Estar enfermos es también aprender a estar vivos
En este sistema no tenemos derecho a estar enfermos. Ni tenemos derecho a detenernos. Tampoco tenemos derecho a ser vulnerables. El cuerpo, convertido en una máquina productiva, debe funcionar sin pausa, sin descanso y sin la más mínima falla que pueda interrumpir el flujo constante de capital que atraviesa nuestras vidas.
Cuando el resfriado llegó y la migraña se instaló, cuando el cuerpo me gritó que necesitaba parar, mi primera reacción no fue cuidarme, sino calcular. Calculé cuánto dinero perdería, cuánto trabajo se acumularía en mi mesa de trabajo, cuánto me iba a costar esa “debilidad” en términos de productividad, de imagen profesional y de supervivencia económica, porque en este sistema, parece ser que ser humano es un lujo que no podemos permitirnos.
La filósofa Silvia Federici ha documentado cómo el capitalismo patriarcal convierte nuestros cuerpos en territorios de explotación, pero la enfermedad representa algo más detestable, es esta culpa de no ser máquinas perfectas. Como mujer, especialmente, cargo con el peso de la invencibilidad impuesta. Las mujeres debemos de ser madres perfectas, trabajadoras incansables, cuidadoras eternas, amantes disponibles, hijas responsables, amigas presentes y todo esto, sin jamás fallar, sin jamás derrumbarnos, sin jamás admitir que somos mortales.
En la universidad, tengo una maestra que odia enfermarse porque el trabajo se acumula en su escritorio. Ella es el retrato de millones de mujeres que prefieren drogarse con analgésicos, antigripales y cafeína antes que reconocer que necesitan descansar. Es el testimonio de un sistema que nos ha enseñado que nuestro valor como seres humanos está directamente relacionado con nuestra capacidad de producir, de rendir, de estar siempre disponibles para el mercado laboral.
Byung-Chul Han, en su análisis de la sociedad del cansancio, describe cómo hemos pasado de ser sujetos de obediencia a sujetos de rendimiento. Ya no necesitamos un capataz que nos obligue a trabajar, puesto que nosotros mismos somos nuestros propios verdugos. Nos autoexplotamos con una eficiencia que cualquier jefe del siglo XIX envidiaría y cuando enfermamos, no vemos la falla del sistema, sino nuestra propia falla como individuos incapaces de mantener el ritmo.
El acceso a la salud se ha convertido en un laberinto burocrático diseñado para agotarnos antes de que lleguemos a la atención médica. Citas que se programan semanas después, cuando ya no las necesitamos, formularios que hay que llenar en duplicado, triplicado, con sellos y firmas que parecen rituales de alguna religión perversa y sistemas de salud que funcionan como empresas, donde el paciente es un cliente y la curación es un producto que se vende al mejor postor.
La socióloga Eva Illouz ha estudiado cómo el capitalismo emocional coloniza nuestros afectos más íntimos. Incluso nuestras enfermedades se vuelven performances de productividad. Trabajamos desde casa con fiebre, contestamos emails desde la cama del hospital, llevamos la laptop al médico para no perder el día. Hemos interiorizado tan profundamente la lógica del rendimiento que ya no sabemos distinguir entre estar enfermos y estar improductivos.
Las mujeres también nos hemos tragado el mito de la supermujer, esa fantasía neoliberal que nos vende la idea de que podemos tenerlo todo, serlo todo, hacerlo todo, pero cuando el cuerpo se rebela, cuando la mente se agota, cuando las hormonas se desequilibran, no encontramos compasión, sino culpa. Culpa por no ser lo suficientemente fuertes, lo suficientemente organizadas, lo suficientemente resilientes.
Franco Berardi, teórico de la biopolítica, argumenta que el capitalismo actual explota directamente nuestro sistema nervioso. No solo extrae valor de nuestros músculos, sino de nuestras emociones, nuestros afectos, nuestras conexiones neuronales. Enfermarse, entonces, se convierte en una forma de resistencia inconsciente, una manera en que el cuerpo se niega a seguir siendo funcional para un sistema que lo está matando.
Hemos perdido la capacidad de interpretar las señales de nuestro cuerpo. Hemos desaprendido el arte de estar enfermos. Confundimos los síntomas con inconvenientes, el dolor con improductividad y el descanso con pereza. Nos hemos convertido en extraños de nosotros mismos, incapaces de reconocer que la enfermedad es parte de la condición humana, no una falla personal.
El sistema nos ha enseñado que el tiempo es dinero, pero se ha cuidado mucho de no decirnos que el tiempo también es vida. Que los días perdidos cuidando nuestro cuerpo no son días perdidos, sino días invertidos en nuestra humanidad. Que la enfermedad no es una interrupción de la vida, sino parte de ella.
Cuando nos enfermamos, no solo perdemos días de trabajo, salario u oportunidades, sin embargo, ya hemos perdido algo más profundo: la conexión con nuestro cuerpo y el derecho a ser vulnerables. Nos han convencido de que la vulnerabilidad es debilidad, cuando en realidad es lo más humano que tenemos.
La escritora Audre Lorde, que luchó contra el cáncer mientras mantenía una carrera literaria y activista, escribió que “cuidar de mí misma no es autoindulgencia, es autopreservación”. Pero vivimos en un mundo que ha convertido la autopreservación en un acto radical, casi subversivo.
Necesitamos recuperar el derecho a estar enfermos, el derecho a parar y a no rendir cuentas cuando el cuerpo nos detiene. También a sentir sin culpa y a escuchar lo que duele y tratarlo con dignidad. Al final, enfermarse no es una falla personal, sino una rebelión biológica contra un sistema que nos está matando lentamente y quizás, solo quizás, aprender a estar enfermos es también aprender a estar vivos.