Radvac: La vacuna anticovid de código abierto y los límites de la Ciencia Abierta


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La crisis generada por la Covid-19 ha producido múltiples reflexiones en torno al quehacer científico. Desde el escándalo del LancetGate, la ciencia ha recibido varios golpes de credibilidad en tiempos de la pandemia, no tanto por sus mecanismos de control sino por las narrativas que se difunden en medios no especializados.

Cuando la ciencia muestra fallas, se pierde de vista que la propia estructura de la investigación científica está diseñada para reconocerlas, compartirlas y dialogar entre grupos especializados para buscar soluciones. Así avanza nuestro conocimiento científico y el desarrollo tecnológico, pero los medios convencionales no especializados toman esos errores y construyen narrativas de impacto para sus lectores, sin importarles las consecuencias de informar sin contexto.

Esto justo es lo que está pasando con la vacuna que desarrolla Astrazeneca, que en días recientes ha difundido un par de casos de voluntarios que han mostrado efectos secundarios graves. Esto no significa que el trabajo de la multinacional esté fracasando, sino que demuestra la importancia de seguir los protocolos en el desarrollo de un medicamento que será distribuido en millones de personas en todo el mundo.


De hecho, el que una de las vacunas más avanzadas para frenar al sars-cov-2 tenga estas dificultades, revela que la premura con la que Rusia está aprobando el uso masivo de su vacuna Sputnik V puede ser catastrófica. Si no se abordan con rigor todas las fases en su desarrollo, la aparición de efectos secundarios graves una vez liberada una vacuna por millones de dosis puede convertirse en un problema de salud pública de las mismas dimensiones que el Covid-19.

A la vez, la carrera por frenar a este nuevo coronavirus, está abriendo un debate sobre el desarrollo de vacunas en laboratorios independientes. Algunas iniciativas son verdaderamente alarmantes, sobre todo porque caminan con la misma lógica de negocios de las grandes farmacéuticas pero sin los controles apropiados. Sin embargo, entre todas estas iniciativas algunas muestran ventajas que no se esperan de la ciencia tradicional; cuyo principio de competencia evita que la información fluya entre grupos especializados, ralentizando el desarrollo del medicamento.

Fuente: MIT Technology Review

Radvac: Una vacuna de Código Abierto

El grupo de investigación independiente que ha recibido mayor atención es Radvac, una vacuna de código abierto que puede ser fácilmente replicada y que está dirigida sobre todo a personal y expertos de la salud, para mejorar su protección frente al coronavirus. Una vacuna que opera a nivel de la mucosa y que consiste en fragmentos del patógeno, en este caso péptidos, que son básicamente fragmentos cortos de proteína que coinciden con parte del coronavirus, pero no pueden causar la enfermedad por sí solos.

El debate sobre la iniciativa es amplio y ha llegado a las páginas se Science. Por supuesto los matices son difíciles de encontrar; desde los más conservadores que consideran que se trata de un esfuerzo de «un grupo de locos» hasta quienes defienden la iniciativa por su carácter democrático y su visión altruista, pasando por aquellos que piensan que el riesgo mayor es que la vacuna no funcione (lo que podría poner en riesgo a quienes se la aplican pensando en que son inmunes).

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En su página se puede observar que los investigadores de Radvac tienen claros sus límites y los riesgos, no se asumen anti FDA y apelan a la sensibilidad de quienes decidan probar su fórmula. El punto débil en su posición ética, es que no consideran el uso indebido de quienes utilicen su código. Aunque es cierto que ya existen miles de pseudoterapias, fake news y estafas en torno al Covid-19, que alguien pueda tomar la fórmula de Radvac y venderla como un remedio efectivo al Covid-19 es un riesgo serio que debe tomarse en cuenta.

A nasal spray vaccine against swine flu at an elementary school in Miami in 2009.
Las vacunas nasales son utilizadas desde hace años para otros tipos de virus y hay un debate sobre la posibilidad de que sean la mejor opción para controla al sars-cov2 | Fuente: The New York Times

Para ser más precisos, ya que la Covid-19 tiene altos índices de supervivencia cualquier terapia inútil puede dar una falsa sensación de seguridad y eficacia. Por ejemplo, si tomamos al azar a 100 enfermos de este coronovirus y les recetamos todos los días una cucharada de limón agrio con malvaviscos derretidos, al final más de 80 personas de este grupo se habrán curado, pero nada tendrá que ver con el «remedio» que nos inventamos, sino con una respuesta inmune naturalmente distribuida según lo datos que tenemos ahora a la mano.

Al momento quizá lo más criticable de liberar una fórmula cuyo único riesgo sea el de no ser eficaz, ya sea un desarrollo independiente o industrializado, es justo que al no seguir los protocolos centralizados se pierden los datos necesarios para comprobar la verdadera eficacia del medicamento.

Además de la falsa sensación de seguridad que pone en riesgo, no solo a las personas que se sienten inmunizadas, sino al resto de sus comunidades cercanas, en la visión idealizada de sus creadores las personas que tienen acceso a su información actuarán de forma responsable. Pero cualquiera puede replicar la fórmula y hacerla pasar por propia para obtener prestigio o dinero, este potencial uso indebido de la información y el medicamento significará otro golpe en la credibilidad de la ciencia en general y de los esfuerzos de ciencia ciudadana.

El coronavirus alerta sobre los límites en ambas ciencias

Por un lado el Covid-19 ha demostrado que la lucha por patentes, la competencia y las prácticas históricas de las grandes farmacéuticas favorecen un sistema que no puede responder de forma efectiva a una crisis urgente como la que vivimos actualmente.

Preston Estep, científico jefe y cofundador de RaDVaC, tomaba una dosis de la octava iteración de su vacuna, el 19 de agosto de 2020.
Preston Estep, científico jefe y cofundador de RaDVaC, tomaba una dosis de la octava iteración de su vacuna, el 19 de agosto de 2020. Crédito: Kayana Szymczak para The New York Times

Los esfuerzos de ciencia abierta, abrazan una ética que mira las necesidades comunitarias y al liberar sus códigos, protocolos y resultados, apelan a un sentido de cooperación extendido que facilitaría el desarrollo de la tecnología, asegurando su distribución de forma horizontal y evitando así prácticas monopólicas.

El Covid-19 demuestra lo que habíamos señalado anteriormente, que límites importantes de esta apuesta de ciencia abierta se encuentran sobre todo en el campo de la biotecnología y la medicina (pero también se encuentran en la ciencia académica o institucional). Esto se debe en parte a que la ciencia ciudadana, no siempre camina con la lógica de comunidad. Por ejemplo, muchos grupos de biohackers o científicos independientes siguen con la mirada puesta en los códigos implícitos de la investigación institucionalizada.

Aunque necesitamos un debate sobre la autoexperimentación1Aunque por ahora sin duda es una ruta más ética que muchas de las prácticas históricas de la ciencia hegemónica que ha experimentado con grupos marginados por el poder (recordar que al inicio de la pandemia algunos investigadores plantearon la experimentación masiva en el continente africano y que ahora mismo, los Estados que luchan por el prestigio de encontrar la primera vacuna están experimentando con sus fuerzas armadas), la apuesta de Radvac parece más honesta y sin duda se trata de una iniciativa que busca responder de forma eficaz ante un problema que no solo es de salud pública, sino social y económico. Pero sí ha sido una falla del grupo a cargo de esta apuesta, liberar las fórmulas de sus vacunas antes de hacer pruebas exhaustivas con un grupo significativo de voluntarias(os).

Como dijimos al principio, las situaciones extremas y atípicas que ha impuesto la crisis actual nos advierte de los límites de la Ciencia Libre, es momento para quienes hemos sido críticas de los principios de competencia que rigen la ciencia hegemónica de defender lo mejor de sus metodologías e incluso de sus formas de organización. Ningún grupo de investigación que esté desarrollando un medicamento (y esto es válido también para temas como la producción agroalimentaria) debe liberar sus fórmulas a la comunidad no especializada, sin antes comprobar su eficacia y su bioseguridad. A la vez transitar hacia una comunidad científica global que comparta la información entre grupos de investigación para acelerar el desarrollo de tecnología es cada vez más apremiante.

Quizá el estado ideal de la ciencia se encuentra en medio de ambos enfoques. No tenemos nada mejor que el apoyo comunitario para hacer frente a situaciones como la que vivimos ahora y por tanto esos valores deben guiar la investigación científica. A la vez, los esfuerzos independientes y horizontales deben ser respetuosos con la disciplina y el rigor que le da tanta fuerza al método científico.

Texto del Colectivo Alterius y la Red por los Saberes y Ciencias Comunitarias


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Referencias   [ + ]

1. Aunque por ahora sin duda es una ruta más ética que muchas de las prácticas históricas de la ciencia hegemónica que ha experimentado con grupos marginados por el poder (recordar que al inicio de la pandemia algunos investigadores plantearon la experimentación masiva en el continente africano y que ahora mismo, los Estados que luchan por el prestigio de encontrar la primera vacuna están experimentando con sus fuerzas armadas
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