Periodistas mexicanos pierden a otro compañero por la Guerra contra las drogas


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Traducido al español con la autorización del autor, originalmente publicado en The New Yorker.

En su última entrevista -el lunes por la mañana- para el programa televisivo “El almohadazo”, el periodista Javier Valdez Cárdenas habló vía Skype con la conductora de la emisión, Fernanda Tapia. En la conversación se abordaron temas relacionados con la guerra contra las drogas, que ya ha cumplido un decenio, y en la cual han muerto, al menos, ciento setenta y cinco mil personas y otras veintiocho mil han desaparecido. El lugar de origen de Valdez, Sinaloa ─territorio del Chapo y el Cartel de Sinaloa─ ha sido, desde el principio, un campo de batalla estratégico, y durante todo este tiempo, Valdez estuvo ahí, informando desde la línea de fuego. Por ello, su reputación era la de un periodista crítico, valiente e independiente, además de prolífico; era editor del semanario local Rio Doce, del cual era cofundador y donde escribía su columna Malayerba; también era corresponsal del diario La Jornada y escritor de numerosos libros sobre los submundos del narco, entre ellos “Miss Narco”, “Huérfanos del Narco”, así como su última publicación “Narcoperiodismo”.

Durante la emisión, con su característico sombrero Panamá y sus lentes gruesos, Valdez explicó a Tapia cómo él consideraba que los carteles mexicanos ya formaban un lazo inextricable en la vida política y económica de México. “Ahora los narcos, por ejemplo, ya no son buscados por los políticos para financiar campañas. Ahora son los narcos los que van fabricando a los políticos desde un principio, los van alimentando, los van promoviendo, y por eso ahora podemos hablar, ya, de una narcopolítica que está presente en casi todos los partidos”.  El gobierno presume las detenciones de capos, mencionó Valdez,  y aunque es cierto que son jefes poderosos y peligrosos “hay otros capos y están en la Banca y están la primera fila del ámbito empresarial, y son intocables e intocados. Mientras no resuelven este asunto del dinero, “follow the money” como dicen los gringos, no vamos a atender bien desde una perspectiva seria e integral, el asunto de las drogas en el país”, finalizó.


Esa misma mañana, horas más tarde, Valdez salió de las oficinas de Río Doce, ubicada en una zona residencial de Culiácan, Sinaloa, en su automóvil Toyota Corolla rojo. Apenas recorrió una corta distancia, fue interceptado por dos hombres encapuchados y armados que lo obligaron a bajar de su auto. Después, lo acribillaron, matándolo al instante. En una fotografía de la escena del crimen, se observa a Valdez ─ un hombre de cincuenta años, fornido y bien parecido─  quien yace boca abajo en medio de la calle, con su sombrero junto a él, cubriendo su cara. Señaladores de plástico amarillos, colocados alrededor de su cuerpo, ubicaban el lugar donde se encontraron 12 casquetes de balas. El motivo de que Valdez recibiera disparos en la frente y en sus dos manos es simbólico, según sus compañeros, así como el número de balas usadas: Río Doce, es el nombre de su semanario

Valdez vivió en las trincheras de la guerra contra las drogas durante años, y lo hizo mientras arriesgaba su propia vida. En 2011, el Comité para la Protección de Periodistas le otorgó el Premio Internacional de la Libertad de Prensa. “En Culiacán, Sinaloa, México, es un peligro estar vivo, y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos que están en el narcotráfico y en el gobierno; un piso filoso y lleno de explosivos”, dijo durante su discurso de aceptación en la ceremonia. “Uno debe cuidarse de todo y de todos y no parece haber opciones ni salvación. Muchas veces no hay quien acudir”.

Decenas de periodistas han sido asesinados en México desde que Valdez pronunció su discurso, y aún así, en diversas entrevistas dejó claro que era incapaz de quedarse quieto ─le parecía que el silencio sería como la muerte-. En marzo, ante la muerte de otra periodista, la reportera de Chihuahua, Miroslava Breach ─cuyos asesinos dejaron una cartulina con un mensaje que mencionaba había muerto por “lengua larga”─ Valdez tuiteó “A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio”.

A pesar de ser famoso por su valentía, en privado, Valdez se mostraba preocupado por su seguridad. Dos semanas antes de su muerte, realizó un viaje a la Ciudad de México para informar a sus colegas que había recibido amenazas de muerte que parecían reales. Tenía razón para estar preocupado. Al morir el lunes, Valdez dejó una esposa, un hijo y una hija.

Ese mismo día, en Jalisco, Sonia Córdova,  subdirectora del semanario El Costeño, y su hijo Jonathan Rodríguez, reportero del mismo, fueron atacados por hombres armados. Sonia fue herida, pero su hijo murió. Valdez y Rodríguez son el quinto y sexto lugar de periodistas asesinados en lo que va del año en México. Desde el 2000, ciento seis periodistas han sido asesinados en México, según Artículo 19, el grupo de monitoreo internacional para la libertad de prensa, siendo uno de los peores lugares para ser periodista en el mundo ─uno de los más peligrosos, sólo después de Siria y Afganistán.

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La tarde del lunes, en respuesta a los dos asesinatos, Enrique Peña Nieto, presidente de México desde Diciembre del 2012 ─durante su presidencia han sido asesinados, al menos, 37 periodistas─  se expresó con un tuit abúlico, “Reitero nuestro compromiso con la libertad de expresión y prensa, fundamentales para nuestra democracia”. El miércoles siguió con una rueda prensa en la que prometió de forma solemne, como ya lo ha hecho en otras ocasiones, asignar mayor protección a periodistas vulnerables, y actuar con firmeza para detener a sus agresores. Su discurso fue interrumpido por periodistas que exclamaban: “ ¡No más discursos! ¡Justicia!”

Además de ser un escritor talentoso, Valdez era un hombre entrañable y que mantenía su buen humor, querido por sus colegas

En realidad, son pocos los periodistas en México que creen en este tipo de declaraciones por parte de funcionarios. Con un índice de éxito en la detención y proceso judicial de los agresores de periodistas, debajo del dos por ciento, muchos lo consideran como una muestra de la indulgencia oficial y, en otros casos, de complicidad. Sin embargo, el asesinato de Valdez da la sensación de un asunto que ha llegado demasiado lejos. Además de ser un escritor talentoso, Valdez era un hombre entrañable y que mantenía su buen humor, querido por sus colegas, y el dolor e indignación que se suscitaron, a raíz de su asesinato, parecían no tener precedentes. Como muestra de duelo, el día después de su muerte, diversos periódicos y portales de Internet publicaron portadas en negro, y se realizaron marchas de protesta en ciudades de todo el país, incluyendo Culiacán. Una gran cantidad de manifestantes mostraban pancartas negras con la leyenda “El peor crimen es el silencio”, mientras otras demandaban “Justicia para Javier”.

Diego Enrique Osorno, un valiente periodista mexicano que también ha cubierto la guerra contra el narco, me envió un correo electrónico para expresar su consternación. “Su asesinato termina con la creencia de que la mafia no se mete con periodistas de alto perfil público. Javier sabía todos los códigos de ese mundo sombrío, y era audaz pero no irresponsable”, escribió, “una cosa que podemos hacer para honrarlo es seguir en el mismo camino, pero es muy probable que su muerte inhiba a muchos compañeros de seguir cubriendo el tema, sobre todo en Sinaloa y el norte de México”. Osorno añadió que aunque no sabe exactamente cómo, pero él y otros periodistas están decididos a asegurarse que el asesinato de Valdez no termine como “otra muerte sin sentido”. Esta semana, crearon un sitio web para empezar “una discusión inmediata”  con el propósito de encontrar “medidas urgentes que protejan a periodistas”.

Valdez tenía admiradores lejos de las fronteras de México. En Reino Unido, la destacada corresponsal Lindsay Hilsum me contó que la noticia de su muerte la había estremecido. En el 2008, en Sinaloa, ella trabajó con él. “Nos llevó al altar de Jesús Malverde, el santo patrón de los narcotraficantes, y nos presentó a un ex-miembro de un cartel, quien recibió disparos dos veces en el cráneo, y tenía la marca para probarlo ─y, aunque me sentía inquieta, no tenía miedo, porque confiaba en él” recordó. “Los narcos no eran sus amigos pero eran sus vecinos, sus contactos, y sus fuentes. Él los conocía y ellos lo conocían. Nos explicó que escribía su columna en Río Doce casi en código, y aunque los lectores entendían a qué se refería, tenía que ser cuidadoso en cómo lo decía y qué decía”.

[quote align=’left’]En México muy pocos hablan sobre “noticias falsas” por una simple razón, en México, publicar una noticia puede causar la muerte[/quote]Debido a que la mayoría de los crímenes en México nunca se resuelven, es difícil saber quién ordenó la muerte de tal o cual periodista. Aunque no es difícil realizar hipótesis. En Sinaloa se libra una batalla por la sucesión de poder desde el arresto y la extradición del Chapo, hace unos meses, en ella se enfrentan los hijos del capo contra un antiguo operador, Dámaso López, conocido como “El Licenciado”, y la lucha ha sido cruenta: cientos de personas han muerto este año. A principios de mayo, López fue capturado, pero su grupo se mantiene activo. ¿Acaso alguno de los involucrados en esa batalla quería silenciar a Valdez? Tal vez. La última columna de Valdez, publicada el día de su muerte, se tituló “El Licenciado”, en ella escribió sobre el violento ascenso al poder de López desde dentro de las filas del Cartel de Sinaloa. A fin de cuentas, Valdez escribía sobre ese sombrío punto de intersección entre el Estado y el crimen organizado, y es obvio que alguien con un pie en cualquiera─o en los dos ─de esos mundos decidió que el periodista tenía que desaparecer. En una entrevista el año pasado, él declaró “Si el narco tiene este poderío, es porque el gobierno lo ha permitido: o porque está sometido, o porque es cómplice”. Como si reafirmara las acusaciones de Valdez, esta semana el fiscal de Sinaloa se aventuró a decir que si bien el trabajo periodístico de Valdez es la principal linea de investigación sobre su asesinato, éste también pudo haber sido por un fallido intento de robo de auto. Su declaración parece reflejar la larga tradición de los funcionarios mexicanos de minimizar sus responsabilidades frente a los casos de periodistas asesinados.

A diferencia de los Estados Unidos, con su batalla contra los medios impulsada por Trump, en México muy pocos hablan sobre “noticias falsas” por una simple razón: en México publicar una noticia puede causar la muerte. La guerra que se vive en México es por el control del tráfico de drogas y del mercado consumidor que traspasa sus fronteras hacia los Estados Unidos. La misma que se está librando con armas fabricadas en EUA que se introducen ilegalmente al sur. En esta guerra, que es también una guerra de Estados Unidos, como las de Irak o Afganistán, Javier Valdez es una más de sus víctimas.


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