Tenemos que hablar de los asquerosos grupos donde hombres comparten fotos de sus parejas sin su consentimiento
No todos los hombres, pero sí más de 70 mil son parte de un grupo público de Facebook donde comparten contenido íntimo sobre sus esposas en México. No todos los hombres, pero sí más de 32 mil que durante 7 años mantuvieron público un grupo similar en Italia. No son casos aislados: esto ocurre en todo el mundo y está más vigente que nunca.
Cuando escribes en el buscador ‘Mostrando mi mujer real’, Google te va a arrojar cientos de resultados de grupos en plataformas como Facebook mostrando contenido explícito de mujeres cotidianas. Sin embargo, las personas que difunden este contenido son presentadas como sus esposos, parejas sentimentales o amigos, y muchas veces ni siquiera están enteradas de esto.
Las fotos que comparten suelen ser sacadas de sus propios perfiles personales, fotos que ellos les toman sin su consentimiento, dormidas, en posiciones comprometedoras, o en casos particulares, utilizan inteligencia artificial (IA) para generar imágenes sexuales de ellas.
Los grupos operan de una forma completamente rutinaria. No hay una ciencia detrás, solo morbo. La mayoría de los grupos son públicos, puedes acceder de forma libre y visualizar los perfiles de los miembros activos, a menos que algunos decidan recurrir al anonimato.
En las publicaciones comparten sus números personales, ligas a otros grupos en Telegram y mensajes como “intercambio fotos de mi pareja por la de ustedes” o “¿han compartido a su esposa o le darían permiso de estar con otros hombres?”. En algunos casos, suelen ofrecer dinero por el contenido íntimo.
La última publicación del grupo activo ‘Mostrando mi mujer real’ fue el 18 de junio de 2026 y opera desde octubre de 2023. Al momento, cuenta con 70,745 miembros.
Hace 1 año, se hizo viral el caso de un grupo de Facebook conocido como ‘Mia Moglie’, que se traduce del italiano al español como ‘Mi esposa’. Este grupo operó durante 7 años y llegó a reunir a casi 32,000 hombres que compartían y comentaban fotografías y videos de sus parejas, ex parejas, amigas, colegas o familiares en momentos íntimos, captados sin su consentimiento.
El grupo fue eliminado de Facebook a mediados de 2025 después de que salieran a la luz más de 2000 denuncias y de que se viralizara una publicación de la activista y escritora Carolina Capria denunciando los hechos.
Hasta el día de hoy, diversos grupos siguen operando con completa normalidad y se extienden hasta Telegram o Whatsapp, haciendo uso de canales cifrados, por lo que realmente no se sabe hasta qué punto llegan sus acciones.
Estos grupos tienen su origen en dinámicas de misoginia organizada, estructuras de violencia de género y pactos de silencio entre sus miembros, todo dentro de plataformas digitales sin alguna consecuencia.
Dentro de estas comunidades, Facebook e Instagram desempeñan roles cruciales que permiten este tipo de violencia, que no empieza ni acaba con las personas que ocupan un espacio en los grupos digitales.
Tanto Facebook como Instagram suelen delegar la responsabilidad en los usuarios en este tipo de casos, operando bajo un modelo donde se espera que la o las víctimas sea quien reporte o bloquee este tipo de contenido, en lugar de ofrecer soluciones integrales. Y si llegan a actuar, muchas veces se delega la atención de los casos a organizaciones externas especializadas.
Lo que han demostrado es que no cuentan con los recursos y herramientas suficientes para detectar otras formas de violencia digital, a pesar de sostener que “no permiten contenidos que promuevan la violencia o la explotación sexual”. Muchas de estas plataformas no cuentan siquiera con definiciones claras de violencia sexual, y las medidas se limitan a casos de “pornografía ilegal”, lo que genera un alto grado de desprotección.
El impacto de estas prácticas es real y grave, generando en las víctimas síntomas de ansiedad, estrés postraumático y hasta ideación suicida. Sin embargo, no todas llegan a enterarse de estas prácticas, y muchos participantes no perciben sus acciones como delitos, sino como una forma de darle vida a sus fantasías sexuales, lo que normaliza el abuso y minimiza el impacto en las víctimas, y eso suele ser peor.
Difundir contenido íntimo sin consentimiento es un delito. La violencia digital no es un mito. Todas estas prácticas son una extensión de la misoginia, el machismo y las estructuras de poder del mundo físico.