Consumía
Consumía fue la primera palabra que dijo apenas se sentó frente a mí y, con ello, como suele pasar, dijo más de lo que suponía.
Inició de la mano de un amigo que ya lo había hecho antes, un poco por curiosidad y un mucho por compañía. Su amigo le dijo algo de lo que iba a sentir y le explicó cómo darse. Él lo hizo. Al principio no sintió mucho; luego, lo sintió todo y, paradójicamente, ese dolorcillo diario se acalló. Fue apenas un instante. Un instante que contenía todo el tiempo.
Así continuó: encontrarse con el amigo, hacer nuevos amigos que se parecían a él porque hacían lo mismo, porque sentían lo mismo con una sustancia que era la misma.
Al menos lo era por un tiempo. Luego, el vendedor decía que no había de la de siempre, pero que la nueva era mejor. La oferta era el disfraz de la indicación: había lo que había y desear otra cosa implicaba asumir riesgos. El riesgo del malestar, de la enemistad del distribuidor, de una espera agónica e interminable.
Esta es mejor y te va a gustar más. La oferta produce la demanda, por las buenas o por las malas. Comercio sin garantías. Un proveedor al que no se le puede pedir que llame a su gerente para presentar una queja por el servicio o el producto. El vendedor determina qué se vende, cómo, a qué precio y en qué condiciones. No hay buzón de sugerencias ni fantasía de que nuestra protesta importa. El comercio ilegal es como todo el comercio, pero sin la máscara del servicio al cliente.
Se nos manda consumir más, disfrutar más. Comemos, bebemos, vestimos, aspiramos más y lo gozamos más.
La tristeza, la reflexión y la pausa son restos de lo usado. Colección de envases vacíos en un mundo que manda colmar, llenar, saturar, desbordar. Contenedores cada vez más grandes cuya finalidad es ser rebasados uno tras otro.
La falta, la duda, la brecha resultan ominosas. Producen inquietud al resonar en los recovecos que nos constituyen. El eco delata lo encubierto, esfuma la ilusión, pincha lo inflado por el mercado.
Primero alguien ofrece. Después, la venta. Esto es mejor. Te va a gustar más. Uno prueba, elige, repite. Con el tiempo se pierde el rastro de las voces. Lo ofrecido se vuelve preferencia; la preferencia, costumbre; la costumbre, necesidad. Hasta que un día decimos: me gusta, la quiero, la necesito, soy.
Esta cosa que no puede ser más mía llega al extremo de poseerme.
Más yo con ella. Más de ella que de mí. Más mía que yo. Consumía.
Con.
Su.
Mía.