Consumimos demasiado contenido para evitar pensar

Las personas ya no pueden estar solas con sus pensamientos. Caminamos por la calle con audífonos puestos, escuchando el pódcast del día mientras nuestros pies encuentran automáticamente el ritmo de la banqueta. Nos sentamos en el baño y, sin pensarlo, desbloqueamos el teléfono para scrollear infinitamente por Instagram o TikTok. Cocinamos mientras suena otro episodio de otro pódcast de fondo y luego comemos mientras Netflix reproduce el siguiente episodio de una serie. En muchas zonas urbanas, se ha construido una sociedad donde el silencio se ha vuelto incómodo y donde los espacios vacíos se perciben como tiempo perdido.

Esta necesidad extrema por llenar cada momento con algún tipo de estímulo no es una cosa casual que haya sucedido de la nada. Es el resultado de décadas de condicionamiento en una cultura que ha transformado el aburrimiento en el enemigo público número uno. Blaise Pascal, en sus Pensamientos, decía que en el siglo XVII toda la desgracia de los hombres provenía de una sola cosa, la cual era no saber permanecer en ocio en una habitación. Cuatro siglos después, su observación nos llega con una precisión escalofriante.

El neurocientífico Daniel Levitin ha documentado cómo nuestro cerebro, sometido a esta constante estimulación, entra en un estado de fatiga crónica. En su libro El Cerebro Organizado, explica que el cambio constante de una tarea a otra, o lo que llamamos multitarea, no solo reduce nuestra productividad, sino que agota literalmente nuestras reservas neurológicas. Cada vez que pasamos de escuchar un pódcast, a revisar WhatsApp y después a abrir Instagram y ver tres historias, nuestro cerebro debe recalibrarse, consumiendo glucosa y dejándonos mentalmente exhaustos.

El problema va más allá de la fatiga. Estamos perdiendo la capacidad de procesar nuestras experiencias. Manoush Zomorodi, en su investigación sobre el aburrimiento y la creatividad, demostró que es precisamente en esos momentos de aparente inactividad cuando nuestro cerebro forma conexiones, elabora ideas y procesa la vida. Su proyecto Aburrirse y Ser Brillante reveló que las personas que se permitían momentos deliberados de aburrimiento mostraban aumentos significativos en creatividad y bienestar emocional.

La paradoja es cruel, mientras más contenido consumimos, menos contentos estamos. El psicólogo Tim Kasser ha investigado cómo el consumo excesivo, incluido el de entretenimiento,  está directamente relacionado con niveles más altos de ansiedad y depresión. Sus estudios revelan que quienes dedican más tiempo al consumo de medios reportan menor satisfacción con la vida y relaciones interpersonales más deficientes.

La industria del entretenimiento ha perfeccionado las técnicas para mantener nuestra atención cautiva. Los algoritmos de recomendación, los videos de reproducción automática y las notificaciones constantes, todo está diseñado para evitar que nos desconectemos. Tristan Harris, cofundador del Centro de Tecnología Humana, ha documentado cómo estas empresas emplean las mismas estrategias que los casinos para generar adicción. No es coincidencia que el término “economía de la atención” se haya vuelto tan relevante, pues nuestra capacidad de concentración se ha convertido en el recurso más valioso y disputado del siglo XXI.

El costo de esta saturación constante se manifiesta en síntomas que muchas personas han normalizado sin cuestionarlos, como la dificultad para concentrarse, la sensación de estar siempre en el aire y la incapacidad para disfrutar momentos de tranquilidad sin sentir la necesidad de llenarlos con estímulos. 

En este contexto, vale la pena preguntarse cómo otras culturas han dado valor al vacío y al silencio. En Japón, por ejemplo, existe el concepto de “ma”, que alude al espacio entre las cosas, al vacío que da sentido a lo que lo rodea. Sin ese espacio, no hay música, no hay arte, no hay comprensión. Algunas comunidades indígenas, como los rarámuri o los quechuas, valoran el tiempo del “estar”, no como una pausa improductiva, sino como un estado necesario de conexión con la tierra, con los otros y con uno mismo. En esos mundos, el silencio no es carencia, es más bien una forma de sabiduría.

En contraste, en las sociedades hiperconectadas, el ruido digital se ha vuelto una barrera para el pensamiento autónomo. Como lo ha dicho Byung-Chul Han, la saturación informativa puede convertirse en una estrategia de dominación blanda, pues si todo nos distrae, nada nos conmueve realmente. El silencio, entonces, no solo es un espacio personal, sino también un terreno político. Detenerse, aburrirse, desconectarse, sobre todo en un mundo que lo exige todo y todo el tiempo, puede ser un acto radical.

La pregunta no es si podemos permitirnos desconectarnos, sino si podemos permitirnos no hacerlo.

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