Taxi Driver: ¿Por qué todos los hombres somos Travis Bickle?

“Por la noche salen todos los animales. Prostitutas, pordioseros, sodomitas, travestidos, maricones, drogadictos, toxicómanos, todo es asqueroso y venal (sic). Algún día una lluvia de verdad se llevará toda esta basura de las calles”…

¿Quién es Travis? El marine, el taxista, el enamorado, el niño necesitado de afecto, el hombre trastornado que ni siquiera distingue la diferencia entre el arte cinematográfico y la pornografía. Travis no escucha música, no lee, no puede dormir y mira televisión, peor aún, mira telenovelas, pero sobre todo pasa las horas pensando en su miseria, hablando desde esa voz interna que asalta la pantalla siempre para revelar una mente desquiciada por la milicia y agazapada por una soledad eterna.

El genio de Scorsese, se puede reconocer por muchas rutas, una de ellas es hacer un contraste entre Taxi Driver y Toro Salvaje, dos direcciones al mejor Robert De Niro que sin embargo operan de forma opuesta. Si en Taxi Driver el recurso es hilar la historia desde los pensamientos ocultos de un taxista neoyorkino, en Toro Salvaje todos los pensamientos de Jake La Motta se pueden adivinar sin una sola palabra.

Crédito de la Ilustración: O’tan Huerta

Por eso es una obra maestra de la edición y la mejor película sobre boxeo de la historia; tres planos, cambios de toma, un closeup, el movimiento de unas caderas, una sonrisa en complicidad y de nuevo los ojos furiosos pero casi inexpresivos de DeNiro y ya sabemos a la perfección sus emociones y sus intenciones. La cámara, las imágenes puras nos dirigen todo el tiempo a la mente del protagonista.

En Taxi Driver pasa lo contrario, todo el tiempo somos los pasajeros de la unidad 42 con placas 175911. Somos espectadores que están situados todo el tiempo fuera de Travis, acompañándolo en el asiento trasero como una especie de amigo imaginario que tampoco le muestra ningún tipo de afecto.

Pero al final Tanto Travis como La Motta, son el retrato perfecto del hombre roto, del niño abandonado y lanzado a un mundo violento que lo transforma en lo más grotesco. Quizá lo más terrible de ambas historias, por ser lo más común fuera de la pantalla, es que en esas bestias la sociedad reconoce a los héroes. Uno en el cuadrilátero, ganando fama y dinero por su talento de reventar el rostro de los otros, de convertirlos en una masa irreconocible para el goce de una manada de ricachones que apuestan por el toro más salvaje, y el otro, un asesino vuelto un justiciero, el mejor retrato del antihéroe; ese que apenas una toma antes estuvo a punto de ser un magnicida.

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Eso es lo más hermoso del Cine, del buen Cine, que al mismo tiempo que te da un final, te plantea una o más posibilidades. Podemos pensar que si el servicio secreto no hubiera identificado a Travis entre la multitud, el destino del candidato presidencial Palantine se habría escuchado así…

Por esa ruta paralela que está latente a lo largo de todo el guión, Taxi Driver plantea esta disyuntiva… O somos Travis o somos el hombre blanco que viste traje de color caqui y vive de hacer propaganda para Palantine; el aspirante a presidente. Es decir el aspirante que se vende a un público, de la misma forma en la que se vende “una cajetilla de cigarros”, solo para mantener el desorden que hace posible la existencia de una Ciudad como Nueva York o como la Ciudad de México, que para el caso son lo mismo.

“Por el día salen todos los animales. Presidentes, diputados, senadores, policías, militares, empresarios, publicistas, lectores de noticias en televisión, todo es asqueroso y vanal. Algún día una lluvia de verdad se llevará toda esa basura de nuestras pantallas.”

Quizá por lo común, todos los hombres seamos un poco ambos monstruos, el obrero que ha incorporado toda la cultura racista, sexista y clasista, y que sueña por las noches con llevar a la rubia a un cine porno y un poco como la mascota del poder, que viste trajes medianamente costosos y se siente orgulloso porque trabaja inventando frases para capturar el voto de los primeros.

El cine tiene ese efecto, el de poner distancia, de acercarnos de otra forma a una realidad que nos rodea y que se hace pesada. Todos los hombres somos Travis, pero hay que despojar a Taxi Driver de todos sus matices para notarlo, porque la realidad nos golpea como una historia de Scorsese pero sin la música de Bernard o de los Rollins Stones.

Las niñas explotadas y violentadas, en Nueva York o en la Ciudad de México, no son Jodie Foster. Los policías que permiten y en muchos casos facilitan la trata y las violaciones, que sostienen y protegen a los padrotes y pederastas, están ahí a plena luz del día, comiendo tacos de guisado junto a uno en algún puesto de la calle.

Después de su fallido atentado, a Travis le queda una posibilidad de hacer justicia, no una grande que mueva los cimientos de todo un país, sino una pequeña pero que puede transformar la vida de una niña. Al final, como decía Bukowski, solo se puede salvar una persona a la vez y ese es un subtexto de esta historia.

No es de extrañar que el rol de las mujeres sea tan secundario e inferior en una película de Scorsese. Quien piense lo contrario, quien crea que Betsy es una buena representación de la mujer, debería alejarse de las máquinas de afeitar, los antiácidos y sobre todo jamás tomar un trabajo nocturno cuando padezca insomnio.

Pasa con casi todo el cine clásico, de hecho pasa con casi todo el cine, pero con Martin no se sabe si es una forma de denuncia o se regodea en ello. Betsy es solo un detonante para que los hombres a su alrededor se vuelvan imbéciles, en eso Scorsese tiene razón sin importar si es una denuncia o le divierte. Pero es solo eso, un pretexto, Betsy tiene el mejor tema musical de todo el film pero solo unas cuantas líneas. Igual son suficientes para divertirse y humillar con una caja de cerillos al tetazo de corbata y melena rizada, que soporta la candidatura de Palantine, y en su lógico rechazo a Travis después de la cita en el cine porno, terminar de trastornarlo hasta el punto del criminal.


Hasta aquí todo es claro, es apenas una mirada a lo que sucede en la historia. Pero a pesar de que Travis nos habla detalladamente sobre su lectura de la ciudad, de la soledad, e incluso del amor, decide ocultar los porqués de sus más importantes decisiones. Ese quizá es el espacio más interesante para la interpretación en el guión de Schrader. El escritor nos cuenta sin tapujos «Cuando la escribí, estaba enamorado de las armas. Tenía impulsos suicidas, bebía demasiado y estaba obsesionado por la pornografía como solamente puede estarlo una persona solitaria. Todos estos elementos encontraron su sitio en el guión». Pero aún así, nos obliga a llenar los huecos en las intenciones de Travis y es ahí en donde nos convierte en él, o en alguno de los muchos Travis.

Su valor literario está en ese “yo creo que Travis pretendía…” que decimos después de mirar la película. Hay quien piensa que matar al senador Palantine solo tiene sentido porque se trata de la mejor venganza contra Betsy… hay quien considera que es una consecuencia lógica de haber sido lanzado a una guerra como la de Vietnam… yo pienso que ambos escenarios juegan y que el rechazo de Betsy es el verdadero gatillo, uno que tiene como motivación la venganza contra quien le mandó al infierno envuelto en los falsos ideales de la bandera americana.

Hay quien considera que intenta salvar a Iris porque está enamorado y es un silencioso pedófilo… hay quien piensa que vaciar una magnum 44, una 38 de cañón corto, una Colt 25 y un afilado cuchillo en los cuerpos de una red de tráfico de niñas es un imperativo moral para la mente desquiciada del solitario nocturno… yo pienso que moral y fragilidad terminan siendo una fuerza implacable para un hombre roto cuando por accidente una niña le pide ayuda y su agresor le arroja un billete arrugado para silenciar su alma. Un billete arrugado que funciona como un perfecto símbolo de transferencia, un recurso muy común utilizado en las grandes películas, un objeto-símbolo que sirve como una aguja que conecta las relaciones de poder mientras pasa por las manos de Amoroso y de Travis… que una vez en su bolsillo va acumulando todo el odio que siente durante la trama y que cuando finalmente lo lanza al administrador del hotel donde abusan de Iris, se vuelve el perfecto mensaje que anuncia lo que será el explosivo final.


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Todo juega en Travis, noche tras noche la violencia lo acecha, ya sea en forma de chulos persiguiendo a sus víctimas, o como adolescentes que le arrojan botellas al taxi, o como los niños que roban a las sexoservidoras a la mirada de toda una ciudad que ríe viendo el infame espectáculo. Hombres de todas las edades, diciéndole día tras día que pasado, presente y futuro lucen igual; que la oscurísima cultura que fábrica al hombre convencional no puede ser mejor retratada que con una Nueva York putrefacta, con humo saliendo por todas sus coladeras, ese humo que en el cine representa los olores de un cadáver que se percibe en cada esquina, donde la única luminosidad es la de miles de espectaculares que simbolizan el falso resplandor del mundo moderno; ese barco gigantesco que se hunde suavemente para unos pocos y brutalmente para la mayoría.

Quisera terminar con un mensaje de esperanza, pero eso sería traicionar la esencia de esta maravillosa película. Taxi Driver está diseñada para atormentarnos y dejarnos ahí, con esa sensación de náusea, incluso si el final es un tanto luminoso. De nuevo, el cierre deja un espacio a la interpretación, hay quien piensa que Travis obtiene el reconocimiento merecido por liberar a la pequeña Iris… hay quien celebra las palabras de los padres de la chica en la carta de agradecimiento… hay quien siente que un final feliz se dibuja en el futuro, gracias a ese último encuentro con Betsy… yo pienso que todo es ficticio. Quisiera decir que el tiroteo fue el bálsamo final para que Travis se libere del choque postraumático de la guerra, que las balas que atravesaron a “Amoroso” y los otros criminales, significan la redención del hombre solitario, pero no hay que perder de vista que la escena final se da arriba de ese taxi, de ese “símbolo de la soledad urbana”, de ese “ataúd de metal” como el propio Schrader lo describe.

Eso solo significa una cosa; La vuelta al infierno. Ya sea porque Scorsese nos ha metido en la mente de un Travis en coma que fantasea con fama, reconocimiento, heroísmo y amor correspondido, o porque efectivamente, el encuentro con su amada en la realidad, adentro de ese ataúd motorizado solo puede significar el retorno a la misma tragedia. Después de todo el infierno es una prisión eterna, como son las grandes ciudades, el infierno es revivir una y otra vez una historia cruenta, despojada de toda ternura.

Aún así hay una salida, si algo nos enseña Taxi Driver es que aún habitando el infierno, se puede escribir como lo hace Paul Schrader, se puede fotografiar como Michael Chapman, se puede montar como Tom Rolf, Melvin Shapiro y Marcia Lucas, se puede filmar como Martin Scorsese. Pero sobre todo, por encima de cualquier otra lectura, más allá de las letras, las ideas, las imágenes perfectas y la legendaria actuación de Robert De Niro, si logras hacerlo sonar como Bernard Herrmann, que por cierto murió horas después de acabar esta increíble partitura, incluso el infierno puede ser un lugar hermoso.

MIRA AQUÍ LA PELÍCULA COMPLETA EN SU IDIOMA ORIGINAL Y SUBTITULADA AL ESPAÑOL

Texto de O’tan Huerta | La Cinetuerca Irracional es un proyecto de Alterius Podcastitlán


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