El Nobel genocida y sus colegas Pro-Monsanto

En 1920 se concedieron los Premios Nobel de los años de guerra (1914 a 1919); entre otros, Fritz Haber (1868-1934) obtuvo el Premio Nobel de Química 1918 por la síntesis del amoníaco a partir de sus elementos. Franceses, británicos y estadounidenses boicotearon la ceremonia de entrega en 1920 porque los descubrimientos de Haber se utilizaron en tiempos de guerra: el científico fue el ‘padre de las armas químicas’.

Entre el 22 de abril y el 25 de mayo de 1915 tuvo lugar la Segunda Batalla de Ypres; enfrentó a las fuerzas de Francia, Reino Unido, Australia y Canadá contra el Imperio alemán. Durante esta contienda se usó gas venenoso por primera vez con fines militares. El 22 de abril de 1915, las fuerzas alemanas lanzaron gas cloro –producto del trabajo de Haber– contra las tropas aliadas. Fueron 168 toneladas de cloro distribuidas en casi 5.800 cilindros. Una vez abiertos, y gracias a la acción del viento, una nube tóxica de color verde grisáceo alcanzó a las tropas aliadas, produciendo la muerte instantánea de miles de soldados. Desde esa batalla, en la Primera Guerra Mundial se combatiría con máscaras de gas.

Clara Immerwahr (1870-1915), la primera doctora en química de Breslau

En “La nube verde” el novelista Claude Cohen ilustra de esta manera la relación de Fritz con Clara Immerwahr, una notable científica que como era de esperarse no recibió ningún reconocimiento por sus aportaciones al trabajo de su marido: “Fritz y Clara Haber son judíos, químicos y alemanes. Sin embargo, todo les enfrenta. Fritz, que será Premio Nobel de Química por sus trabajos sobre la síntesis del amoniaco, es ambicioso y sin escrúpulos. Patriota fanático, ofrece sus servicios al ejército alemán cuando estalla la Primera Guerra Mundial, y pone a punto los gases de combate […] Para Clara, el deber de los científicos consiste en contribuir a la felicidad de la humanidad. Se rebela contra la obcecación de su marido […] En 1915, la noche de la primera utilización de los gases clorados, una violenta disputa estalla entre los dos cónyuges. Este intercambio pone en evidencia sus múltiples desacuerdos sobre la religión, la ciencia y la vida, acabando en tragedia”… Ningún reconocimiento salvo una dedicatoria en el libro de Haber Thermodynamik technischer Gasreaktionen (1905) ‘por su silenciosa cooperación’ y tragedia porque Clara, asqueada por el trabajo para el ejército alemán de Fritz, usó el arma de su marido para quitarse la vida.

A pesar de todo, la historia es amable con Haber, porque gracias a su trabajo “los avances en química industrial fueron considerables; sus investigaciones permitieron producir grandes cantidades de fertilizantes que ayudaron a alimentar a una parte importante de la población mundial”. Pero esto no permite visualizar la paradójica abstracción de los científicos ultra-reduccionistas que explotando su notable talento para extraer información sobre el mundo físico, olvidan que el poder político y económico son fuerzas de naturaleza incontrolable por el método científico.

La historia de Clara y Fritz, sus posturas políticas y sus visiones mutuamente excluyentes de la Ciencia, pueden ser vistos como un símbolo de la división histórica del relato científico.  Un ejemplo de esto es la carta que recientemente fue suscrita por un cuantioso grupo de galardonados por el organismo sueco, donde acusan a los ambientalistas, en particular a Greenpeace, de crímenes contra la humanidad por su importante activismo contra la siembra indiscriminada de alimento transgénico.

Su apoyo incondicional a la industria agroalimentaria que pretende controlar la producción de semillas en todo el mundo, se entiende porque padecen el mismo problema epistémico que Haber; el dualismo positivista (sujeto-objeto) que les hace mirar el mundo como una entidad meramente material, insubstancial y fácilmente manipulable. Su reducida mirada se limita a lo que entienden desde sus laboratorios (espacios hipercontrolados que escapan de la estocástica fluctuación de la Biósfera) e incluso olvidan los argumentos más sólidos, provenientes de campos científicos de enorme complejidad como la ecología de poblaciones y la evolución orgánica.

Su postura contrasta con la complejidad sistemática de la Ciencia Crítica, donde lo investigado también tiene el carácter de sujeto (desde la visión alimentaria es tanto como decir que la semilla tiene dignidad y no puede ser reducida a una simple maquinaria), y cuyos representantes ni siquiera son potenciales galardonados del Nobel; un premio que ni siquiera tiene categorías para reconocer los avances en ciencias ambientales.

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Con información de Mujeres ConCiencia, El País y Independent Science News | Comentarios de Jesús Vergara para Tercera Vía 

 

 


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