El amor en tiempos de pandemia


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“Vivimos en un momento en el que el mayor acto de amor es mantenerse
alejados de la persona de afecto.”

Slavoj Zizek 

 


García Márquez decía que el amor tenía los mismos síntomas del cólera, probablemente ahora, también los mismos que los del COVID-19. El amor al igual que el coronavirus, es capaz de aumentar tu temperatura, de provocar agotamiento, hace que pierdas ciertos sentidos cuando se está inmerso en el, de generar un dolor en el pecho cuando hiere, que arranca la respiración de un suspiro o te deja inamovible y sin habla cuando llega.

El amor moderno se ha acostumbrado a la superficialidad. Cuando una persona realmente se entrega, en todos los sentidos, creemos tener el derecho de hacer con sus sentimientos lo que nos plazca, porque no nos involucramos, se tiene la -falsa- percepción, que acordar lealtad (por amor) al otro, implica la pérdida de mi libertad, aunque, en ocasiones, no se sabe que significa o se debe hacer con esa libertad.

Si la felicidad prevista -estereotipada- no se materializa cómo se desea, siempre se recurre a culpar a una elección equivocada (“no era la persona correcta, pasó muy rápido, ni nos conocíamos bien”) o una seria de contextos que le rodean (“la pandemia nos ha aislado, por el virus no nos hemos visto y, por lo tanto, casi no hablamos, el amor se ha esfumado”, incluso con los que ahora conviven más que antes: “estamos más tiempo juntos por el confinamiento que se está haciendo rutina o peleamos más de lo normal”), mucho antes de asumir nuestra incapacidad de amar a la altura de las circunstancias. En el amor de pandemia, las redes sociales y los medios de comunicación, han permitido conectar a los que están a distancia y a los que están conectados, mantenerse a distancia.

Se deben reforzar los acuerdos familiares, amistosos y de pareja, entendiendo que el primer acuerdo, es que no estamos de acuerdo en muchos conflictos, en este momento en especial, con la forma en que estamos viviendo la pandemia, es decir, estamos de acuerdo que no estamos de acuerdo.

Zygmunt Bauman explicó que los vínculos amorosos modernos, son frágiles, poco duraderos, son líquidos. Carecen de empatía, sentimientos, no se les da la importancia que merecen y en una sociedad de consumismo, se sustentan en lo material.

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Desde hace meses, los mariachis ya no suenan en Garibaldi; los tangos ya no se bailan en el Río de la Plata; las noches de París, se esfuman; la ciudad de New York que nunca dormía, parece estar en un profundo descanso; las góndolas no recorren Venecia. Debemos asimilar que el regreso a la normalidad no existe.

Este amor de pandemia, rebasa los vínculos interpersonales, obligando a un amor colectivo, no regresar a la normalidad de la intolerancia, la homofobia, los abusos y atropellos de las autoridades, donde no sea normal la pobreza, la impunidad o la injusticia, que no tengan cabida los discursos de odio y racismo, no regresar a la normalidad de las aberraciones que vulneran la integridad de las personas. No obstante, el amor de pandemia exige una reconstrucción del tejido social, desde el origen, la pertenencia y la unidad, desde la familia (sean nucleares, extensas, monoparentales u homoparentales), este amor en tiempos de coronavirus, conduce a algunos a aceptarse en la unidad (desde casa) sin caer en la rutina, la monotonía y el hartazgo, mientras que a otros, les pide aprender a amarse a la distancia, pues esa es su más grande prueba de amor hoy día.

Parafraseando al Gabo, de lo único que me dolería morir en los tiempos del coronavirus, es que no sea de amor.


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