¿Ya abrieron las librerías?

“Se Inyectan Asteroides” es una columna de Emmanuel Medina


Los libros son pequeños cofres de tesoros varios: en unos, encuentras deslumbrantes esmeraldas, de un verde imposible de ver; y en otros, sólo bisutería de “todo a 100” que asombra a quienes no tienen un ojo entrenado en las maravillas.

Así, visitar librerías se convierte en nuestro propio viaje a la cueva de Aladino, donde habrá que distinguir, con cierta pericia lectora y mucho de instinto, lo que se va llevar uno a casa, sobre todo en tiempos donde la industria editorial sufre -una vez más- una crisis por esta ola de tragedias que ha inundado, en ese aciago 2020, la vida de la mayoría que habitamos este planeta.


Mientras que en España la reapertura de librerías de “marca”, como es Casa del Libro o la FNAC, o las pequeñas librerías de barrio ha sido escalada y con horarios muy acotados, pero con novedades que atraen a lectores, ávidos de encontrarse con nuevas letras de sus autores favoritos; en México, poco a poco han abierto estos mismos espacios, aquellos “grandes” como Gandhi o Péndulo, y las de barrio, sobreviviendo a duras penas este desequilibrio económico, pero sin que, aún, sus estantes se llenen con nuevas letras.

Casi con la exactitud del tiempo que se empezó a detener en marzo de este año, cuando se tuvo que echar cerrojo y dejar a los buenos libros, como naufragos solos, sin ojos que los lean ni manos que los toquen, abandonados en sus estantes y causando pérdidas a toda la cadena editorial, empezando por el sufrido autor o la lechona escritora que vieron mermadas sus escasas ganancias.

Si uno, como preocupado crítico literario, llama a las editoriales que atienden en este país, el “poli” de guarida le avisa “que aun no están trabajando totalmente” ni mucho menos distribuyendo; si se ingresa a cualquier librería, los pocos empleados que sobrevivieron a los recortes dicen “que la distribución de novedades se emparejará hasta finales de año, porque las paqueterías no están enviando”, mientras uno ve a los gerentes, apretarse las manos con miedo y desesperanza.

En los noticiarios televisivos, se nos anunciaron, durante semanas, la cantidad de negocios que, con esta pandemia, no sobrevivirían: nunca vi un reportaje sobre los lugares que vendían libros.

Como si estos sitios fueran absolutamente prescindibles y, si se tienen que “esfumar”, pues ni modo, pareciera ser el mensaje: es entendible que un restaurante, una tienda de conveniencia, una papelería, una tlapalería y hasta una zapatería son sitios que dan sustento a la vida cotidiana, pero los libros nos dan alimento al alma y nos apuntalan el cerebro, para que no se caiga desmoronado, ante esta crisis que ha cimbrado al planeta entero, como en casi cien años no sucedía.

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En cambio, algunos artículos en la prensa escrita pronosticaban un negrísimo panorama para el libro.

Según consignaba el periódico El Sol de México, en mayo pasado, entre 60 y 70 sellos editoriales independientes, en el país, sufrirían una quiebra inevitable, con la consabida pérdida de espacios para escritores y lectores, según afirmaba el presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, Juan Luis Arzoz.

La misma Feria del Libro de Guadalajara, con su renombre de ser la segunda más grande del mundo y con el dinero que la mantiene, pues pertenece a la Universidad pública más poderosa de Jalisco, tiene su edición de este año en vilo, pues con todo y la sana distancia, las medidas de higiene -gel a borbotones- y, peor aún, con la desidia gubernamental hacia el apoyo cultural, no es seguro que los pasillos atestados y sus stands llenos de lectores y curiosos no sean, hasta este inicio de julio, sitios de altísimo contagio de Covid-19, suficiente motivo para pensar en una cancelación o en charlas de zoom que nos platiquen del maravilloso mundo de letras.

Que no podremos comprar, porque aún no se pueden distribuir adecuadamente.

Así, desde esta trinchera donde cada semana me toca platicarles sobre esas historias que se esconden en las páginas de esos objetos a los que, por si faltara poco, la poderosa tienda en línea, Amazon, quiere transformar en cifras digitales y volverlos un objeto de consumo barato, les invito que, si caminando por ahí se topan con una librería, aunque no este disponible aún el libro más reciente de Mario Vargas Llosa o Joel Dickër, entren y compren uno, aunque sea de cincuenta pesos.

Apoyar estos sitios de tesoros culturales es también una tarea para sobrevivir estos tiempos tan extraños: en las librerías nosotros y generaciones que vendrán, podrán encontrar, todavía, el recuerdo de que somos seres espirituales que decidimos, por un breve tiempo de vida, aventurarnos en la experiencia humana, como lo decía un viejo maestro budista.

Y, con eso, que sigan estando ahí estos espacios dedicados a los libros, cerca de casa, nos da verde esperanza y brillante bisutería, que es la materia divertida que nos hace humanos.


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