Políticas del Abrazo

Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “tal como verdaderamente fue”. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro.

—Walter Benjamin

Tomar la silla presidencial en tiempos de escasa legitimidad requiere de un acto que afiance su impulso: un gesto del poder que inaugure su despliegue. La represión del #1DMX significó esto para peña nieto: crack, se escuchó, y aquello que ya estaba roto se volvió más evidente. Las detenciones de manifestantes en el tercer aniversario de esta miseria no son nada nuevo: hay operaciones que los estrategas de la guerra programan con periodicidad.

Pero nosotras no nos quedamos con los brazos cruzados, y si los cruzamos es con otros pares de brazos: el abrazo deviene táctica. Cuando hace tres años nos golpearon, respondimos abrazándonos entre nosotros. Aquella vez no fue deliberado, pero pudimos ver cómo los cuerpos no son sólo lugar para las heridas, aunque las heridas sean la condición de todo gesto que las ayude a sanar. En el abrazo, el miedo en singular no se va, pero a los miedos en plural podemos convertirlos en deseos. Esto lo reitero ahora que los caminos se han bifurcado y cruzado una y otra vez.

Quiero pensar el abrazo como una política de los cuidados: la amistad como una respuesta, entre muchas, a las guerras. Si bien sabemos que el cariño no es condición suficiente, nos consta que su gesto es una condición necesaria. En estas guerras que no buscan ser ganadas sino perpetuadas, seremos más vulnerables si nos encuentran solas en pleno campo de batalla. Juntas aunque no unidas —es decir, nunca homogéneas— podemos articular tácticas precisamente desde las diferencias.

En este terreno, el abrazo es como un nudo en un tejido que se hace y se deshace. Walter Benjamin relataba que los soldados de la Primera Guerra Mundial habían vuelto enmudecidos. Señalaba una teoría del colapso de la narración: “es cada vez más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo con propiedad”. Temía que la facultad de señalar experiencias nos fuera retirada.

Para Benjamin, al perder las habilidades manuales como tejer o bordar, también perdimos mucho en la habilidad de escuchar. “Narrar historias siempre ha sido el arte de seguir contándolas”, y para seguir contando habremos de escuchar primero. Una política de la amistad se hilvanará de narración y de escucha, pues todo texto es la continuación de una conversación, tal como los tejidos son los nudos hechos después de los nudos.

En el mundo-maraña de sentidos y de sinsentidos, una estrategia del poder ha sido vaciar los significados. De la libertad, de la igualdad, del activismo y de lo que sea necesario: nos perdemos en la construcción conceptual de unas metáforas huecas. Más que resignificar esas ideas reguladoras, se trataría de hacernos de sentidos en común (que no iguales): invertir los términos en la máxima de que “el sentido es el uso” para decir que el uso es el sentido. Hacernos de usos-prácticas de resistencia que vuelvan nuestras vidas más vivibles: abrazo, políticas de los cuidados.

En tiempos del despojo, de los desalojos, de los desplazamientos, quisiera recordar cómo las mujeres de la India defendieron sus bosques: rodeando a los árboles con sus brazos para que no los talaran. De ahí el nombre de su movimiento, Chipko, que significa abrazar.

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