Escribo como quiero y quiero como escribo

Yo escribo como quiero, y quiero como escribo: con ternura, a veces de una forma desgarradoramente reveladora, con miedo, pero movilizada, otras veces equivocándome, pero es parte de escribir —y de querer—, también con un nudo en la garganta, con ganas de gritar y exigir, otras veces con lágrimas y estremecimientos, y siempre pensando en alguien, o en algunas y algunos, donde mi escritura les encontrará y confrontará.

Escribir conlleva apegarse a ciertas reglas y normas para ser considerada una escritora de buena calidad. Dahlia de la Cerda, escritora mexicana, debate esa idea que se tiene de la escritura. Argumenta que esta es un acto contextual y que se abstiene de reglas universales, propone escribir de forma antigramatical y cercana a la experiencia personal y colectiva: con oraciones largas, groserías, temáticas fuertes, descripciones obscenas, hacer lo que una quiere con su escritura y hacerlo para un público cercano a nuestras propias realidades, no exclusivamente para los círculos académicos o literarios dominados tradicionalmente por voces privilegiadas.

Como muchas personas que escriben desde los márgenes, yo escribo como quiero y quiero como escribo. Dejó de importarme la cantidad de palabras en una oración, la marca de los diálogos en una conversación y me incliné hacia las palabras fuertes y viscerales, las descripciones incómodas, porque precisamente me dediqué a eso: a incomodar. La incomodidad, ese espacio que la escritora Gloria Anzaldúa nombraba “nepantla” —un término náhuatl que evoca la idea de estar en medio—, se convierte en un territorio fértil para la creación. La autora chicana habla de este concepto como un lugar de transformación donde las personas quedan suspendidas entre mundos diferentes, sin pertenecer completamente a ninguno de ellos.

La incomodidad se ha vuelto una vía complicada de transitar, pero es fascinante y reveladora. Cuando una decide incomodar, no solo a través de la escritura, sino desde cualquier acto, sea la vestimenta, las palabras, la ideología, el maquillaje, la música, pero sobre todo, te permites reconocer que las demás personas se sentirán incómodas con tu presencia y lo que creas, el velo que cubría la cotidianeidad se revela, lo levantas, y se abren y exploran nuevas posibilidades.

Sí, escribimos como queremos, como nos sale y como queramos hacerlo en ese momento. Algunas escritoras se han rendido en la batalla y aun así han ganado la guerra. Ahora saben qué luchas pelear, y la escritura cuidadosa, refinada, reglamentaria y universal definitivamente ha quedado fuera del cuadrilátero. Audre Lorde, en su manifiesto sobre la estética de la resistencia, donde cuestiona la validez de utilizar las mismas herramientas que han servido para oprimir como medios para liberarse, reflexiona y nos invita a hacer lo mismo, considerando que las estructuras lingüísticas y literarias tradicionales pueden perpetuar sistemas de exclusión.

Nos toca pelearnos con quienes dirigen la guerra, los altos cargos que manejan los hilos del poder y convierten a la escritora en un títere, pero es una pelea en la que aún exploramos armas con las cuales combatir. Sin embargo, al menos nos mantenemos con una armadura y una defensa. 

Selva Almada, escritora argentina, ha reflexionado sobre cómo el acto de escribir desde el cuerpo y para los cuerpos que han sido invisibilizados constituye una acción profundamente política. 

También sé querer como escribo: con dudas, impaciente, desbordante, romántica, fuerte, intensa, desmedida, a muerte, y siempre pensando en alguien, o en algunas y algunos, donde mi querer les encontrará y les confrontará.

Y aunque muchas seguimos buscando armas para pelear esta guerra, hasta ahora no he encontrado alguna mejor con la cual protegerme, que no sea precisamente lo personal, lo inaceptable y lo vulnerable. Judith Butler nos ha enseñado a través de su filosofía que la vulnerabilidad no debe entenderse como debilidad, sino como una forma de resistencia que expone las estructuras de poder. La filósofa argumenta que es precisamente en esa exposición donde podemos encontrar, paradójicamente, nuestra mayor fortaleza. Aquello que también me encuentra a mí y que me confronta.

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