio, han aprendido que su fragilidad es una tragedia que requiere movilización general.
Esta asimetría no es solo injusta, también es insostenible. Vivimos en una sociedad donde una parte de la población ha externalizado completamente su vulnerabilidad hacia otra parte, que ha internalizado que su propia vulnerabilidad es secundaria y el resultado es un sistema de cuidado completamente desequilibrado donde las mujeres se cuidan a sí mismas y a otros, mientras que los hombres esperan ser cuidados.
Audre Lorde escribió sobre la importancia del autocuidado como acto político, especialmente para las mujeres marginalizadas, pero hay algo que va más allá, y es que necesitamos redefinir el cuidado como una responsabilidad humana compartida, no como una cualidad femenina innata.
La polarización del cuidado masculino, ese espectro entre la ausencia total y la sobreprotección ansiosa, es la consecuencia de un sistema que ha fracasado en enseñar a la mitad de la humanidad a habitar su propia vulnerabilidad. Mientras sigamos perpetuando la idea de que el cuidado es femenino, seguiremos teniendo hombres que no saben cómo sostener ni ser sostenidos, y mujeres que se agotan sosteniendo a quienes nunca aprendieron a sostenerse a sí mismos.
El cuidado no debería ser un territorio de género, pero para llegar ahí, necesitamos que los hombres hagan el trabajo incómodo de aprender a cuidar sin convertirlo en un performance, y que las mujeres hagamos el trabajo incómodo de permitir que nos cuiden sin sentirnos culpables por ello.