Realidades desde la ventana 


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Carlos Armando Herrera, @IAcetico
Residente de 3er año de psiquiatría /
Centro Médico Nacional Siglo XXI



I. Las dos realidades 

El confinamiento despertó en mí cierta fascinación por la observación. Exenta de crítica, repleta de curiosidad y de una mecánica simple. Solo tengo que colocarme detrás de mi ventana discreta y rectangular.  Es entonces cuando la realidad sufre una ruptura: dos realidades distintas pero complementarias. A la izquierda una enorme calle se extiende hasta el corazón de la colonia Isidro Fabela: diversos comercios y fondas, una calle principal interceptada por callejones. A la derecha, Periférico, con el rumor eterno de motores y neumáticos. En los espacios muertos del día, cuando no tengo la obligación de ir al hospital, me arrastro hacia ese Aleph para saciar mi atención de otros estímulos que no provengan de la luz de una pantalla. Quiero deshacerme de esta psicosis silenciosa. 

 


II. Realidad izquierda

La realidad izquierda ofrece un flujo intermitente de personas y automóviles. La mayoría lleva consigo bolsas y carritos con provisiones: verduras y frutas. Los veo subir la pendiente: primero son diminutos puntos de colores y al cabo de cinco minutos, justo debajo de mi ventana, se transfiguran en personas que jadean, hablan y ríen. La mañana siguiente del anuncio de la entrada a la Fase 2 en México, en medio de ese reiterativo regocijo mediático de anunciar el apocalipsis vírico, fijé en mi memoria la imagen más representativa de la realidad izquierda. Tres hombres recargados en un taxi hablaban con una anciana de unos ochenta años; ninguno llevaba cubrebocas; íntimos, abrían sus bocas y pronunciaban palabras frente a frente, a menos de un metro de distancia. Tenía encendida la televisión y escuchaba alguna noticia sobre la biología enigmática del virus y su alta letalidad. 

Isidro Fabela, la colonia contenida en la realidad izquierda, tiene sus propias reglas de interacción social. No permite el cierre de comercios: taquerías, pollerías, carnicerías y abarrotes con más de diez personas esperando su turno, lunes a domingo. No promueve el confinamiento: en la noche se escuchan músicas distantes, aplausos y luego coros desentonados por la ebriedad. No exige el uso obligatorio de cubrebocas: y los que lo usan, por compromiso cívico o conciencia científica, casi todos, lo hacen mal. La realidad izquierda se mantiene inmutable y no se impresiona por las cuestionables, y también crecientes, cifras diarias de contagios y decesos. Sus pobladores construyen su mundo con la cotidianidad acumulada por los años. No hay fuerza en este mundo que la modifique: no bastan los muertos ni la incertidumbre mundial. Permanece ahí, intacta, deseosa de ser observada para recordar cómo eran nuestra vida antes. Es una fotografía del pasado.

III. Realidad derecha 

La realidad derecha es de concreto y smog. Un capilar de la enorme arteria que llamamos Periférico. Esta porción de realidad vale la pena observarla por las noches.  A diferencia de la izquierda, esta sí que sufrió de alteraciones desde que el virus se tomó en serio. Acostumbrado al perpetuo sonido de los automóviles, mi sensibilidad auditiva es mayor ante el más mínimo de los cambios en su oleaje mecánico. El primer día que noté el inicio de la metamorfosis, fue cuando me disponía a dormir y me embargó un silencio profundo y calmo. ¿Dónde había quedado todo ese ajetreo de viernes, con derrapones e inevitables choques, luces y rugidos de motor?  Me levanté rápidamente y observé por la ventana. Nada. Luego pasó un coche a una distancia excesivamente prudente. Y después, de nuevo, nada. 

La quietud duró unos cuantos días. Fue sustituida por las sirenas de ambulancias que avanzaban casi en caravana hacia la zona de hospitales. Por esos días una amiga que se desempeña como residente de medicina interna en el Hospital “Dr. Manuel Gea González” me relataba del pandémico infierno: nos tocan de a diez a pacientes a cada uno, no sabes ni qué hacer, el tiempo es corto, el trabajo mucho, mueren muchos.  Y cada vez que escucho desde mi cuarto una ambulancia –la sirena de esa ambulancia-, se reproduce el diálogo de mi amiga, con su tono de angustia y sus interrupciones nerviosas. Poco a poco la realidad derecha ha retomado su figura pretérita. El rumor comienza a crecer. Han integrado a las ambulancias a su dinámica sonora, ahora son indistinguibles, como si hubiesen existido siempre en gravedad y frecuencia. 


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