¡Salud al Cine de Oro Mexicano!


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“Se Inyectan Asteroides” es una columna de Emmanuel Medina  @emmanuelmedina


Escena cumbre del cine que veían nuestros abuelos: una madre, Libertad Lamarque, junto co su hijo, Pedro Infante, cantan casi en susurros y acompañados de una guitarra, embriagados de tequila, aquello de “ando mucho, pero mucho muy borracho / por un amor que me trae malherido” en la sala de su humilde casa.

“Y qué me importa si me envicio / ay, cuánto sufrimos, los que mucho amamos”: como un mantra desgarrado o un eslogan que define la esencia de la mexicanidad, la cinta “Ansiedad”, dirigida por Miguel Zacarías en 1953, dejaba un sello inconfundible de que el desamor sólo puede tener como amigo un buen destilado.


Antes ya, en 1948, la bella Columba Domínguez y el apuesto Roberto Cañedo mostraban la escena de boda mas desoladora de la historia del cine, cuando una pareja de recién casado, alcoholizados con tequila, y solos enmedio de una fiesta vacia a la que nadie acudió, cantaban “mira cómo ando, mujer,  por tu querer / borracho y apasionado nomás por tu amor” en la cinta “Pueblerina”.

Alcohol para ahogar el dolor del desprecio social y el amor que se tienen los marginados.

En la llamada Época de Oro del Cine Mexicano, periodo que abarcó casi dos décadas durante el siglo pasado, el tequila fue un silencioso protagonista de aquellos dramas y comedias donde los galanes reían y sufrían, siempre acompañados de un estilizado tequila, originario de Jalisco, que, curiosamente, también regalaría la figura del Charro Mexicano -con mayúsculas- al imaginario mundial, a través del séptimo arte, tomando como punto de partida la cinta “Allá en el Rancho Grande”, dirigida en 1936 por Fernando de Fuentes.

Es ahí donde la santa trinidad de charros -o mariachis-, tequila y música se estamparían como signo inequívoco del “ser nacional”, según lo documentan criticos de la talla de Jorge Ayala Blanco o cientos de ensayos universitarios, entre los que destaca “La Época de Oro del cine mexicano: la colonización de un imaginario social”, editado por la Universidad Autónoma de Baja California, en 2011.

Pero, sin duda, su exponente más destacado de este “traje a la medida” para ser un macho simpático, con su inseparable tequila es el ya invocado “ídolo del pueblo”, Pedro Infante: sólo basta poner en el buscador de YouTube, su nombre y la palabra “cantina”, para que los resultados nos desliguen todos sus dolores emocionales que, sublimados con una o, mejor dicho, varias botellas de tequila o mezcal, vivió a lo largo de películas como “Vuelven Los García” (1947) donde interpretaba la inmortal canción “Mi Cariñito”, ahogado de botrracho, aferrado a la botella, como único bastión que no lo termina de hundir por la muerte de su abuela, Sara García; o acompañado de otro galán de la época, Antonio Badú, en “El Gavilán Pollero” (1951), donde cantan, a voz de cuello, una oda al estado de embriaguez, como símbolo de auténtica masculinidad, por citar solo dos ejemplos.

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Eran tiempos inocentes donde la comedia campirana reflejaba el espíritu de evasión que se esconde en los destilados mexicanos y donde, los héroes y villanos, encontraban valor o refugio para que, los ávidos espectadores, escaparan, junto con ellos, en busca de la mujer amada, con el campo mexicano, retratado en portentoso blanco y negro, por el fotógrafo Gabriel Figueroa, como fondo y destino.
Está de más relatar que no ha existido mejor comercial para antojarse un caballito, que las escenas inmortales de ese cine tan entrañable.

Es de destacarse que la banda sonora de este mundo idílico -y abiertamente etílico- que se ganó la etiqueta de “canción ranchera” tendría en el guanajuatense José Alfredo Jiménez su compositor de cabecera, aportando versos míticos de la música mexicana como “quise hallar el olvido, al estilo Jalisco / pero aquel mariachi y aquel tequila me hicieron llorar”, de su inmortal tema “Ella”, reproducida en innumerable escenas de cantinas y, con diversos cantantes y actores, hasta volverla un himno que, aún hoy día, si se tiene suerte y alguien olvida poner reguetón, se escucha todavía, con todo su desgarro, en los lugares donde uno va a echarse sus tequilas.

No se olvida tampoco el hilarante segmento de la cinta “Reportaje”, creada en 1953 por Emilio “El Indio” Fernández, donde lejos del ambiente cambriano, María Félix y Jorge Negrete se autoparodiaban, a propósito de repetir, hasta la saciedad, los sentidos acordes de “Tu Recuerdo y Yo”, de José Alfredo, en una noche de año nuevo que se volvía pesadillesca de tanto cantar el también tenor y líder de la Asociación Nacional de Actores, “estoy en el rincón de una cantina / oyendo la canción que yo pedía / me están sirviendo ‘orita mi tequila / ya va mi pensamiento rumbo a ti”.

Así, la sola mención de tequila en tantas canciones del cine más nacionalista, confirió a la bebida un lugar de honor en la creación de un cine que sigue siendo referente mundial de un México dispuesto a decir “salúcita” a la menor provocación y echarse la del estribo, para afrontar los demonios de la realidad, fuera de la pantalla de planta.


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