El “Teorema Bachelet” y la victoria de Guillermo Lasso en Ecuador

Por Gonzalo Inchauspe

El “Teorema Bachelet” es un principio o estrategia política que se le adjudica a la estrategia llevada a cabo por Michelle Bachelet en el 2010 para volver a ser presidenta en el 2014. Básicamente, la estrategia consiste en que, si una fuerza o un presidente/a no puede reelegirse en ese periodo, lo mejor para no perder su poder dentro del espacio que comanda es que gane un adversario en la antítesis ideológica. Con este rival será más fácil polarizar, es menos probable que le quite votantes “duros”, el espacio político tendrá el incentivo de mantenerse unido para recuperar el poder y hay menos posibilidades de que surjan nuevos liderazgos en el espacio ya que no hay tiempo para cambios si se quiere volver a gobernar pronto.

Es pertinente hacer algunas aclaraciones históricas sobre lo sucedido en Chile en el escenario del que estamos hablando en el 2010. Bachelet tuvo que dar un paso al costado por la imposibilidad constitucional de reelegirse.  El espacio de la Concertación, que era la coalición de gobierno que la llevó a la presidencia, eligió como candidato a presidente a Eduardo Frei, ex presidente de Chile y líder del Partido Demócrata Cristiano. Por la oposición y la derecha iba como candidato Sebastián Piñera, empresario y dueño de la aerolínea LATAM. Ante este escenario, hay fuertes indicios de que Bachelet y el Partido Socialista Chileno preferían que ganara Piñera y no Frei: la victoria de Frei le daría el liderazgo absoluto de la Concertación a él y al Partido Demócrata Cristiano, al cual les había costado años quitarle la conducción de la coalición. En conclusión, ante una transición es preferible un contrincante como Piñera, que no te quita voto duro o de base, a uno cómo Frei, que busca liderar el espacio y reemplazar a quien lo venía haciendo. De hecho, el análisis no fue tan desacertado ya que Michelle Bachelet volvió a la presidencia a los cuatro años y con una victoria contundente más amplia que la anterior.

Este mismo escenario se repitió en 2015 en Argentina, donde ciertos analistas opinaban que Cristina Fernández finalmente prefirió una victoria de Mauricio Macri antes que la del candidato de su mismo espacio, pero de otra ala, como lo era Danie Scioli. Se consideraba que, si ganaba el Sciolismo, éste podía aliarse con sectores más conservadores del partido justicialista y, una vez en gobierno, terminar de “jubilar” a Cristina. Esto segundo nunca lo sabremos porque es parte de la “mata historia”, pero lo que sí sabemos es que el gobierno de Macri era el contrincante perfecto para mantener la polarización y el status quo y así evitar el surgimiento de nuevas fuerzas en el espectro ideológico del país. Tan así fue que Cristina conservó intactos a sus votantes “duros” durante los cuatro años de la gestión de Macri, lo cual le permitió que ella liderase, sin encabezar, su espacio político en las elecciones presidenciales del 2019. Resultó muy fortalecida: la mayoría de los miembros del espacio y la opinión pública la ve como articuladora de la victoria que le dio a Alberto Fernández la presidencia de la república.

Uno de los grandes debates sobre las izquierdas latinoamericanas es que los proyectos están basados en nombres propios que no logran trascender a los líderes que los impulsaron a la hora de la transición. En este aspecto, Ecuador y, más bien, Rafael Correa fueron puestos como ejemplo de una transición ordenada del movimiento que pudo trascender los nombres propios. No obstante, los problemas y la lucha por el liderazgo dentro del espacio entre Lenín Moreno y Rafael Correo no tardaron en llegar. Esto dividió a la izquierda ecuatoriana de una forma irremediable; la muestra fue lo ocurrido el día de ayer. Los tres espacios de la izquierda juntos lograron conseguir un 65% en la primera vuelta, pero la división es tal que no se logró que esos votos fueran a Andres Arauz y la victoria fue para el banquero  de Guayaquil, Guillermo Lasso. 

 


El análisis de la falta de unidad de la izquierda ecuatoriana es muy válido para comprender la situación pero no la única causa de la victoria de Lasso. En esta disputa por el poder dentro de la izquierda, los dos espacios sabían muy bien que, si alguno de los dos se quedaba con la presidencia, las luchas internas iban a ser brutales y feroces, sobre todo para los perdedores. Se puede decir que ambos espacios preferían el fuego “enemigo” que el fuego “amigo”. En este contexto, también vale aclarar que el Correísmo, el espacio de izquierda que había logrado llegar a la segunda vuelta, se jugaba el todo por el nada. Llegaba más desgastado con procesos judiciales en curso y desfinanciado por encontrarse más lejos del poder; esto indica que el Correísmo debía jugar más fuerte. El Leninismo, finalmente quien podía darle los votos al Correísmo o al Lassismo para la victoria acorde al “Teorema Bachelet”, prefirió la victoria de un candidato antagónico que a uno más cercano ideológicamente. Esta estrategia política está muy vigente en la región y ayer Ecuador lo volvió a confirmar. 


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