¿Qué tiene que ver el cierre del estrecho de Ormuz con la crisis que está viviendo la industria de la moda rápida? Mucho, y podría empeorar en cuestión de semanas

El cierre del estrecho de Ormuz ha desatado una grave crisis logística y económica en todo el mundo. La interrupción de este paso estratégico ha provocado un aumento drástico en los precios del petróleo, encareciendo el transporte marítimo y aéreo, y afectando la producción de poliéster. La industria de la moda, como otros sectores, no ha podido librarse de sus consecuencias. 

 

A principios de marzo, toneladas de ropa terminada se acumulaban sin destino en el principal aeropuerto de Daca, capital de Bangladés, uno de los grandes centros de fabricación y manufactura textil del mundo. Esa escena fue el síntoma más visible de un colapso mayor: el tráfico de petroleros había caído un 70%, los precios del crudo se dispararon hasta un 26%, el costo del combustible para barcos se duplicó y las cancelaciones de vuelos de carga se multiplicaron en un contexto donde los aviones corrían el riesgo de ser derribados como daño colateral del conflicto. 

El resultado fue inmediato: cientos de buques quedaron anclados o fueron desviados por rutas más largas, agregando entre 15 y 25 días de retraso a las entregas entre Asia y Occidente. 

Pero la dependencia del petróleo no se limita al transporte. El poliéster, el material sintético más utilizado en la industria textil, también lo es: cada año se emplean alrededor de 70 millones de barriles de crudo en su fabricación. Empresas como H&M e Inditex incorporan poliéster en aproximadamente una cuarta parte de sus prendas, y en el caso de gigantes en línea como Shein, esa cifra puede superar el 80%.

Esto convierte al modelo de moda rápida, o fast fashion, en uno de los más vulnerables ante esta crisis. Su lógica depende de tres pilares que el cierre del estrecho amenaza directamente: mover mercancía a gran velocidad, mantener precios bajísimos para el consumidor y adaptarse con agilidad ante las tendencias.

Las grandes empresas de este sector ya empiezan a sufrir las consecuencias. Tan solo marcas como H&M reportaron caídas del 10% en ventas, mientras que Nike vio su utilidad neta caer un 35% debido al aumento de costos logísticos.

Inditex ha logrado resistir mejor gracias a la escala y eficiencia logística, pero la empresa anunció inversiones por 2,300 millones de euros para ampliar sus centros de distribución y reforzar inventarios y operaciones.

Por un lado, no todas son malas noticias. La industria de la fast fashion podría enfrentarse a una transformación de su modelo de negocio tradicional, y cambiarlo hacia uno de mayor resiliencia y sostenibilidad.

La Unión Europea ya ha adoptado medidas para impedir la destrucción de prendas y calzado no vendidos, una práctica común que genera millones de toneladas de CO2. Esto obliga a las empresas a buscar alternativas como la reventa, donación o reciclaje de material. 

En México, se han elevado los aranceles entre 25% y 45% para textiles y prendas de países sin tratados comerciales, lo cual ha obligado a que se opte por otras alternativas para consumir ropa, ya sea en plataformas en línea o en mercados locales. 

Sin embargo, a nivel individual, la alternativa más directa es la compra de artículos más duraderos y fabricados éticamente. Algo que la industria de la moda rápida nunca nos va a poder ofrecer.

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