La disputa de la pandemia

 Algunos días atrás, mi amiga en el extranjero me compartía sus malestares por haber experimentado el brazo duro de las fuerzas públicas en su país durante una protesta social en reclamo a la restricción de las libertades durante la pandemia. Sin algún límite demarcado, los policías de este país externo sacudían los cuerpos de los manifestantes. Dos policías amedrentaban a una mujer de tercera edad, ya en el suelo, ésta fue esposada mientras un pelotón de policías contenían el trayecto de la protesta. Diversas detenciones sin sentido acompañaron esta movilización. Al cabo de unas horas, el toque de queda y la represión policial en las calles habían apaciguado los reclamos de los manifestantes. “Un país que se va a la mierda” -expresó mi amiga con toda legitimidad y razón.

Este acontecimiento me cimbró y malhumoró por buen rato. Ya en calma, recordé aquel temerario argumento de Antonio Negri, quien estipuló que la pandemia abría la puerta a un prolongado “Estado de excepción” donde los derechos y la libertadas pasaban a tercer plano en nombre de la “seguridad nacional” y la “estabilidad económica”. De igual forma, percibí que este acontecimiento no era un caso aislado del país en el que aconteció y que podría ser cualquier nación del planeta. 

Esta ruta conllevó a preguntarme sobre ciertos elementos pragmáticos y analíticos de la situación global que presenciamos y disputamos. ¿Qué es lo que aseguran de verdad los golpes de macanas, los barrotes de las prisiones, el endurecimiento de las leyes y los patrullajes en las calles?, ¿bajo qué argumentos es tolerable una represión continua de la humanidad?, ¿Cuál es sentido de ser así? y lo más importante: ¿quién dicta ese sentido? Ante la dificultad de ser precisos y contundentes en estas respuestas sólo es posible por ahora especular y teorizar algunas pistas.


Los gobiernos y las élites poderosas nos imponen el sentido de la pandemia, es decir, nos dictan cómo percibirla, qué sentir frente a ella, cómo comportarnos y qué soportar. Todo ello pensado en el aseguramiento y la reproducción de un sistema generador de desigualdades sociales y vidas desechables.

Esta imposición del sentido puede observarse en el comportamiento generalizado de los gobiernos y las élites a través de cuatro puntos mínimos.

 

Punto uno. Crisis sanitaria y no civilizatoria 

La pandemia representa para muchos gobiernos “un problema de salud” que genera una crisis económica y trae daños profundos a los ciudadanos, ¿no hay posibilidad de pensarlo al revés?, ¿una crisis civilizatoria y económica que genera una pandemia? Desde hace algunos años, diversos analistas de América Latina como Maristella Svampa y Atilio Borón habían hablado ya de la existencia de una crisis de civilización manifiesta en el deterioro ambiental, la profundización de desigualdades y el agotamiento de ideas en los gobiernos de la región. Todo ello reflejado en diversas manifestaciones que rechazan estas crudas representaciones del neoliberalismo.

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Punto dos. El control social del Big data  

A mediados del siglo pasado el filósofo François Lyotard había establecido el axioma de que “quien controla el conocimiento y la información controla el mundo”. Esta enseñanza sale a relucir con mayor nitidez en el confinamiento. Los gobiernos y los medios nos imponen las cifras como la forma de entender la pandemia. Se extienden las fake news y un conteo, muchas veces inhumanizado nos bombardea vía televisión, radio, diarios y redes sociales. A manera de inventario de un supermercado, la Big data nos presenta el conteo de los infectados, los sobrevivientes y los muertos. Estas cifras inundan todos los medios de comunicación día con día exponiendo la percepción de que frente al Virus SARS-COV-2 sobrevive el más fuerte y perece el más débil, sin embargo, se hace caso omiso de que a pesar de estar en un mismo barco en declive no todos los tripulantes cuentan con salvavidas. De esta manera se ejerce un control social que mantiene a la población como espectadora de las acciones gubernamentales y como consumidora de la Big data.    

Punto tres. Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del Estado-nacionalista

No es posible pensar la pandemia sin tener presente la vuelta de los nacionalismos. El retorno de la derechización ya había dado sus primeros pasos con el arribo de Macron, Boris Jhonson, Bolsonaro, Lenin, Áñez, y por supuesto Trump, quienes diseñaron retóricas nacionalistas en sus discursos, sin embargo, la pandemia vino a reavivar esos fantasmas con la implementación de políticas como el cierre de fronteras, las restricciones a extranjeros y la competencia del desarrollo de una vacuna. El Estado-nacionalista no sólo procuró la protección de los connacionales del “peligro” de los extranjeros, sino que también aseguró una mayor intervención económica que sobrepasó, y en algunos casos revitalizó, a los capitales privados, recordándonos aquella acción de Barack Obama durante la crisis de 2008 cuando rescató a la banca y la industria norteamericana dejando en claro, que cuando el neoliberalismo está anémico, el nacionalismo lo alimenta.

Punto cuatro. Cada quien se rasca con sus propias uñas.       

Los gobiernos nos imponen una forma de actuar y sentir durante la pandemia. La instrucción es el confinamiento de la sociedad y la exaltación del individualismo. No importa nada salvo tu salud y la de tu familia. Este imperativo viene a reforzar el miedo y la desconfianza generados hacia los demás. Estar en casa es la mejor medida de estar a salvo, sin embargo, está opción está restringida para los millones de trabajadores esenciales como campesinos, empleados industriales, cajeros, médicos, enfermeros, recolectores de basura, trabajadores de limpieza, repartidores de alimentos y productos, etc., a quienes se les obligó a seguir en sus labores económicas bajo el discurso de que “son indispensables en esta sociedad”. Sin embargo, su indispensabilidad no está aunada de cambios y mejoras en sus situaciones laborales y en sus vidas. El sistema capitalista no les brinda más que un aplauso por su gallardía y un minuto de silencio por su partida.   

Estos elementos mínimos de la imposición del sentido de la pandemia nos orientan a negar que la realidad tiene que ser ésta que nos plantean. Nos conllevan a rechazar que el fomento del individualismo, del aislamiento, de la irrelevancia por los demás, de los actos de vigilancia y de la represión, son nuestra normalidad de vivir y entender la pandemia. No obstante, cabe cuestionarnos: ¿Qué hay detrás de ella?, ¿Qué es lo que no se dice en los grandes medios y lo que atisban con miopía los gobiernos? La pandemia global que estamos viviendo, no sólo visibiliza lo peor de la sociedad como el individualismo, el clasismo, la xenofobia, la violencia de género, la gerontofobia, la discriminación, el racismo, el control social y la represión; también expresa lo mejor del ser humano en un contexto de crisis.   

De manera subterránea diversos valores, expresiones, reflexiones, prácticas, proyectos y movimientos sociales expresan otras formas de vivir la pandemia y otorgarle otros sentidos, enseñándonos que la creatividad se pone al servicio de la resistencia, la democracia y la transformación de las sociedades.

En contraste a un sentido de la pandemia impuesto, deslumbran a continuación cuatro vías mínimas de entender otros sentidos que generan otras relaciones sociales más humanizadas.     

  

Punto Uno. La crisis no pega por igual

Uno de los principales puntos de partida para complejizar y sabotear el sentido de la pandemia, es entender que ésta no pega por igual a la población. Comprender las diversidades socioeconómicas, étnicas, de género y etarias que integran nuestra sociedad nos permite dimensionar que el virus y sus impactos causan más daño en comunidades y barrios marginados, en las poblaciones indígenas desprotegidas, en las mujeres, jóvenes y personas de la tercera edad. Mientras un sector de la población de clase alta y media tiene la oportunidad de resguardarse en casa, el grueso de la población, ajeno a estos estratos, se ve en la necesidad enfrentarse día a día al virus en las calles, así como a la violencia continua de la inseguridad, la desatención estatal del servicio de salud, educación, empleo y justicia. Ser mujer, joven o indígena en este contexto, aumenta el riesgo de vivir la pandemia de forma más aguda. 

Punto Dos. La permanencia de la solidaridad y el apoyo mutuo          

Si bien el sentido dominante de la pandemia indica que cada quién se rasque con sus propias uñas, cabe no omitir, la existencia de prácticas solidarias y empáticas con personas ajenas a los círculos familiares. Durante el confinamiento, en diversos países han salido a flote acciones como el apoyo de jóvenes a personas de la tercera edad cuando realizan sus compras en los mercados y les ayudan con retiros de efectivo en los bancos; algunos vecinos apoyan a las madres y padres con el cuidado de sus hijos mientras éstos se encuentran trabajando; muchos profesionales, han emprendido la impartición de talleres de educación, deporte y arte online gratuito o a bajo costo para desconocidos; médicos realizan consultas domiciliares a familias que lo requieren e infectados por Covid19; psicólogos ofrecen terapias vía online para aminorar los impactos de la crisis; y jóvenes independientes realizan sanitizaciones del transporte público. Estas acciones evidencian la práctica de valores opuestos al resguardo en casa de forma individualista.

Punto Tres. Combatiendo el hambre

En países como Chile, Brasil, Estados Unidos, México y algunos otros, la pandemia ha conllevado a la construcción de “comedores populares” u “ollas comunitarias” mediante las cuales la población de diversos barrios precarizados se organiza para preparar alimentos y distribuirlos en los sectores más necesitados. Estas acciones se han mantenido desde comienzos de la pandemia y han permitido la sobrevivencia de miles personas, así como también, ha unificado la relación entre vecinos, barrios y movimientos sociales. Paralelamente diversas personas, colectivos, agrupaciones han emprendido jornadas de compra de alimentos y entrega de despensas destinadas a los sectores más vulnerables de la sociedad. Diversas familias e individuos, también, han optado por la creación de huertos en casa, generando principios de “alimentación autogestiva”, así como muchos otros han optado por la compra de alimentos a pequeños negocios informales, evitando así el consumo en los grandes mercados y generando un apoyo solidario con estas personas.            

Punto Cuatro. La interiorización del feminismo

El confinamiento ha develado también una expansión del feminismo tanto en la vida pública como privada de la población. Si bien durante la pandemia en diversos países se han incrementado los feminicidios y la violencia de género, paralelamente, se han fortalecido las movilizaciones feministas y se han logrado algunas victorias como la legalización del aborto. No obstante, a este escenario, el feminismo se ha inmiscuido también en casa y el trabajo, esto cuando temas de violencia de género son discutidos entre familia, en las redes sociales y en las relaciones de pareja, al igual que en el ámbito laboral, cuando se crean talleres de equidad de género y cuando se altera la división de trabajo y se adquieren conocimientos y técnicas que sólo acaparaban los hombres.      

Estos elementos nos muestran otra realidad de entender, sentir y enfrentar a la pandemia. Son acciones y emociones que nos permiten disputar el sentido de la realidad que estamos viviendo y que nos muestran que la capacidad de enfrentar el COVID19 también está en nuestros corazones y nuestras manos. La posibilidad de que la salida de la pandemia sea diferente depende de nuestra transformación como mejores seres humanos.


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