La “buena” víctima no existe: ¿Por qué se sigue juzgando más a la víctima que al agresor?
La que permanece en su casa llorando, la que se muestra sumisa y prudente, la que estaba realizando una actividad socialmente valorada al momento del crimen, la que denuncia de inmediato, porque si lo hace años después es porque se lo está inventando… son solo algunas de las características que el imaginario colectivo y el sistema judicial suelen reservar para la víctima perfecta, ideal o buena.
El modelo de la buena víctima, según atributos sociales
La “víctima perfecta” no es una categoría biológica u objetiva. Se trata de una construcción social y un estereotipo fundamentado en prejuicios de género y expectativas culturales sobre cómo debe comportarse alguien que ha sufrido una agresión. Sus rasgos principales incluyen tener una moral y ética impecables, no haber asumido conductas de riesgo en su vida cotidiana y cumplir con mandatos sociales.
En pocas palabras: aquella que es pasiva, que no tiene múltiples parejas sexuales, que no consume alcohol o drogas, que tampoco viste de forma “provocativa” y que se presenta como “persona de casa”.
Su representación social suele ser mayormente representada por mujeres, pero eso no significa que los hombres no puedan sufrir las consecuencias de las exigencias de la víctima perfecta, especialmente los que pertenecen a la comunidad LGBTQ+.
En la criminología, Nils Christie establece cinco principios para que una persona sea reconocida legítimamente como víctima por la sociedad:
- Tiene que ser débil, mejor si es una mujer o una persona adulta mayor
- Tiene que haber realizado una actividad socialmente valorada al momento del crimen, especialmente siendo madre, ama de casa o cuidador oficial de un familiar enfermo
- El crimen sucede a plena luz del día en un lugar público
- El agresor tiene que ser un desconocido, grande y con malas intenciones
- No existe un vínculo personal entre la víctima y el agresor
En el ámbito penal, la víctima tiene que presentarse con secuelas físicas, visibles y extremas para generar empatía y ser tomadas en serio. En términos generales, el estereotipo de víctima perfecta se ha infantilizado a tal punto de vulnerabilidad excesiva.
Cuando la víctima sale de estos criterios, se les suele negar protección, se desestima su reclamo de justicia y se les traslada la responsabilidad de la agresión.
Cuando el foco se pone en las víctimas, la violencia se diluye
Esto lo hemos visto numerosas ocasiones en casos como Amber Heard y Johnny Depp, o incluso con la saxofonista María Elena Ríos: desde el inicio fueron retratadas como “malas víctimas” por no cumplir con el perfil.
Y no queda en el señalamiento social, viene acompañado de más revictimización por parte de las autoridades y se puede traducir de diversas formas:
- Al momento de hacer la denuncia, el personal policial pueden negarse a registrar los testimonios o lesiones de la víctima
- El personal médico puede ofrecer un trato inadecuado, incluso llegando a someter a la víctima a exámenes innecesarios, repetitivos y dañinos
- Si así lo consideran necesario, muchas veces se abren líneas de investigación sobre la vida sexual y privada de las víctimas, pese a resultar profundamente invasivas y revictimizantes
Y esto lanza un mensaje peligroso: si la justicia no les ha llegado a ellas, ¿vale la pena denunciar, si el proceso está acompañado de revictimización, trámites excesivos y una baja probabilidad de que realmente cambie algo?
A nivel nacional, aproximadamente el 9% de las mujeres que sufren violencia de género denuncian formalmente a sus agresores. Esto genera una cifra negra de impunidad superior al 91%. En este escenario, la víctima lo tiene todo para perder: su salud mental, su estatus de víctima y ser señaladas incluso como difamadoras.
Pero la realidad es más compleja: ninguna víctima puede comportarse según un modelo inalcanzable, ni puede ser la más “buena”, ni la más perfecta. Solo puede ser ella, alzar su voz ante las injusticias y esperar que en el camino más personas se unan.
La escritora Nylah Burton alguna vez mencionó en Bitch Magazine: “En una cultura que a menudo parece incapaz de matizar, existe una necesidad persistente de ver a las víctimas y los perpetradores a través de una lente poco realista antes de reconocer el daño en sí.”