Funcionar con miedo 

Por Tania González

Vivir en constante ansiedad es una penitencia que no sé qué hice para ganar. No recuerdo haber firmado nada ni aceptado términos y condiciones, pero es lo que hay. Mi mente es un nudo permanente de dudas, escenarios ficticios y miedos que se sienten reales incluso antes de existir. 

No hay tranquilidad cuando hay ansiedad. No existen respiros ni tiempos fuera: trabaja los 365 días del año, sin horarios, sin prestaciones, sin posibilidad de renuncia. Maquila inquietud tras inquietud dentro de mi cabeza, como si pensar fuera una línea de producción que nunca se apaga. 

Creo en las energías, creo en el poder de la mente, de la palabra y de la manifestación. Y me culpo constantemente por las tragedias cotidianas, porque antes de que sucedan ya las había imaginado. No como deseo, sino como prevención; como un mecanismo torcido para no sorprenderme, para que el golpe duela menos cuando llegue, o al menos no me tome desprevenida. 

Imaginar lo peor se vuelve una forma de autoflagelación. Si ya lo pensé, si ya sufrí en mi cabeza, quizá el mundo tenga piedad conmigo. Pero los hechos se dan y la ansiedad se carcajea en mi cara. 

No soy bruja ni adivina. Tal vez solo soy pesimista, pero una muy optimista: a pesar de todo siempre intento ver el lado bueno de una mala situación. Lo uso como consuelo, quizá, para darme palmaditas en la espalda y convencerme de que no es mi culpa. Para decirme que hice lo que pude, incluso cuando lo único que hice fue pensar demasiado. 

Pero ¿cómo saberlo? ¿Es mi culpa o no? Tal vez lo atraigo con la mente, ¿tendré ese poder? No lo sé. Mi complejo de personaje principal me dice que sí; mi personalidad irrelevante me recuerda que no soy tan importante. Un dilema más a la bolsa. Una razón más para sentir ansiedad… para que, una vez más, se burle de mí. Una discusión interna que no se resuelve y que reaparece cuando todo parecía estar en calma. 

El miedo y la duda me acompañan a donde voy. No caminan detrás de mí: van adelante, marcando el paso. Son constantes, taladrantes, insistentes. Unas veinte horas al día. Las otras cuatro duermo… si bien me va. Cuando el cuerpo logra desconectarse, aunque la mente no se calle del todo. 

Hay veces en que la ansiedad es tan intensa que no puedo respirar. El aire se vuelve escaso, torpe, insuficiente. Me paraliza, domina mi cuerpo y me deja pasmada en el frío del momento, mientras el tiempo sigue avanzando sin mí, como si yo me quedara fuera de la escena. 

En otras ocasiones hace lo contrario. Me empuja a reaccionar, a resolver, a anticiparme. El miedo actúa de distintas formas: a veces me inmoviliza, otras nubla mi conciencia y me hace avanzar en piloto automático. Hago lo que tengo que hacer sin estar del todo ahí, como si alguien más estuviera manejando los hilos.

Es curioso —incluso fascinante— intentar adivinar cómo reaccionaré en la próxima crisis de ansiedad. No hay patrón claro, no hay manual. Cada episodio es una versión distinta del mismo desgaste. 

Tal vez me falte el aire. 

O tal vez adquiera superpoderes. 

Tal vez flote entre las calles y la gente, moviéndome con una naturalidad hueca, diciendo lo correcto, llegando a tiempo, sonriendo cuando toca. Porque eso también hace la ansiedad: no siempre te detiene. A veces solo te obliga a continuar, a seguir viva, funcionando, con el miedo bien puesto y nadie notándolo.

Previo

SDS recibe 50 mil plantas nativas para reforzar reforestación en Yucatán

Siguiente

Yucatán se consolida como referente del ajedrez internacional